20 de septiembre de 2020, 19:54:52
Opinió


Es sano preguntarse sobre uno mismo

Por Mossèn Pere Rovira

Es curioso que en una sociedad donde prima la racionalidad, el avance técnico y el progreso científico, una gran mayoría no se cuestiona las preguntas que desde siempre el pensamiento humano ha intentado responder.


Ante la primera cuestión que algún día nos plantearemos seriamente, ¿qué es la vida, nuestra existencia tiene razón de ser?, las respuestas son curiosas, sobre todo, de aquellos sujetos que las ofrecen. Gran parte de los científicos acogen como argumento el “azar”. La vida apareció fruto de innumerables casualidades, donde la suerte fue el gran valedor. En la búsqueda de la verdad, el ser humano parece que se ha rendido, parece que le incomoda asumir sus limitaciones empíricas. Sólo el 5% de la realidad natural es detectada, medida y observada, el resto nos sobrepasa y nos invita a una actitud no demasiado extendida y común: la humildad. El otro día leí una entrevista en la contraportada de La Vanguardia, la protagonista era una experta en bioquímica que dio una respuesta, al menos, desorientadora: “Somos polvo de estrellas”; el método científico empleado es frágil y poco convincente.

Hay una segunda alternativa, todavía más cómoda, anular el deseo y la búsqueda de las verdades que a todos nos hacen común. El placer inmediato, el disfrute descontrolado, el afán de dinero fácil y egoísta, el bienestar personal al coste que sea, la insensibilidad por los problemas ajenos, una libertad sin responsabilidad, ni compromisos, etcétera, son los paradigmas que parece ser imperan. En muchas ocasiones, escucho el siguiente comentario: “La vida son dos días, disfrutémoslo... para qué tantas preguntas”.

Yo apelo a una tercera vía, a veces incómoda pero otras motivadora, a veces desconcertante pero otras entusiasta. La búsqueda de la verdad nos hace más humanos, nos empuja a concienciarnos de nuestra identidad colectiva y personal. Orientar nuestras preguntas a la transcendencia no es ningún signo de debilidad o pobreza argumental, más bien un acto de valentía y fortaleza. En un mundo donde la palabra “suerte” es la más utilizada, deberíamos preocuparnos, tanto más cuando la palabra “Dios” se está extinguiendo.

Contestó Moisés a Dios: «Si voy a los israelitas y les digo: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”; cuando me pregunten: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les responderé?» Dijo Dios a Moisés: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros”. (Gn 3,23s).

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