29 de mayo de 2020, 3:05:26
Opinió


La humildad es el antídoto contra el miedo

Por Mossèn Pere Rovira

La fragilidad de la vida es una asignatura que deberíamos aprender desde temprana edad. Reconocerlo nos permite vivir el día a día con profundo agradecimiento, sin prepotencias, ni soberbias. Nuestra existencia es un gran tesoro, que a veces no valoramos; como si fuéramos propietarios de este preciado “don”.


Diversos acontecimientos nos hacen presentes hasta qué punto el ser humano es precario y expuesto a circunstancias que no puede controlar, desde accidentes individuales hasta catástrofes naturales. Esta realidad, más común de lo deseado, debería concienciarnos a ser más humildes y agradecidos.

Si a esto añadimos “el coronavirus” y la psicosis que está generando, descubrimos cómo este mundo se está construyendo sobre el miedo. Esta enfermedad está despertando todas las alarmas mediáticas y políticas. Seguimos día a día el incremento de los enfermos a lo largo de todo el mundo; la economía se resiente; los grandes acontecimientos deportivos se suspenden, etcétera.

La sociedad crece en prepotencia, se autocomplace en sus logros técnicos y en sus avances científicos; olvidándose de su realidad frágil y caduca de su existencia. Hay dos valores que deberían forjar el pensamiento, especialmente de los jóvenes: la humildad y la gratitud.

La humildad debería impregnar cualquier acto humano, deberíamos ser educados en la plena conciencia de nuestra ‘verdad’, la que nos permite descubrir que todo lo hemos recibido, que nuestra vida es un regalo y que la cultura del presente nos reporta más paz. La gratitud nos aportaría mayor alegría, nos permitiría disfrutar de los instantes únicos que nos acompañan y nos ayudaría a compartir todo lo que somos y todo lo que recibimos. Hace algunos días pude leer un artículo de un personaje que se dedica a la ‘autoayuda’, ya sea con libros y conferencias. Apostaba por un cambio en la cultura occidental, un nuevo paradigma: la cultura de la gratitud.

En un mundo con tantos miedos que nos paralizan, sería conveniente cimentar nuestra vida en valores más consistentes y duraderos, dicho de otra forma, acompañar nuestra vida de una esperanza que no dependa de las circunstancias caducas e inconsistentes de la realidad.

“Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Evangelio
de San Mateo 11,28) III

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