20 de marzo de 2019, 19:06:09
Opinió


La Catalunya de todos

12 de diciembre

Por Jesus A. Vila

Estaba en el extranjero cuando vi el debate —¡en catalán!—, en el canal internacional de TVE, de los cabezas de lista de los seis partidos que podían y de los sustitutos de los dos que los tienen o en Estremera o en Bruselas, y lo primero que debo decir es que terminé con la sensación de que nada ha cambiado.


Llamadme ingenuo, pero me imaginaba que después del tiempo imprescindible de descompresión por los difíciles días de finales de octubre, habría alguien en la clase política del procés que fuera capaz de llamar a las cosas por su nombre y aceptar que se cometieron tantos errores y tan desgastables, que lo que suceda después del 21 de diciembre tendrá que ser necesariamente distinto de lo que ocurrió antes. Pues no. El debate puso de manifiesto que, por lo que compete a los independentistas, lo que pasó fue únicamente una consecuencia pura y dura de la represión legal y que, de no haber existido ésta, hoy formaríamos parte de una República homologable fuera del Estado español.

Nadie que haya vivido la realidad del procés puede defender tal visión de los hechos, pero eso no cuenta. Se trata, al parecer, de hacer ver que las cosas no son como son, sino como habían sido imaginadas y aunque la realidad sea tozuda, se puede demostrar que en el mundo de la ficción los mundos paralelos subyugan tanto como los reales y obnubilan a quienes se sumergen en ellos.

Es verdad que, en general, vivir en los sueños es menos duro que vivir en los hechos. Lo peor es despertarse y observar el mundo real. Pase lo que pase el 21 de diciembre, ese día se volverá a la realidad porque será imprescindible componer un gobierno, interpretar los resultados en clave histórica y recuperar la legalidad perdida.

Lo que no será nada fácil, a juzgar por los datos demoscópicos que se sacan a pasear estos días. Los entornos personales no son nada científicos, desde luego, pero todos podemos detectar que hay mucho voto fiel, anclado en los sentimientos más inalterables, pero también mucha indecisión sobre en quien depositar nuestra confianza porque parecen tenerse dos cosas claras: la primera, que estas elecciones sí son auténticamente trascendentales para nuestro futuro colectivo y la segunda, que antes de dar el voto, tendríamos que saber exactamente para qué se utilizará.

La indecisión nace justamente de esa indefinición final de los partidos y solo aquellos que pongan mayor énfasis en despejar estas dudas van a llevarse el peso del voto de los dudosos, todavía probablemente muchos a estas alturas del combate.

Resultados complejos

Aún así, los resultados podrían ser muy complejos porque las siete fuerzas en presencia tienen su parroquia y no va a resultar sencillo cuajar gobiernos. Dos cosas parecen estar claras, sin embargo. Una, que en estas elecciones, pese al esfuerzo de algunos, solo cuenta el eje nacional. Va a votarse en clave independencia si o no, no en clave derecha-izquierda. La segunda, que va a ser imposible un gobierno estable sin coaliciones. Lo que no es necesariamente malo, ni implica obligatoriamente debilidad, inestabilidad o precariedad de gestión. Recordemos que en una situación algo menos tensa que la actual, el gobierno resultante de las anteriores elecciones autonómicas, formado por una única fuerza, tampoco gobernó con mayoría absoluta y fue capaz de arrastrarnos hasta aquí, lo que no es una muestra precisamente de debilidad.

Como lo que se dirime se encuentra en el eje nacionalista, lo más difícil es que cuajen coaliciones mixtas, tipo ERC-PSC y si, en cambio, coaliciones en el mismo eje: ERC-JxC o C’s-PSC. Y, si las encuestas se acercan algo a la realidad, que ya veremos, los que menos van a contar —y por lo tanto el peligro de equivocarse al votarlos es también menor— son precisamente los partidos minoritarios, CUP, Comuns y PP.

Con estos análisis, las verdaderas fuerzas que van a determinar el futuro de la gobernabilidad tras el 21-D van a ser cuatro: ERC, JxC, C’s y el PSC y todas ellas parecen moverse en un arco entre el 16 y el 23% lo que da un total de entre 22 y 33 diputados por formación y, por bloques, en torno a los 52-58 diputados, muy lejos ellos solos de los 68 que configuran la mayoría estable para gobernar. A ambos lados, dando apoyo, podrían estar las otras tres fuerzas políticas, pero no parece que puedan llegar a ser suficientemente resolutivas, excepto en el caso, improbable, de una adscripción incondicional de los Comuns al bloque independentista, dando apoyo a ERC y a JxS conjuntamente.

Los gobiernos que parecen más posibles, a estas alturas, no son precisamente tripartitos. Más bien uno en minoría entre ERC y JxS, con el apoyo de la CUP pero bloqueable en el Parlament si no tiene mayoría absoluta; otro de C´s con el PP, con apoyos puntuales de PSC; y dos más de PSC-Comuns, quizás con apoyos puntuales de C´S y PP o de ERC-Comuns, con apoyos puntuales de la CUP. Todo dependerá, claro, de la aritmética parlamentaria y, después, de los milagros de la política que suele hacer extraños compañeros de cama, sobre todo en circunstancias tan expuestas como las actuales.

Para acabarlo de complicar, el gobierno más previsible, ERC-JxC, podría tener dos presidentes, según quien obtenga más diputados, pero ambos en circunstancias bien difíciles: uno imputado, en la cárcel o fuera, y otro imputado y potencialmente encarcelable. Esto añade más complejidad si cabe, porque los segundos, o los terceros, o los cuartos, aparte de que ofrecen un perfil insuficiente, son susceptibles de imputaciones futuras de imprevisibles alcances. En el otro fiel de la balanza, los presidentes podrían ser Inés Arrimadas o Miquel Iceta, ambos más precarios en apoyo, pero más consolidados como líderes y más creíbles en cuanto a sus estructuras de gestión.

Una nueva lectura de la realidad

O sea que, en cualquier caso, lo que se nos viene encima no despeja el horizonte. No nos facilitará la normalidad. No garantiza la resolución ni de los problemas creados, ni de aquellos que venimos arrastrando desde hace años. Pero en cambio, a partir del día 22, según el frente que venza, se profundizarán las frustraciones con el peligro de que en lugar de cicatrizarse las heridas, se enquisten, se encapsulen en un nihilismo destructivo del que costará salir. Si se consolida una salida constitucionalista a medio o largo plazo, el independentismo irredento sufrirá una decepción brutal, de la que no se podrá recomponer en años. Si se produce la respuesta contraria, estaremos condenados a permanecer en un abismo legal y de relaciones con el Estado de consecuencias incalculables. Todo ello confirma la descripción de los observadores más objetivos: de este tormentoso período no saldremos indemnes.

La única esperanza es que sociólogos, historiadores, filósofos, politólogos y activistas sociales reflexionen sobre cómo ha sido posible que lo que fue un único pueblo durante el franquismo y la Transición, se escindiera gravemente a partir del 2012. Y señalen las claves para volver a componer aquella Catalunya de la que todos nos podíamos sentir partícipes y orgullosos de pertenecer a ella.

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