19 de mayo de 2019, 14:34:41
Dietario de un catalán perplejo


Todo en manos de ERC

17 de enero

Por Jesus A. Vila

Bueno, conforme a lo previsto, el Parlament de Catalunya ha puesto en marcha hoy la doceava legislatura que debería iniciar la normalización de la vida política catalana tras el agitadísimo e incierto período del último trimestre. Se podría decir que, por lo visto hoy en la sesión de inicio, la legislatura empieza algo mejor que la anterior, aunque tiene mucho de excepcional y demasiado de incierta. Como era previsible, Roger Torrent ha sido elegido president del Parlament en una mesa con 4 independentistas, dos de Ciudadanos y el socialista hospitalense Pérez.


Ha habido unos cuantos protagonistas, algunos anónimos y otros a su pesar. A su pesar lo han sido los ausentes, representados por escaños vacíos con lazo amarillo, a quienes el independentismo ha aplaudido cada vez que sonaba su nombre para ejercer el voto. Tres de ellos han podido votar por delegación, algo que el juez Llarena del Supremo permitía expresamente, metiéndose en un terreno que no le correspondía pero que servía para mitigar en parte el excesivo rigorismo que utilizó para impedir que fueran a votar presencialmente, algo que hubiera añadido algo de normalidad a la sesión, que hubiera paliado esa sensación de venganza que acompaña a todas sus decisiones y que a luces de todo el mundo hubiera resultado justo y realista a tenor del precedente Yoldi en la asamblea legislativa de Euskadi. En lugar de eso, Llarena prefirió aconsejar donde nadie se lo había pedido y, de paso, dejar bastante con el culo al aire a los letrados del Parlament que no tenían más remedio que decir que el Reglamento de la cámara catalana no permite delegar el voto a quienes están en la cárcel.

Como que eso de dejar en la cárcel a los diputados Junqueras, Sánchez y Forn, justo en este día, no se entiende, la aceptación de la delegación de voto por la mesa de edad —que es a quien correspondía la gestión del inicio de la sesión parlamentaria— se convirtió en una decisión contestada únicamente por la líder de la oposición, Inés Arrimadas y por el PP, justificada incluso por Iceta y pasada por alto por los Comuns, que ni chistaron.

Realmente, Arrimadas y el PP mostraron coherencia con lo exigido desde la legislatura pasada, esto es: hacer caso de los dictámenes objetivos de los letrados del Parlament aunque no sean vinculantes. Iceta, que se había mostrado inflexible en otras ocasiones, pidió la palabra ahora para mostrarse comprensible, pese a que los suyos votaron como un solo bloque a favor del candidato Espejo-Saavedra como president del Parlament.

Protagonismos varios

Es hora de hablar de un protagonista anónimo porque aunque los socialistas afirman que votaron como un solo bloque, hubo un diputado de los llamados constitucionalistas que se abstuvo de votar al candidato de Ciudadanos. Si no fueron los socialistas, tuvo que ser alguien del PP —¿Albiol, quizás?— cabreado sin duda porque Ciudadanos no les deja un diputado para constituir grupo propio, lo que les llevaría a tener más presencia en la cámara y sobre todo a tener derecho a la subvención de la Cámara de 800.000 euros largos por el envío de papeletas por correo a los electores catalanes.

El otro protagonista de relieve fue Ernest Maragall que aprovechó su fugaz presidencia para reivindicarse y para elevar el tiro de la incomprensión hacia Catalunya, al conjunto del Estado y no solo al gobierno central. El discurso era bueno y pertinente para quienes mantienen la esperanza en la república de un nuevo país pero no le correspondía al presidente de edad, como se encargó de poner de manifiesto Inés Arrimadas.

En cambio el discurso de Torrent, sin salirse del guión de lo que representa, resultó comedido y, por lo menos, no terminó como el de la Forcadell con un canto a la República catalana, que ya la situaba como presidenta de unos cuantos y no de todos los diputados. Torrent tiene vocación de objetividad parlamentaria, lo que ya es mucho en estas condiciones, pero lo substancial de Torrent no se movía en el ámbito de esta sesión sino en las que van a seguir. Esas sesiones futuras son las que van a marcar su papel institucional, su perfil político y el realismo de su partido.

Hoy ha habido una sesión plácida pese a las irregularidades citadas —pecados veniales si giramos la vista a lo ocurrido en septiembre— todo lo contrario de lo que está por llegar.

Ahora hay legislatura, mesa del Parlament, president de la cámara y diputados, pero no tenemos todavía president de la Generalitat ni ejecutivo. Tendría que haberlo el día 31 y para ello Torrent ha de recoger las candidaturas y preparar la sesión de investidura.

¿Más de lo mismo?

Hasta ahora, el pacto de los independentistas progresa adecuadamente. La presidencia del Parlament para ERC, la de la Generalitat para JxC y la vicepresidencia para Junqueras. El primer punto se ha cumplido sin problemas. Desde luego era el más fácil y previsible. Los otros dos son mucho más difíciles. Sobre todo para ERC que es a quien corresponden ahora todas las decisiones. Fundamentalmente porque JxC ya ha decidido hace tiempo y no parece que se vaya a producir ningún cambio: quieren que Puigdemont sea president de la Generalitat y quieren que lo sea via telemática, que es la única posible, saltándose sin problemas el dictamen de los letrados del Parlament y aunque ello acarree un recurso al Tribunal Constitucional que lo empeora todo y lo paraliza de nuevo. Y pese a que todos saben que es una investidura sin futuro. Sin futuro porque no se puede gobernar desde Bruselas y sin futuro porque Puigdemont no podrá gobernar desde Catalunya.

Ya veremos lo que pueda llegar a ocurrir pero, tal como afirma Arrimadas, ese “estamos en más de lo mismo” parece irreversible. Todo ha ido demasiado lejos y ERC no tiene capacidad para pedirle realismo a JxC, entre otros detalles porque ERC también es poco realista: tiene dos diputados en Bruselas a los que no ha pedido todavía que renuncien a su escaño y mantiene como previsible vicepresident a Junqueras cuando también sabe que no va a poder ejercer. Así las cosas, lo de hoy ha sido nada comparado con lo que puede ser el 31. Lo peor de todo, sin embargo, es que la ciudadanía no tiene ni idea de lo que va a ocurrir: todo se mueve entre incógnitas. La política no se inventó para eso. Si de algo tiene que servir la política es para normalizar el presente y prever sin muchos riesgos lo que va a ocurrir en el futuro. Nos tienen permanentemente en ascuas. Así es imposible que el país avance.

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