20 de septiembre de 2020, 20:00:37
Valero & Vila


Los retrovisores son imprescindibles para avanzar en la vida

Por Joan Carles Valero

La economía condiciona, no determina. Haber nacido pobre no es ningún chollo. Hablo por experiencia. A los niños de familias pobres no podemos ofrecerles lástima y abandonarlos a la puerta de la escuela, porque la verdadera diferencia entre las personas estriba en su conocimiento, puesto que la separación se produce entre quienes lo tienen y las que carecen.


Cuantos más conocimientos adquieres, más fácil te resulta aprehender nuevos. El conocimiento te da poder. Los que sean pobres y quieran de verdad revolverse contra el sistema, la mejor vía es estudiar.

Salir de la pobreza no es cosa fácil, porque además del esfuerzo que comporta, liberarse del condicionamiento del medio social lleva incorporada también una ruptura dolorosa con el entorno que te ha criado. Pero no nos engañemos: la desigualdad es temporal, porque se puede combatir con conocimiento. El catedrático de Economía de la UPF, José Garcia Montalvo, proclama que la desigualdad crecerá, y mucho, cuando llegue la cuarta revolución industrial, momento inminente en que las personas deberemos aprender a trabajar con los robots y la inteligencia artificial.
La izquierda tiene que enfrentarse a las consecuencias no deseadas de sus buenas intenciones. El edulcoramiento no facilita la salida de la pobreza. Hay maestros que me dicen que no quieren saber la procedencia social de sus alumnos para evitar que, al enterarse de que alguno tiene una familia complicada, empiecen a ser más indulgentes con él. Por eso agradezco a los profesores que tuve que nunca tuvieran piedad de mí. En nuestro país, si eres pobre siempre se encuentran causas sociológicas que justifican tu estado, de modo que desde la izquierda te invitan a no esforzarte al culpabilizar a la sociedad y acabas atribuyendo a los poderes públicos la responsabilidad de sacarte de la pobreza, lejos de subrayar que quien primero se tiene que esforzar eres tú mismo.

“Mis manos, mi capital”
Recuerdo aquel cartel del PSUC de las primeras elecciones de la Transición, en el que aparecía una persona que mostraba sus manos con el lema: “Mis manos, mi capital”. Desde entonces no he visto tamaña autoridad moral atribuida al pobre, porque le daba responsabilidad. Reivindico ese progresismo, el que apela a que solo cuentas contigo para avanzar, mediante tu esfuerzo. Porque, insisto, la economía condiciona, no determina. Y no podemos ofrecer a los pobres lástima y abandonarlos a la puerta de la escuela. A los niños pobres hay que darles más tiempo de escuela y más calidad de enseñanza para compensar de lo que carecen en el seno familiar. De no hacerlo así, solo estamos dando un brindis al sol de la equidad. Por eso aplaudo iniciativas como las que impulsa el Ayuntamiento de Cornellà, que ofrece clases de refuerzo a los niños de familias con problemas, porque así les ayudan de verdad a que tengan igualdad de oportunidades.

El peso de la tradición
Hay mucha gente que tiene el complejo de Orfeo, que no sabe mirar al pasado, como le ocurre al personaje mitológico que fue condenado a perder para siempre a su amada Eurídice por mirar hacia atrás para comprobar si le seguía. Pero nunca como ahora hubo una era más conservadora que la actual. Reivindicamos las croquetas de la abuela, los productos de proximidad, las efemérides del pasado… A medida que se crean laboratorios tecnológicos, no hay ninguna ciudad que no se precie de tener su museo de historia. Nos emocionamos con el disco de la flamenca Rosalía, El mal querer, inspirado en un libro del siglo XIV, igual que al escuchar un cuarteto de cuerda de Beethoven. No podemos vivir solo de cara al futuro. Las expectativas hacia el devenir han de ser compensadas con el contrapeso del pasado. En esa búsqueda del equilibrio deberíamos conducirnos.

El pasado no son las ruinas de lo que fue, un mero cementerio de un mundo en desuso. Tampoco hay que rendirse al futuro como promesa de lo que será si solo se basa en la tecnología. El conservador actual no se niega a ser moderno, sino a ser sólo moderno, sentencia Gregorio Luri en su último libro, La imaginación conservadora (Ariel), donde el doctor en Filosofía enhebra una apasionada defensa de las ideas que han hecho de este mundo un lugar mejor donde vivir.

El conservadurismo depende de lo que hoy y ahora consideremos digno de ser conservado. A excepción de la política, donde todo vale, pocas cosas hay en la vida en las que se pueda prescindir de las experiencias pasadas, de las costumbres e instituciones que hemos heredado. En lo personal, somos el resultado de combinaciones de ADN de nuestros ancestros y nuestras circunstancias son el territorio deltaico de aluvión en el que se han depositado las tradiciones y el conocimiento acumulado. Al igual que en la conducción de vehículos, para adelantar en la vida es imprescindible mirar antes los retrovisores.

Penélope versus Ulises
Somos un conjunto de tensiones irresueltas. Volviendo a la mitología, en Europa vivimos una tensión permanente entre las figuras de Penélope y Ulises. Ella no es la visión conservadora y el héroe el progresista. Sin los Ulises, esos aventureros que recorren los imprevistos, no existiría Europa. Pero tampoco existiríamos sin que algunos se queden en casa manteniendo vivo el fuego del hogar. El progresista tiende a sacralizar la figura de Ulises y el reaccionario defiende que Penélope es la única figura notable. Josep Pla lo define muy bien en L’auca del senyor Esteve, donde reivindica ese personaje un poco ramplón y simplista, pero sin el que se desmoronaría el mundo, aunque solo con señores Esteves no iríamos a ninguna parte.

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