14 de octubre de 2019, 8:31:56
Jesús Vila


Juego de posiciones

21 de octubre

Por Jesus A. Vila

Aunque parece que todo se encuentra en un paréntesis, la lucha de movimientos no cesa.


Las elecciones estarán más lejos o más cerca y el combate en la calle más previsible o más espontáneo, pero los aparatos de los partidos y de las organizaciones, a ambos lados del proscenio, no parecen tomarse un respiro.

Lo más previsible en el momento actual es que las elecciones al Parlament sean en enero, se prevean como autonómicas, y las convoque el organismo que sustituye las funciones del president de la Generalitat, el único que tiene capacidad legal para hacerlo. Pero también podría ocurrir que, en un golpe de efecto, sean convocadas por Puigdemont, se posibiliten siguiendo la legislación del procés como elecciones constituyentes y se hagan en diciembre.

Mas, preguntado al respecto, ha afirmado que tiene una opinión reflexionada sobre la cuestión que piensa consultar previamente con el president. Lo que equivale a dar una cierta verosimilitud a la posibilidad real de que haya elecciones bien pronto. Parece que pesa en la opción la tensión de la calle, que puede adquirir en este fin de semana características similares a las que se produjeron tras el 1 de octubre, con el dictado de las primeras medidas concretas de la aplicación del 155 que se han de dar a conocer hoy mismo tras el Consejo de Ministros y con un nuevo impulso al grito unánime de libertad contra los dirigentes de Omnium y de la ANC.

Si la calle calienta motores, el ambiente estará humeante y el clima muy caldeado para convencer a los que no estaban por la independencia pero están muy cabreados con la imagen de control externo de la autonomía que va a practicar, pese a todo el cuidado, el gobierno central con el apoyo socialista y de Ciudadanos, y que se tragan la oleada represiva que se puso en marcha con el encarcelamiento de los dos Jordis.

El independentismo mantendrá durante estas próximas semanas bien tenso el hilo de la ballesta y muy afilados los mensajes de secuestro de la autonomía y de represión permanente, que saben que calan con cierta facilidad ya no solo entre los propios, sino también entre los compañeros de viaje más acríticos. En ese contexto, elecciones constituyentes podrían sonar a golpe final para cargarse de todas las razones democráticas que siguen haciendo aguas tras la aventura del 1-O.

Mas lo está valorando y Puigdemont se puede sentir tentado pese a las opiniones contrarias de ERC y sobre todo de la CUP, que sabe que es mejor la minoría consolidada de hoy que la hipotética mayoría de mañana.

Los republicanos parecen oponerse no porque se vean perdedores, sino más bien por todo lo contrario. El protagonismo en exclusiva de la dirección de un proceso que abre un ciclo de complicaciones permanentes, no es precisamente una perita en dulce. Mientras exista Junts pel Si, la impresión es que el movimiento flota sobre un circuito de aire comprimido que se impulsa gracias al aliento de la calle. Los partidos están, existen, pero como que ha calado fuertemente en el imaginario colectivo la preciosa estolidez de que es la calle la que fuerza a los partidos y a las organizaciones civiles, pasar cómodamente desapercibidos es un perfecto alivio y evita roces interiores que pueden llegar a ser graves y dolorosos.

Invento de los partidos

No es verdad, claro. No lo ha sido nunca. La calle es un invento de los partidos, de las cúpulas que diseñaron el proceso con tiempo, laxitud y minuciosidad. Sin el diseño y los mensajes, la calle seguiría donde estaba, sufriendo por los recortes o divirtiéndose con las hazañas incontestables del Barça. O quizás las dos cosas al tiempo. Es verdad que cuando desatas la calle, el resultado no es controlable. Pero una cosa es esto, que puede llegar a ser cierto, y otra cosa bien distinta que primero haya sido el malestar dependentista del personal y después el apogeo independentista de las organizaciones. Nunca es así.

Decía al principio, que la partida de ajedrez no se ha cancelado. Con la encarcelación de los Jordis, las cúpulas soberanistas no han perdido el tiempo. Si con Sánchez y Cuixart se equilibraban las simpatías, con Mauri y con Alcoberro, que acaban de sustituir a los líderes de manera provisional, ERC se apodera del control, resentido tras la marcha de Forcadell y la muerte de Casals.

Todo suena con la música republicana de Junqueras y la gente del PDeCAT, que no se chupa el dedo, ha tomado debida nota. Se quejan de que el equilibrio de influencias sobre Puigdemont podría resentirse, pese a que nadie ignora que las verdaderas influencias sobre Puigdemont jamás han procedido de las organizaciones cívicas, ni siquiera de ERC o de Junts pel Si, sino de quienes lo pusieron en el atril y quienes le han dado soporte ininterrumpido desde entonces: Mas y los suyos.

Mientras tanto, el éxodo de empresas no cesa. La última en irse Cementos Molins, la principal sociedad del municipio donde Junqueras consiguió revalidar la alcaldía hace un par de años, Sant Vicenç dels Horts. Con ella, casi 900 grandes y medianas empresas y más de 1.500 de las pequeñas. Corren por la red —hoy por la red, lo que no corre vuela— respuestas explicativas del éxodo, achacándolo a las malas artes del gobierno que estimula a las sociedades a que abandonen Catalunya.

Todo podría ser, pero las malas artes no son capaces de ocultar la auténtica realidad y es que las empresas se marchan. Y que más allá de la pésima imagen que eso produce, los daños colaterales por el traslado fiscal van a ser de órdago cuando se contabilicen. España va a dejar de robar a Catalunya, remedando el sonsonete que hicieron famosos los secesionistas, porque todo el dinero se moverá fuera y aquí lo único que nos podrán robar será el tiempo, que nos va a sobrar cuando se pierdan empleos.

Con el dinero no se juega

Y a todo ello hay que añadir los cantos de sirena al boicot de los bancos que desprecian al país. Había que sacar, ayer, 155 euros por cabeza para hacerles pupa. Vale más no hacer cábalas con los números. El bolsillo es lo más sagrado para los catalanes. Lo ha sido siempre. Con solo poner 2,75 euros por persona, Mas y sus ‘conselleres’ podrían dormir tranquilos ante la amenaza del Tribunal de Cuentas. En realidad solo se puso un 1,1 euros de promedio, que ya es miseria, con tantos millones de catalanes dispuestos a todo por el sueño republicano y Mas tendrá que pasar apuros para recaudar lo que falta: 3 millones de euros de nada, en los próximos 15 días. No le faltará un plato en la mesa, seguro, y no se tendrá que ir a vivir bajo un puente. Pero los suyos tendrán que vivir el sonrojo espiritual de no haber sido capaces de salvar al prócer que puso la cara por todos ellos. Por eso lo de los bancos ha salido también mal.

El soberanismo está dispuesto a madrugar, dormir en el suelo si hace falta, quemarse los dedos con velas, soportar cargas de la guardia civil y volverse locos con los wasapps, todo, menos hacer filigranas con las cosas de comer. Este es un pueblo que sabe soñar pero lo que no ha conseguido aprender es a jugar con el dinero. Ahora ya menos, quizás porque estamos en el euro, pero antes aquí se solía saludar con aquello de salut i pessetes! Lo uno sin lo otro, apenas nada.

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