19 de febrero de 2020, 0:33:25
Opinió


La soledad, epidemia del s.XXI

Por Mossèn Pere Rovira

Las sociedades ricas de nuestro entorno presumimos de muchos logros, ya sean técnicos o médicos, ya sean económicos o de bienestar; olvidando con frecuencia el coste que comporte o las consecuencias que genera.


El Papa Francisco nos denuncia a menudo sobre la cultura de la exclusión, de cómo esta sociedad margina a amplias capas de la sociedad, desde los ancianos improductivos y, en muchos casos, recluidos en residencias geriátricas hasta los jóvenes en un difícil acceso al mercado de trabajo y, por tanto, de germen de frustraciones y decepciones.

Las sociedades ricas de nuestro entorno presumimos de muchos logros, ya sean técnicos o médicos, ya sean económicos o de bienestar; olvidando con frecuencia el coste que comporte o las consecuencias que genera. El Papa Francisco nos denuncia a menudo sobre la cultura de la exclusión, de cómo esta sociedad margina a amplias capas de la sociedad, desde los ancianos improductivos y, en muchos casos, recluidos en residencias geriátricas hasta los jóvenes en un difícil acceso al mercado de trabajo y, por tanto, de germen de frustraciones y decepciones.Comienza a detectarse otra consecuencia que comienza a preocupar, LA SOLEDAD. En Inglaterra la han definido como la epidemia del siglo XXI. Muchas personas que son o se aíslan de su entorno familiar y social pierden una condición básica en su dignidad como persona: la interrelación y la sociabilidad. En las grandes ciudades esto se percibe con mayor acento y gravedad. Es paradójico como en la sociedad de las comunicaciones y de las redes sociales, este aumento crece exponencialmente. Observo dos tipos de soledad:

a) La soledad de exclusión.- Las primeras víctimas aparecen en las personas de mayor edad. Personas que con familia o no son prescindibles, molestan y son excluidos. En este mismo grupo podemos añadir los pobres, marginados… Proliferan las residencias geriátricas, los servicios sociales están sobrepasados, el Estado y las asociaciones benéficas se convierten en el garante de una mínima dignidad. La familia ha dejado de ser el sustento que puede combatir y reducir esta soledad.

b) La soledad voluntaria.- Aquí podríamos incluir a todos aquellos que se aíslan o se encierran en su mundo virtual. Incapaces de enfrentarse a la realidad, convierten su entorno en un “bunker”. Este año será incluida como enfermedad psiquiátrica la adicción a los “videojuegos”. Esta soledad afecta de igual manera a los jóvenes como aquellas personas de mediana edad. Esta soledad puede convertirse en perniciosa para la propia salud, por su afectación en los horarios de sueño o alimenticios.

En este terreno, la soledad se expresa como una huida de un mundo que no pueden controlar, ni se sienten protagonistas. Estamos construyendo una sociedad carente de un mínimo de autocrítica, de revisar nuestras pautas de convivencia. No todo puede ser subsanado desde la parte asistencial. El Estado no debería llenar los espacios de egoísmo, sino denunciarlos y corregirlos. Fortalecer la familia y sus vínculos es, al mismo tiempo, fortalecer la persona, la sociedad y la relación con los más desprotegidos. III

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