18 de julio de 2019, 10:50:50
Opinió


Mas, el más audaz

14 de octubre

Por Jesus A. Vila

Es muy posible que, si son ciertos los datos internos que se han publicado estos días, el máximo exponente de volver a la escena anterior al 6 de septiembre en el “comité invisible” que dirige el proceso independentista, sea Artur Mas.


Quien rompió la baraja tras la histórica entrevista en Moncloa sobre el Pacto Fiscal en septiembre de 2012, que abrió las puertas a cinco largos años de desencuentro, sería ahora el más firme defensor de una respuesta unívoca y real sobre el requerimiento que vence el lunes: contestar que no. Quien debe decidir es Puigdemont, como Mas se ha encargado de afirmar estas últimas horas —el Govern, el Govern…— porque de las tres opciones de respuesta que se prevén, esa que defiende Mas solo parece defenderla él.

Si al final Puigdemont contesta que no se ha declarado la independencia, que sería lo más lógico tal como han ido las cosas, se demostraría que el alma del procés ha sido el expresident i que Puigdemont en realidad, ha sido prácticamente un títere en sus manos. Mas le restó en el último suspiro el lugar histórico de ser el único presidente catalán en declarar la independencia al margen del Estado, porque Macià i Companys, los dos últimos, lo hicieron en el seno de la república española. Quizás aconsejándole frenar le quitó un lugar en la historia pero le puso otro en bandeja: ser el presidente catalán que abrió el melón del definitivo acomodo de una Catalunya federal. Ese nuevo espacio en la historia es el que parece ofrecerle ahora. Y es, desde luego, el que atiende a los mejores síntomas de la sensatez, viendo el panorama presente y futuro.

Mas, que siempre ha considerado que la política tiene mucho de audacia y de inteligencia de posiciones, tiene un altísimo concepto de si mismo. Defendiendo ahora en solitario la opción más lógica vuelve a dar muestras de que sigue confiando en sus capacidades.

Las otras opciones

En el otro extremo, el de responder que, en efecto, se declaró la independencia y acto seguido se suspendió, están todos los demás. No deja de ser sintomático que esa sea la posición mayoritaria, cuando no resiste ninguna verosimilitud política. Primero, porque una proclamación de estas características es más propia de un Parlamento que de un presidente a quien ninguna legalidad ampara en tal sentido. Segundo, porque el Parlamento no se pronunció al respecto y tan solo la mayoría de diputados que apoyan al ejecutivo firmaron una declaración sin valor jurídico alguno y al margen de sus capacidades legislativas. Tercero, porque esa fue la percepción de quienes más ansiaban la épica de la proclamación. Cuarto, porque un acto de esas características no puede ser considerado nada serio en el contexto del reconocimiento internacional. Quinto, porque las proclamaciones no se realizan para ser suspendidas de inmediato so pena de convertirse en un ridículo político de largo alcance y sexto, porque las proclamaciones, aunque sean desesperadas, se hacen para resistir hasta el final si es necesario, no para librarse a la astucia y al confusionismo.

Pues bien, pese a esto, ERC, la ANC, Ómnium y una buena parte del PdeCat —ya no digamos la CUP— consideran que la respuesta tiene que ser “si, se proclamó la república, se suspendió al instante y nada más que nos apliquen el 155, o unos segundos antes, la activaremos de nuevo, para que tengan el enorme placer institucional de arrasar con todo”.

Lío en el sanedrín

Hay una posición intermedia, la que parece que acaricia Puigdemont en ese molde de presiones en el que se está convirtiendo la fase final de su mandato. Enviar a Madrid el acta de la sesión del Parlamento donde se dice que sí y que no a la vez, para que sea Rajoy quien decida.

Me temo que si la respuesta es esta, no van a hacer falta las especulaciones y Puigdemont lo sabe. Responder ambiguamente es exactamente lo mismo que responder que sí, aunque con el inconveniente de su injustificable falta de valentía.

Ya veremos. Más allá de lo que puedan decidir los partidos en su conjunto, lo verdaderamente sobresaliente es el enjambre de desencuentros que se pueda producir en el sanedrín, el “comité invisible” que citaba Enric Juliana en sus crónicas o el G-7 que describió con bastante detalle el digital Crític en su día. (http://www.elcritic.cat/reportatges/historia-dun-govern-a-ombra-aixi-es-prepara-la-insurreccio-doctubre-17585).

Es evidente que todo lo que ha pasado en estos meses no se fragua en la mesa de trabajo del Govern. Los hombres fuertes —dice la prensa— son Puigdemont, Junqueras y Mas pero también Sánchez, el de la ANC, Cuixart de Omnium y los adláteres más cercanos, Marta Rovira, Jordi Turull… y probablemente, en otro plano, David Madí, Quico Homs, Marta Pascal, Oriol Soler, el empresario, e incluso, para efectos determinados, Joan Puigcercós, Xavier Vendrell, Joan Manuel Treserras, Lluís Llach, Santi Vila, Raül Romeva…

En ese círculo de notables las opiniones no acaban de ser homogéneas y aunque ahora todo el mundo está moviéndose con precaución y silenciosamente, no son descartables los vaivenes si el vagón se balancea. No ha trascendido mucho, pero la Guardia Civil envió a la Audiencia Nacional conversaciones grabadas en secreto a Tresesrras donde se diseñaban respuestas para avalar los resultados del 1-O.

A estas alturas esto ya tiene una importancia relativa, pero no debe olvidarse que Tresserras, a parte de ser un dirigente de ERC, es profesor de Comunicación en la Autónoma y ex conseller de Cultura en el gobierno tripartito de Montilla. Un especialista en la sociedad de la información y la cultura de masas.

En ese contexto, las capacidades de Mas, siguen siendo trascendentales. Es, desde luego, el único, al parecer, al que el movimiento empresarial del 5 de octubre impresionó de verdad. Se cansó de decir que las empresas no se irían y cuando vio lo que hicieron Oliu y Fainé, se dio cuenta de que se había llegado demasiado lejos.

Que no es suficiente con desear la independencia. Como ha dicho después, Catalunya no está preparada para ejercerla y, sin que lo haya dicho, mucho menos cuando los sectores que mueven el mundo le dan pragmáticamente la espalda. Hasta ayer, según el Colegio de Registradores, 531 empresas cambiaron su sede social de Catalunya al exterior y únicamente 22 hicieron el recorrido contrario.

Para Mas, ha llegado la hora de ser más realistas que utópicos. La audacia política no hace milagros. Lo más audaz ahora es echar de verdad el freno no sea que el retroceso político de la Catalunya autónoma nos lleve a una posición peor que la del año 1979. Sin autogobierno, como entonces, pero sin la potencia empresarial que entonces si existía.

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