20 de marzo de 2019, 18:16:54
Dietario de un catalán perplejo


28 de febrero. El banquillo de la historia

Por Jesus A. Vila

Bueno, es verdad que ahora empieza realmente el juicio, cuando se contraponen las percepciones de los actores y no las de los representados.


La fiscalía, la abogacía del Estado, la acusación popular, no dejan de ser los acusadores públicos y privados de la sociedad en su conjunto, que se siente teóricamente perjudicada por las acciones de una parte de sus componentes. Hasta ahora respondían los que hicieron cosas —los acusados— a quienes les acusaban por hacerlas —los acusadores. Ayer se puso de manifiesto la oposición de verdades entre quienes hacían cosas —acusados y testigos.

O dejaban de hacerlas, que eso fue precisamente lo que en realidad se dirimió. Si mientras unos hacían cosas, otros se mostraban “prudentes” —este concepto salió mucho—, dejaban hacer y no tomaban decisiones, hasta que la judicatura comenzó a actuar prácticamente por accidente y se comió las indecisiones políticas.

Los incompetentes

La parte del león de las testificales correspondió, como no podía ser de otra manera, a quienes ostentaron la responsabilidad de afrontar el conflicto político y mantenían la absurda teoría de que no hacer olas encalma un mar tormentoso. Lo que calma la tormenta es la evolución de la borrasca y en política, cuando hay una borrasca, lo más acertado es afrontarla y disolverla mediante el diálogo y el consenso. Y si no hay esa posibilidad, alejarla con argumentos y razones políticas —las razones políticas suelen tener mucho que ver con el número de diputados que apoyan al ejecutivo— pero nunca hacer como si no existiese, porque eso remueve el clima político y da alas a los conflictos. Rajoy y Sáez de Santamaría, cada uno a su nivel, no reconocieron en absoluto su dejadez e incompetencia y se sacudieron sus responsabilidades sobre la imposibilidad de alcanzar acuerdos. Claro que, como pusieron de manifiesto las defensas, es muy imposible alcanzar acuerdos cuando ni siquiera los organismos encargados de esos acuerdos se llegan a reunir nunca.

Lo cierto, en cualquier caso, es que se vieron ayer en el juicio las dos posiciones contrapuestas: las de quienes ante la imposibilidad de negociar nada optaron por desobedecer las leyes e impulsar una decisión unilateral, y la de quienes no tenían nada que negociar porque lo que se proponía era a todas luces ilegal e inadmisible. Esas posiciones nunca han tenido la misma fortaleza, es obvio, razón por la cual unos son acusados y los otros testigos y quizás un análisis menos excitado de las posiciones hubiera aconsejado lo que ya planteó en su momento Santi Vila: la vía unilateral es un error cuando no tienes la fuerza para imponerla.

Sin embargo en el juicio ya no se dirime quien tenía más razón, o más razones. Desgraciadamente, de lo que se trata es de decidir si unas personas pierden la libertad o no. Y eso se mueve sobre el filo de la perversión de la ley: se trata de averiguar si hubo rebelión, sedición, desobediencia y malversación —en diversos grados posibles— y si los testigos pueden arrojar luz suficiente. Pues bien, entre los testigos de ayer, un par de ellos intentaron ayudar sin conseguirlo específicamente —Tardá y Mas—, otros tres se esforzaron por poner de manifiesto que probablemente se merecen los cargos, todos los cargos, —Santamaría, Rajoy y Montoro— y los dos últimos se dedicaron a poner de manifiesto su definición política —Baños y Reguant— y a pasar de su contribución en la ayuda.

Los de la CUP, que se esfuerzan donde los dejan en poner de manifiesto su anticapitalismo, su independentismo, su antifascismo y su voluntad de subversión, pese a mis simpatías ideológicas, que las tienen, he de reconocer que ayudan poco a solventar conflictos. Más bien todo lo contrario, y hay veces que es quizás más acertado y moralmente más aconsejable perder algo de perfil propio, con el fin de fortalecer salidas dialogadas o para ayudar a quienes pueden perder la libertad. Más no quiso reconocer que por culpa de la CUP salió a escena Puigdemont y la CUP tendrá que explicarle a la historia sobre el acierto de sus vetos y sus intransigencias políticas que, en muchos casos, nos han traído estos vendavales, cuando lo que nos tendrían que haber traído eran algunas brisas de mayor igualdad entre catalanes.

¿Mintió Soraya?

Por lo demás, empiezan a verse algunas sagacidades y algunos perfiles de altura técnica entre los defensores que pueden influir —si es que algo puede influir ya a estas alturas— sobre quienes tienen la obligación de dictar sentencia. Algunas preguntas de ayer de Pina, de Melero, de Roig y de Arderiu pusieron de manifiesto su solvencia e incluso el respeto que seguro les tiene el Tribunal con el magistrado Marchena a la cabeza, que se sigue erigiendo no ya en el presidente de la sala sino en el profesor de derecho penal de la fiscalía, de la abogacía del Estado, de los acusadores de Vox, de las defensas, de los acusados y de los testigos, dando una imagen de autoridad y de imparcialidad que le va a venir muy bien a la maltrecha percepción que se ha destilado de la justicia española.

Entre esas preguntas, una del abogado Melero sobre la incapacidad del CNI para descubrir las urnas que se usaron durante el 1 de octubre, logró poner contra las cuerdas a la ex vicepresidenta que ya venía algo apurada por sus respuestas previas. Después la prensa ha aireado que Santamaría cometió perjurio porque mintió ante el tribunal cuando afirmó que el CNI no había indagado sobre el supuesto referéndum. El propio CNI lo reconoció en su momento, pero cuesta aceptar que un servicio de inteligencia que tú diriges sea incapaz de descubrir miles de urnas que se van a utilizar en una actividad ilegal. Desde luego Santamaría no estuvo a la altura con el CNI ni con la coordinación del operativo de respuesta, aunque ella expulsó esas responsabilidades sobre un ministro del Interior que luego se ha sabido que además de un incompetente sideral era de la facción Cospedal, su enemiga íntima.

Pero puestos a sacudirse responsabilidades, ninguna respuesta como las de Montoro y Rajoy. El primero porque después de decir que no hubo malversación en la Generalitat, ayer se desdijo oblicuamente: “siempre se pueden hacer trampas a Hacienda”. Y el segundo, porque se reafirmó en la mitad de lo que dijo: “dije que no habría referéndum y no lo hubo”. Claro, aquello no fue un referéndum pese a que participaron miles de personas y las imágenes de la incompetencia absoluta del Estado fueron la comidilla en todo el mundo mundial. Pero es que se olvidó de la otra mitad de la sentencia: afirmó también que no habrían urnas, ni papeletas. Y vaya si las hubo.

En este juicio hay unos cuantos acusados en el banquillo del Supremo, pero a esta sarta de incompetentes habrá que ponerlos muy pronto en el banquillo de la historia.

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