24 de abril de 2019, 4:49:18
Dietario de un catalán perplejo


15 de febrero. ¿Delitos o incompetencia?

Por Jesus A. Vila

Existía una notable expectativa por escuchar de nuevo, en directo y sin límites de tiempo, a los procesados en la cárcel, especialmente a Junqueras y a Forn, que ejemplifican dos posiciones distantes pero no tan distintas en lo substancial.


Distantes, porque siguen estrategias jurídicas en las antípodas, pero no tan distantes porque ambos están convencidos de que no se les puede juzgar por delitos cometidos porque ambos han señalado en los interrogatorios que no cometieron ninguno.

Si alguna cosa ha caracterizado sus intervenciones ha sido ésta: son inocentes del todo, cuestión nada baladí que proclaman en general la inmensa mayoría de los acusados en juicios penales, siempre y cuando no se les haya cogido con las manos en la masa. En este caso, serán los jueces quienes determinarán si hubo delito o no, pero es cierto que los jueces del Supremo están bajo sospecha de parcialidad y por lo tanto su veredicto convencerá a los ya convencidos y soliviantará a todos los demás, especialmente a los independentistas que están convencidos de que este es un juicio para castigar y no una consideración sobre el alcance de las acciones políticas en su confrontación con la legalidad vigente. De todos modos, como que su sentencia determinará el futuro de los acusados, su pérdida de libertad o su absolución, algunos de los independentistas acusados han optado, haciendo caso a sus abogados más expertos, por centrarse en los aspectos jurídicos y dejar las cuestiones políticas al margen, todo lo posible, en un juicio que tiene una dimensión política innegable.

Forn ha optado por defenderse de las acusaciones jurídicas y redimensionar las opiniones políticas al ámbito social, mientras que Junqueras ha optado por denunciar la operatividad política de la judicatura, que ha actuado para defender al Estado y no solo a la Justicia que es lo que, en esencia, le correspondería. Mi humilde sensación es que Forn acierta plenamente y Junqueras se equivoca porque el tribunal que les juzga no va aceptar su papel substitutivo del aparato ejecutivo o legislativo —que tendrían que haber adoptado postulados políticos ante el reto del independentismo en lugar de pensar inútilmente que el problema se resolvería por cansancio—, y en cambio va a utilizar la ley para demostrar que ésta fue vulnerada gravemente. Junqueras, considerándose un preso político, no afronta la necesidad de demostrar que las acusaciones son falsas. Simplemente da por hecho que lo son. Esta ausencia de pragmatismo forma parte de una estrategia que no lleva a ninguna parte en los tribunales, propia de los mártires, no de los políticos. De acuerdo con ese planteamiento no haría falta ningún esfuerzo de los defensores y ni siquiera participar en el juicio. Si das por hecho que no has cometido delito alguno y estás convencido de que te van a condenar por todos los delitos de los que se te acusan, todo lo que hagas o digas a lo largo del proceso es absurdo y estúpido. Forn, en cambio, cree que puede combatir con argumentos y pruebas las acusaciones y para eso está ahí. Por eso decidió responder al Ministerio Fiscal y a la Abogacía del Estado, a lo que renunció, en el ejercicio de su potestad, Oriol Junqueras.

Pero ¿hubo delitos o no hubo delitos?. Ya lo dirán los jueces, aunque no nos los creamos. Sin embargo, frente a la convicción con que el independentismo asegura que no los hubo, muchos que simplemente hemos sido espectadores de los hechos, no estamos tan convencidos. Hay cosas que podemos valorar en función de las declaraciones, de los documentos, de lo que ha ido apareciendo en la prensa. Pero hay otros hechos que son palmarios, que se manifestaron en la calle y que hemos podido ver con nuestros propios ojos. Pondré un único ejemplo, pero hay bastantes. Frente a las declaraciones del gobierno y a las órdenes judiciales unos días antes del referéndum del 1 de octubre, donde se afirmaba que la consulta estaba prohibida y no habría urnas ni papeletas, cualquiera se podía imaginar que las fuerzas de seguridad autonómica actuarían con la contundencia mostrada en otras ocasiones —recuerdo, por ejemplo, la represión frente al Parlament de Catalunya en los días de “rodea el Parlament” o el desalojo violento de la Plaça Catalunya cuando el 15-M— para evitar lo que el ejecutivo central y el judicial habían prohibido expresamente. Pues bien, cualquiera que se paseara por muchos colegios electorales, pudo observar que la presencia de los Mossos de Esquadra se limitó a tomar nota de los hechos y a confraternizar con los convocados. No sé si eso es constitutivo de delito, pero es evidente que alguien desobedeció algunas órdenes. Y no me vale, como se ha defendido, que lo que la policía debe hacer ante multitudes imprevisibles es mantener la serenidad. Y que, por ese principio, no actuaron los Mossos de Esquadra. Por desgracia, lo habitual es todo lo contrario. La calma no es precisamente lo que caracteriza a la policía. Lo que caracteriza a la policía ante concentraciones virtualmente pacíficas es la represión pura y dura. Más dura que pura, en la mayoría de los casos. Siempre me ha sorprendido que los concentrados que querían votar el 1-O se sorprendieran por la reacción policial y la calificaran de bárbara. Yo no he acudido a ninguna concentración virtualmente pacífica en la que la policía tenga órdenes concretas de cumplir consignas de cualquier poder, que haya utilizado otro mecanismo de convencimiento que la porra, los gases o las pelotas de goma. No debieran ser tan bárbaros, es cierto. Pero incluso en las democracias estamos acostumbrados a la violencia policial, que hemos aceptado estúpidamente como un hecho natural.

Antes de esa fecha paradigmática había habido la aprobación de unas leyes en el Parlament de Catalunya para la ruptura con el Estado, acción desaconsejada expresamente por los letrados de la Cámara bajo vulneración de la legalidad vigente, y después hubo un par de declaraciones institucionales, la segunda de las cuáles se produjo después de una pataleta interior entre facciones independentistas —entre un Puigdemont decidido a convocar anticipadamente las elecciones y un Junqueras y una Rovira, atornillando al presidente en los despachos y un Rufián, llamándole zafiamente traidor en las redes sociales, para forzar una DUI que nacía de la manera más triste imaginable. Después de eso, el independentismo militante demostró que sólo tiene emoción y que le falta sentido, porque un país maduro y consciente hubiera repudiado de por vida a tamaños irresponsables.

Ya digo que no soy nadie para hablar de delitos. Pero hay cosas peores que los delitos para la sociedad expectante y eso es la incompetencia. La incompetencia en política es muchísimo más peligrosa que los delitos porque los delitos se purgan individualmente, pero la incompetencia lastra la moral social e impide mirar al futuro con confianza. Y en esa estamos. El martes sigue el procés y se van despejando algunas incógnitas.

El Llobregat.  Todos los derechos reservados.  ®2019   |  www.elllobregat.com