21 de julio de 2019, 14:46:21
Jesús Vila


Dos clases de diálogo

23 de octubre

Por Jesus A. Vila

El discurso es que las picas se mantienen enhiestas y que nadie tiene voluntad de ceder un milímetro, pero escuchando las palabras que se mantienen por debajo del discurso, se vislumbran cambios.


Ayer mismo acababa mi escrito con la convicción de que ese reiterado imposible, que sin embargo está en el centro del problema como es la necesidad de dialogar, perdía todo sentido desde el momento mismo en que los razonamientos cabalgan a lomos de líneas paralelas sin posibilidad de encuentro.

El debate televisivo de ayer en la Sexta donde estaban los seis primeras espadas del Congreso de los Diputados dejó, en mi modesto entender, algunas claves interesantes que intentaré desgranar.

Lo primero es decir que pese a que el independentismo lleva años pidiendo diálogo y el gobierno central negándose prácticamente por sistema, no tiene que ver nada la solicitud de diálogo de los primeros tiempos, con la de los recientes. Mientras el independentismo se movía en la amenaza de ruptura y el gobierno en el reclamo a la ley y se iban escalando posiciones de radicalidad a ambos lados, reclamar diálogo tenía todo el sentido. Se trataba en aquel punto de dialogar para que no hubiera lo que se llamaba el choque de trenes, para evitarlo.

Se sabía que, de mantenerse la vía trazada por el secesionismo, en algún momento dado de la historia el choque era inevitable. Y por lo tanto, el diálogo servía para poder evitar el choque. Se pedía en aquel momento un referéndum pactado y el gobierno insistía en su imposibilidad legal, pero todos los elementos se mantenían en un cauce razonable de confrontación de intereses y propuestas, donde el diálogo aparecía como una vía que concitaba muchos consensos con la incomprensible cerrazón del gabinete Rajoy.

Cualquier análisis objetivo de los hechos con visión de Estado, hubiera aconsejado al independentismo fortalecer sus razones pero mantenerse alejado de una confrontación inútil. Con el PP no había posibilidad alguna no ya de acuerdo, ni tan siquiera de razonamiento argumentativo. Lo sensato hubiera sido esperar tiempos mejores y convencer al resto de interlocutores en presencia para lo que existía un cierto recorrido puesto que, al menos una de las fuerzas de izquierda —Podemos— era sensible al argumento y la otra, el PSOE, podía serlo a medio plazo, a través del esquema federalista.

Con la ventaja, además, de que la crisis económica les situaba a ambos en una buena perspectiva para conseguir un gobierno de izquierdas que hubiera podido llegar a tener incluso un cierto apoyo de Ciudadanos en algunas cuestiones. Todo, claro está, si se hubiera llevado por parte de Podemos con algo más de inteligencia y por parte del PSOE con algo menos de temor al sorpasso.

Lo que no fue

Con un gobierno de izquierdas instalado en la Moncloa y el PP en horas bajas se podría haber ensayado incluso una reforma constitucional modesta que, de haberse consolidado sin traumas, hubiera servido también para situar al PP ante la evidencia histórica de que la Constitución solo seguiría siendo útil si se reformaba a fondo, para lo cual era imprescindible y aconsejable su participación.

Todo ello hubiera necesitado más altura de miras y mayor visión de Estado no solo por la izquierda federalista sino también por un nacionalismo constructivo. Incluso el independentismo podría haber planteado con toda su crudeza el derecho a decidir en el marco de una reforma federal del Estado y el resultado hubiera podido ser un referéndum acordado que clarificara la situación.

Todo eso pudo ser y no fue, o sea que ya es pura retórica. Pero lo que interesa ahora es la cuestión del diálogo. Porque aquel diálogo que se reclamaba hasta que se vio que reclamarlo era inútil, tenía todo el sentido. Sentido que se perdió inmediatamente después cuando el nacionalismo interpretó que la única posibilidad de hacer valer sus argumentos era imponerlos. Para imponerlos había que romper y para romper se confeccionó un larguísimo proceso de vulneración de normas —que llevaban parejos recursos al Constitucional— hasta un momento culminante en el que había de demostrarse necesariamente que se substituía una legalidad por otra y que esa otra dejaba de ser un anuncio especulativo para ser una realidad.

Eso ocurrió el 6 de septiembre, momento imprescindible para que se produjera el 1 de Octubre… y hasta ahora. Reclamar diálogo a partir de aquel instante dejaba de tener sentido porque se pedía diálogo para imponer la nueva legalidad. El diálogo de los primeros tiempos para acordar un referéndum pactado se modificaba ahora pidiendo diálogo para acordar la creación de un Estado. Si aquello más modesto del referéndum fue imposible, ¿qué sentido podía tener pedir diálogo para acordar la ruptura del Estado?. Lo primero era imposible con el PP. Lo segundo era imposible con el resto de fuerzas políticas, excepto con Podemos que siempre ha ido un poco a la deriva, haciendo ver que el primer diálogo y el segundo eran idénticos.

Este segundo diálogo solo hubiera tenido algo de viabilidad, así y todo remota, si Europa se hubiera mostrado dubitativa. Como era previsible, eso nunca ocurrió y el diálogo ya se veía que era una reclamación inconsistente.

El primer diálogo

Pero ahora ha llegado la amenaza del 155 y ese segundo diálogo ya es historia, por lo que el independentismo está volviendo de nuevo al primer diálogo. Y eso es lo que se vio en el debate de ayer donde los representantes del PDeCAT y de ERC hablaban de nuevo de aceptar el derecho del pueblo de Catalunya a decidir su futuro y donde se reconoció explícitamente que el independentismo apenas afecta a la mitad del país.

Un paso atrás innegable, inteligente en lo que tiene de reconocimiento de que es imposible tácitamente la independencia unilateral. Deberían decirlo a las bases, a la calle, deberían retroceder dignamente antes de que ya sea imposible del todo. Y solo les queda, en mi opinión, una única salida factible para salvar los papeles, que es la convocatoria de elecciones.

Se resisten porque se juegan perder. Pero también podrían ganar y entonces si que se complicarían las cosas. Pero lo tienen muy bien porque la amenaza del 155 sirve de argumento para cambiar cualquier estrategia, incluida la de la DUI. Esta vez si que lo entendería perfectamente la calle que no tendría por qué sentirse derrotada como ocurrió el día 10, así que yo me inclino por esa eventualidad que tendrá que hacerse pública antes del viernes para desactivar la bomba.

Si no se desactiva, el independentismo demostrará que está en una posición suicida: la que utilizan los mártires para crear el mito, pero que solo sirve para lamerse las heridas a largo plazo. Podría pasar, porque Catalunya es una experta histórica en lametones de derrotas. También en este punto debería instalarse una cierta normalidad, la del siglo XXI, que tanto reclama mi amigo Tardà para tantas cosas.

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