20 de septiembre de 2020, 19:01:55
Valero & Vila


¿Tiempos malditos?

Por Jesus A. Vila

Pese al secretismo con que se ha llevado el nombre exacto de quienes acaban de permitir la repetición del peor presidente de la democracia española, algún diario ha publicado ya la lista de los genuflexos.
Y también de los resistentes, entre los cuales hay seis miembros de la comarca. Todos a una con el secretario general que le chillaba a Pedro Sánchez que nos librara de Rajoy en la última, hasta ahora, Fiesta de la Rosa.


Desde que el ínclito Felipe González dijo en 1979 aquello de que había que ser socialistas antes que marxistas, dando por periclitada la lucha de clases, hasta que se mostró favorable a la gran coalición en un programa de televisión en mayo de 2014, aceptando el final de la política de alternancias, el PSOE ha hecho lo que ha podido para que el sistema surgido de la Transición del 78 hegemonizara la política española, atándonos al tren europeo de las estabilidades perpetuas. En estos 35 años entre ambas fechas han ocurrido, sin embargo, cosas muy importantes en el mundo, en Europa y en el Estado, que nos han llevado hasta la crisis actual. Y es previsible que ocurran bastantes más y me temo que ninguna suficientemente halagüeña.

Engordar la clase media
Cayó el muro y detrás todo el sistema soviético y el andamiaje fantasmagórico que amparaba a los países del Este. Esto, que fue tan celebrado en el universo entero, ponía patas arriba —como se encargó de estudiar a fondo el profesor Fontana— el mecanismo de equilibrios no solo externos sino básicamente internos que establecía el acuerdo tácito, amparado por la socialdemocracia, según el cual los ricos habían de aceptar un ralentí en su imparable proceso de acumulación, para que las sociedades en conjunto mejoraran y las clases medias engordasen a base de ir adelgazando progresivamente a la clase obrera. El miedo al socialismo real actuaba de luz de alarma y la socialdemocracia tuvo margen suficiente para acolchar las sociedades y hacernos vivir un sueño. Pero eso se acabó en 1998. A partir de entonces, los ricos han querido ser más ricos y necesariamente se han adelgazado las clases medias y se han empobrecido los países. La socialdemocracia, que estaba para equilibrar pero que jamás estuvo para remover nada, se quedó sin margen de maniobra. Si no es posible equilibrar porque los que más tienen no permiten perder un ápice y si no es posible remover porque no está en su esencia, la socialdemocracia aparece como lo que es: un instrumento para tiempos benditos. Y estos empiezan a ser tiempos malditos.

Invadida por la debilidad económica
La caída del muro, la pérdida de los contrapesos del sistema supuso, para Europa, el despertar del sueño. Aquella unidad (UE), pergeñada sobre la base del bienestar social y pensada inicialmente para emular la capacidad de iniciativa de los USA, que nos podía llevar a la unidad política y con la unidad política a la hegemonía occidental con políticas sectoriales estratégicas (la exterior, de manera destacada), se ha visto invadida por la debilidad económica que imponen los mercados americanos y la economía globalizada, de manera notoria. Hoy Europa es mucho más débil que antes de la caída del muro y está mucho más desprestigiada: sin norte, sin capacidad geopolítica y sin ilusión.

Todo lo que hoy pasa en el mundo, las guerras del medio Oriente, la eterna desestabilización africana, el retroceso latinoamericano, los peligros fronterizos en Europa, el drama de la inmigración y los refugiados, tienen el mismo origen: la reestructuración de los equilibrios tras la caída del muro que disparan todos los déficits y todos los conflictos. Sólo hay algo que ha empeorado al margen de la geopolítica y aún: los peligros del cambio climático y sus secuelas universales.

España, que se sumó a la Europa floreciente a mediados de los 80 y tuvo escaso tiempo para consolidarse como democracia avanzada y como economía solvente —el pacto Europeo, de la mano de Felipe González y su mago de la reestructuración industrial, Carlos Solchaga, nos obligó a dejar en manos alemanas la gran industria, para quedarnos con el turismo y un poco del mercado agrícola— enseguida sufrió los avatares de las políticas de contención presupuestaria, a la vez que regurgitaba el sempiterno fantasma del nacionalismo periférico. Todo ello, también, bajo el prisma de los ahogos económicos para financiar un Estado de las autonomías, inmaduro, caro e improductivo. El 15 M, por un lado, fue la consecuencia del pésimo gobierno de la derecha, rehén de las políticas europeas más refractarias al igualitarismo de las sociedades y, por el otro, el independentismo, se ha convertido en un reto de futuro de dimensiones extraordinarias. La aparición de Podemos y el problema catalán son, pues, los ejes donde pivota la enorme problemática del país: un muro demasiado enorme para la frágil cabeza del socialismo patrio. Hay algo que más de media España y con ella tres de los cuatro principales partidos del país no han entendido todavía y es que ya nunca más será posible la alternancia simple PP-PSOE y que ya nunca más será posible hablar de España como se ha hablado de España hasta ahora, con las dramáticas herencias del franquismo. El propio Estado de las autonomías hace imposible otra España que no sea un Estado federal, incluso sin Cataluña, porque se ha convertido en un imposible retroceder. Si eso es así, ¿por qué es tan difícil entender que la única posibilidad consiste en evolucionar y alcanzar un federalismo pleno en el que todo se haga pensable?

Más frágiles que ayer, bastante menos que mañana
Eso que no se entiende: que se acabó la alternancia y aquella España única, está en el trasfondo de lo que nos ha pasado. De lo que le ha pasado al PSOE y de lo que nos va a pasar muy pronto: que ni los sectores sociales que han sufrido la crisis en sus carnes, ni el independentismo catalán van a soportar otros cuatro años de Rajoy y compañía. Y el PSOE debiera de ser consciente. Se avecinan tiempos convulsos. Eso sin contar con el conflicto familiar que va afectar al PSC en Cataluña, al borde de una ruptura tácita. Atención: más allá de que se produzca o no, el solo hecho de su posibilidad, impensable del todo hace cuatro días, explica a fondo como está el patio. Los pequeños no se atreven con los mayores excepto cuando los mayores se tambalean: ya pasó aquí con el PSUC respecto del PCE y con IC respecto de IU. Al final, nada para nadie.

Esto va a abrir expectativas en el Baix Llobregat. Aunque es verdad que los municipios funcionan a su aire, no es menos cierto que cuando los mitos caen, las frustraciones son enormes y la desafección cunde. Por lo menos esto debe servir para que cosas como el Plan Caufec o la barbaridad de Can Trabal se tomen un respiro. Quienes los impulsan son más frágiles que ayer, pero bastante menos que mañana. III

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