26 de mayo de 2020, 11:05:43
Opinió


De la Ley a la Ley. (1975-2013).

Por X. Pérez Llorca

Escribir ayuda a reflexionar. Te obliga a ordenar lo que quieres decir, pulir el razonamiento antes de exponerlo. Buscas las frases y procuras elegir las palabras adecuadas. Escribir también te obliga a corregir, a repasar hechos y cifras; es habitual que al anotar algo, caigas en cuenta de que un hecho que para ti no es relevante, ¡resulta que sí lo es!; hasta el punto que, como me ha ocurrido en este artículo, te obliga a cambiar el orden de la exposición que tenías pensado:


Recuerdo como hechos cercanos en el tiempo, lo ocurrido en España en 1975 y años posteriores; tiendo a pensar que los demás comparten mis vivencias de esos tiempos. Afortunadamente, antes de empezar a escribir, se me ocurrió restar las dos cifras y la calculadora me devolvió a la realidad: ¡han pasado 38 años!. Demasiado tiempo para dar por supuesto que la frase que da titulo a este escrito, sea conocida por todo el mundo, menos aun, que todos los lectores sepan quien la popularizó: Torcuato Fernández Miranda. Tengo que empezar por aquí:

Franco murió en noviembre de 1975; tras su defunción, nadie en España sabía lo que acabaría pasando; eso sí, la mayoría estábamos convencidos de que cambiarían muchas cosas, que nada sería igual. La democracia era el horizonte político de Europa y España, pensábamos, acabaría integrándose a todos los efectos en el marco europeo. Lo pensaba la mayoría silenciosa, las minorías que militábamos en partidos clandestinos; lo pensaba también la “intelligentsia” franquistas;… lo pensaba la sociedad en general.

Pero, que una mayoría social viese la conveniencia de un cambio de régimen, no conformaba ningún instrumento político que permitiese la instauración de la democracia.

Reforma ó ruptura. Dos palabras que hicieron fortuna en los debates de la época, para significar las dos caminos por los que podía transitar la Historia inmediata:una evolución del régimen franquista hacia la democracia ó un proceso revolucionario que la instaurase.

Yo creo que el miedo y la debilidad de unos y otros, nos hizo ser prudentes, y nos obligó a conseguir el éxito. Las élites dirigentes del régimen franquista, eran conscientes de que, sin Franco, el régimen no se podía sostener; el asesinato de Carrero Blanco había sido la evidencia: Estados Unidos, daba por amortizado el franquismo y Europa… bueno, Europa, esperaba otras utilidades de España. Por otro lado, las fuerzas democráticas españolas, todas (como se puso en evidencia el 23 de febrero de 1981), no tenían la capacidad organizativa, la fuerza, para imponerse violentamente a la dictadura. Afortunadamente, franquistas y demócratas, coincidieron en que querían vivir y para ello estaban dispuestos a dejar vivir.

Es en este contexto histórico que adquirió relevancia la figura de Torcuato Fernández Miranda, prohombre del régimen: había sido profesor de derecho político del príncipe Juan Carlos, también Secretario General del Movimiento. Tras la muerte de Carrero, pudo ser nombrado jefe de gobierno y prefirió que Juan Carlos I lo designara presidente de Las Cortes. Desde esa función, contribuyo decisivamente a conseguir lo que parecía imposible: que Las Cortes franquistas, votasen favorablemente, una tras otra, las leyes que permitieron su disolución y la convocatoria de elecciones constituyentes para dar paso a un estado democrático. España evolucionó de una dictadura a una democracia por el camino “de la Ley a la Ley”; según palabras y hechos de Fernández Miranda.

La legalidad se mantuvo porque, en Las Cortes una mayoría de procuradores decidieron votar las leyes reformistas; por convicción, por obediencia, por miedo, ó ignorancia… No lo sé. Quizás solo lo supiera Dn. Torcuato. Pero sucedió: Las Cortes votaron el fin del franquismo y la instauración de la democracia.

Si no hubiera sido así, la democracia habría necesitado más años para llegar a España: en 1975, las fuerzas democráticas no estaban en condiciones de imponerse al régimen por la fuerza, ni por las armas, ni por “las masas”.

Y no había más: reforma ó ruptura.

Rememoro lo dicho, a propósito del debate que actualmente ocupa todo el espacio político catalán: el derecho a decidir, la independencia. Hace ya bastantes meses que no leo nada nuevo, pero cada día escucho la repetición de un debate, que a mi modo de ver, decae, porque no tiene solución posible. Me explico: doy por sentado que las reivindicaciones históricas, culturales y fiscales planteadas desde Catalunya, son legitimas, merecedoras de tutela y ciertas. Acepto como hipótesis de trabajo que una mayoría de catalanes estamos a favor de que cualquier pueblo, el nuestro incluido, tenga el derecho democrático a votar libremente si quiere ó no independizarse de un estado. Comparto la opinión de que una Catalunya independiente sería próspera, más que en la actualidad. Pero aceptando lo anterior, no puedo llegar a la conclusión, sin más, (como se nos dice), de que la independencia es posible y está al alcance de nuestras manos. No. Es como ignorar el abismo que hay entre el “ser” y el “deber ser”. Que la posición catalana sea justa y razonable, no nos lleva necesariamente a la independencia.

La instauración de la democracia en España, siempre fue un bien superior, algo justo y razonable; algo que, sin embargo, no llegó por su propio peso; necesitó que Franco muriera de viejo, entre otras muchas cosas.

Catalunya 2014: ¿reforma ó ruptura? Ciertamente, no es razonable esperar que Las Cortes actuales vayan a respaldar ningún pronunciamiento que permita la independencia de Catalunya: los dos partidos mayoritarios, PP y PSOE, más de ¾ partes del parlamento, ya lo han dicho: no apoyaran ninguna propuesta que tienda a permitir la “secesión” de un territorio del Estado Español. En consecuencia, parece evidente que la cadena de legalidad (“de la ley a la ley”), que pudiera alumbrar un estado catalán, no va a ser posible.

¿Qué posibilidades tenemos de iniciar un proceso de ruptura? Nuestros propios dirigentes ya han dicho por activa y por pasiva que el proceso hacia la independencia se basa en el respeto a la legalidad y, aunque entendamos por legalidad, la estrictamente catalana (soberanía del Parlament), en ese discurso, queda excluido cualquier recurso a la violencia. Violencia que, por otro lado, a nadie en su sano juicio se le debiera ocurrir plantear, entre otros motivos, por la ausencia de fuerza con que cuenta Catalunya ante el Estado Español.

Bien. Si sabemos que no habrá reforma porque no se dispone de una mayoría parlamentaria que lo permita. Si una decisión unilateral (del Parlament de Catalunya) es vista desde Madrid como un acto ilegal, “secesionista”, si se descarta el recurso a la fuerza, (con la que, además, no se cuenta), ¿de qué se esta hablando?

Se habla de una tercera vía, inexplorada: escucho que, si conseguimos que la voluntad catalana sea masiva, firme, evidente, si internacionalizamos nuestra reivindicación, las fuerzas democráticas del mundo occidental exigirán a España que permita la independencia de Catalunya. (Desde que Moisés se plantó delante del faraón TuT-Moses III exigiendo que dejase partir al pueblo hebreo, no conozco en la Historia una pretensión similar).

¿Qué base razonable permite albergar siquiera una esperanza, de que la Unión Europea vaya a exigir a un estado miembro, que consienta la autodeterminación de una parte de su territorio? Desde luego, el referente histórico de 1714 (cuyo trigésimo centenario pretendemos utilizar como fecha en la que se celebre la consulta), no ayuda: Catalunya fue abandonada a su suerte por los aliados europeos, que solo se preocuparon de obtener alguna ventaja, como la ocupación de Gibraltar. Estos días, con la Vía Catalana, estamos queriendo emular la cadena humana que se conformó en 1989 en las repúblicas bálticas de Letonia, Estonia y Lituania y que recibió un gran respaldo europeo y norteamericano. No creo que sea un antecedente que podamos invocar: 1989 fue el año de la caída del muro de Berlín, el inicio del desmantelamiento de la Unión Soviética; una encrucijada histórica en la que el mundo occidental apoyó toda iniciativa que debilitase el estado soviético (Yeltsin, incluido); el apoyo a la secesión de la repúblicas bálticas, no puede leerse como la inequívoca voluntad europea de respaldar el derecho a la autodeterminación de los pueblos. No. Aquel respaldo tuvo otra motivación: debilitar el régimen comunista de Rusia.

Esta tercera vía de la que algunos hablan, como si fuera nuestra arma secreta, no tiene trazado, es una invocación al deseo. Es una camama, útil para terminar una entrevista dando la apariencia de que nos quedará algo, cuando lleguemos a nada.

Me preocupa la enorme frustración que este proceso va a producir en la sociedad catalana: los problemas nos siguen esperando a las 8 de la mañana cada día, un día tras otro. Y la independencia, no va a solucionar nada, porque no va a llegar. “No hay condiciones históricas”, si se me permite al expresión demodé. No va a llegar porque no hay una mayoría en Las Cortes que la permita (“de la Ley a la Ley”), porque no hay fuerza de ruptura y, en definitiva porque en Catalunya, nadie está dispuesto a sufrir penurias para forzar la independencia (el “establishment”, menos que nadie).

Ante el final previsible del derecho a decidir; dada la incapacidad de los partidos catalanes para identificar las necesidades de la sociedad y ofrecer soluciones posibles, el desencanto y desapego de los ciudadanos hacia los partidos políticos, se incrementará. El “big bang” de la política catalana, se aproxima a pasos agigantados.

X. Pérez Llorca.
Abogado y editor de
EL LLOBREGAT.


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