26 de febrero de 2020, 5:01:45
Opinió


Nuestros ancianos. ¿Cómo los tratamos?

Por Mossèn Pere Rovira

Nuestro país se está envejeciendo de forma preocupante; cada año los índices de natalidad así lo reflejan.


Esta nueva realidad plantea grandes desafíos de toda índole: económicos, asistenciales, familiares…

Son ya una gran porción de la población que debe ser tenida en cuenta. No sólo cuando llegan las elecciones y reclaman su atención, también en sus necesidades más básicas y cuotidianas.

En las anteriores elecciones, los partidos políticos intentaron convencerlos con grandes promesas de futuro (todas económicas), que de forma oportunamente electoral van repitiendo con eslóganes muy estereotipados. Los ancianos se están convirtiendo en un fruto apetecible para la recogida de votos, son un porcentaje importante del electorado que quieren atraer. Comprar los votos no creo que sea el mejor camino para defender los derechos que esas personas han ido gestando a través de los años de trabajo, de esfuerzos y de renuncias personales.

La soledad y el aislamiento de muchos ancianos deberían despertar las conciencias de los políticos y de la sociedad en general. Muchas familias han sobrevivido en la crisis con a la ayuda de sus padres o abuelos, en el ámbito económico o presencial.

El otro día tuve ocasión de ser observador de una imagen que deberíamos copiar los más jóvenes y autosuficientes, con dosis de prepotencia: En una escuela de Barcelona, donde habitualmente acudo dos mañanas cada semana, pude ser testigo de una escena que quiero compartir con vosotros. En P3 (parvularios), unos abuelos contaban “cuentos” en las clases. Los niños escuchaban con gran interés y miraban con asombro las historian que les explicaban. Los mismos abuelos participaban de ese ambiente gratificante que les confortaba a ellos mismos.

El núcleo familiar debería ser el primer germen para educar en valores que presenten la vejez como una riqueza y no como un lastre, una oportunidad y no un problema, un referente en experiencia y sabiduría vital y no un silencio excluyente y marginal,…

Sentirse útiles, escuchados y amados…. ¿Hay algo mejor que podamos ofrecer a estos amigos, familiares, vecinos y conocidos ancianos y ancianas?
Hijo mío, socorre a tu padre en su vejez y no le causes tristeza mientras viva. Aunque pierda su lucidez, sé indulgente con él; no lo desprecies, tú que estás en pleno vigor. La ayuda prestada a un padre no caerá en el olvido y te servirá de reparación por tus pecados” (Eclesiástico 3,12-14)

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