2 de julio de 2020, 21:53:56
Viladecans


“No estábamos preparados para el confinamiento ni para el duelo del coronavirus”

Por Xavier Adell

El Ayuntamiento de Viladecans ofrece atención psicológica comunitaria por videoconferencia a quienes peor están llevando la tragedia del Covid-19.


Prácticamente llevamos una cuarentena íntegra -con sus cuarenta días y sus cuarenta noche- confinados en casa por la alarma sanitaria generada por el coronavirus y todavía “seguimos en estado de shock”, como explica Rakel Zamora, responsable del Convivencia y Civismo del Ayuntamiento de Viladecans. Seguimos sin tener respuestas a muchas preguntas, encerrados, angustiados, rodeados de noticias que hablan de cadáveres por todas partes, con familiares o amigos fallecidos como consecuencia del covid-19 de los que nunca podremos despedirnos. Si siquiera el aplauso colectivo de las 20.00 horas nos sirve para sacudirnos un dolor profundo y una ansiedad desbordada en los que en muchos casos somos incapaces de dar cauce.

No somos los únicos. Y como suele decirse en estos casos, siempre hay alguien que está peor o que necesita una mayor atención. Justamente para ayudar a esas personas que no llevan bien estos duros momentos por los que nos está tocando transitar, que necesitan un mayor apoyo, el Ayuntamiento de Viladecans ha puesto en marcha un espacio telemático de atención psicológica, denominado Círculo Nodal Comunitario, desde el que las personas que más están sufriendo las secuelas del Covid-19 pueden “compartir ideas, sentimientos y preocupaciones bajo la supervisión de profesionales de la psicología”, indican fuentes del servicio.

Acompañamiento hasta el final

El servicio municipal trata, por ejemplo, con familias que tienen a una persona mayor gravemente enferma de coronavirus y que saben que va a morir y no pueden despedirse de ella. En estas situaciones, “se hace un acompañamiento hasta el final, se les ayuda a afrontar la situación”, explica Zamora.

Paradigmático, por su dramatismo, es el caso de una vecina de 80 años que vive sola y cuyo hijo de 41 años se moría de Covid-19 en el hospital sin que ella pudiera despedirse. Ni siquiera sabía cómo hacerlo. Hasta que los profesionales del círculo nodal le ayudaron a escribir un guion de lo que quería transmitirle a su hijo en su despedida telefónica “para que no quedara nada por decir y para que, a la vez, pudiera afrontar un momento tan duro sin derrumbarse”, describe la responsable de Convivencia y Civismo de Viladecans.

También se atiende a chicos jóvenes que han perdido a su abuelo y se sienten perdidos porque no han podido hacer el cierre correspondiente, con un entierro, con un funeral.

Todo es real

Las terapias e intervenciones son individuales (de unas dos horas y media de duración), pero también grupales (en sesiones gratuitas por videoconferencia los jueves por la tarde mediante una plataforma telemática) y las están requiriendo mayoritariamente personas de entre 20 y 50 años que “se ven incapaces de gestionar los que les está pasando”, resalta Rakel Zamora.

No son bichos raros, todo lo contrario “la mayor parte de la población (española, catalana o de cualquier municipio) ha empezado a entender que todo lo que está pasando es real y que va para largo, y empieza a ser consciente de que le va a hacer falta hacer un duelo por todo lo que está sucediendo, pero no sabe cómo hacerlo”, relata la técnica de Viladecans.

“Ya no nos tomamos el confinamiento a la ligera como los primeros días, que parecía que estábamos celebrando una fiesta en un balcón. Ahora hay días buenos y malos, angustia, y agobio y aparece una doble sensación de culpa. Primero, por la propia impotencia, porque no puedes hacer nada por salvar a quienes se están muriendo; y segundo, porque tú sigues vivo pero otras personas no han tenido la misma suerte”, subraya Rakel Zamora.

Secuelas generalizadas

Las primeras secuelas psicológica de la pandemia ya están apareciendo y acabarán generalizándose: problemas para dormir, malestar, estrés, sensación de claustrofobia, pero solo son la punta del iceberg. “A medida que vaya avanzando el confinamiento, la gente se va a ir sintiendo más sensible y va a necesitar más ayuda para digerirlo. Va a pasar, por ejemplo, con el personal sanitario, que ahora trabaja sin pensar, conteniendo la respiración, pero que cuando todo esto acabe y se pare, le caerá todo de golpe y tendrá secuelas. Como también tendremos secuelas cuando por fin podamos volver a salir a la calle o cuando tengamos que hacer frente a despedirnos de los fallecidos”, destaca Zamora.

Rakel Zamora tiene claro que el servicio, que utiliza técnicas de psicología reconstructiva, se tendrá que alargar después de que pase la crisis, que va a tener continuidad. “No estábamos preparados para el confinamiento (por nuestro carácter latino) ni tampoco estábamos preparados emocionalmente para vivir la muerte -que es un tema tabú- de una forma tan repentina. Tan brutal”, admite la responsable del Convivencia y Civismo del Ayuntamiento de Viladecans.

Padres y maestros las 24 horas

Pero hay más cosas para las que no estábamos preparados: “A los padres les genera angustia tener que hacer de maestros y a la vez de padres las 24 horas del día, 7 días a la semana. Están desbordados. Hay muchos padres que se están olvidando completamente de sí mismos y se están volcando en los niños, renunciando a su espacio personal, quedando anulados Y eso genera mucha ansiedad”, advierte Rakel Zamora.

“El drama del coronavirus no entiende ni de edades ni de clases sociales ni de nada, nos está igualando a todos, por eso las sesiones grupales por videoconferencia están funcionando tan bien”, avanza la responsable del Convivencia y Civismo de Viladecans. “La inseguridad que genera saber que también te puede pasar a ti te hace sentir vulnerable y te hace sufrir. Pero reconforta saber que otras personas están pasando por el mismo trago y pueden ayudarte, aunque solo sea compartiendo experiencias, porque eso, el contacto humano, hace el dolor, la angustia y el duelo más fáciles de sobrellevar”, sostiene Zamora.

Un nuevo equilibrio

El confinamiento va avanzando (seguimos sin fecha de finalización) y parece que nuestra paciencia y nuestra tolerancia vayan disminuyendo de forma pareja. “Nos agobian los ruidos del vecindario, los gritas, los niños corriendo por los pasillos o hasta la música, porque antes nunca estábamos en casa. Vivíamos en una burbuja y ahora nos hemos dado cuenta de que molestamos y de que el vecino también nos molesta y es necesario reestablecer un nuevo equilibrio. Y para eso hace falta mucha fortaleza, mucha empatía porque estamos completamente desorientados”, asume Rakel Zamora.

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