Antoni Fornés

Comprar, comprar y seguir comprando

Apuntes desde el subsuelo

Antonio Fornés | Miércoles 02 de noviembre de 2016
Me hago viejo, de eso no hay duda. Basta con observar lo arrugado que empiezo a estar o averiguar mi fecha de nacimiento, cada vez más lejana en el tiempo desgraciadamente. Hasta aquí nada anormal, tan solo la simple constatación del inexorable paso avance de los años sobre todos nosotros.

Sin embargo, con el paso del tiempo observo con extrañeza lo incomprensible que poco a poco se está volviendo para mí este siglo XXI. Una incomprensión que supongo me convierte, a ojos de la “modernidad” imperante, directamente en un anciano, o quizá peor, en un auténtico dinosaurio condenado a la extinción.

¿A cuento de qué les explico todo esto? Pues porque leo que el Ayuntamiento de Viladecans está preparando toda una serie de actividades con el objetivo de provocar el interés por la ciudad y sus excelencias a los cerca de tres millones de visitantes que se espera visiten anualmente el nuevo macro outlet que se inaugurará este mes en un polígono de la localidad. Concretamente en Ca n’Alemany. Sí, sí, lo han leído ustedes bien, ¡tres millones! Son los nuevos tiempos, esos que no consigo comprender y que han hecho de las compras, del puro consumo, el nuevo y fortísimo motor del turismo. Personalmente uno siempre había querido conocer las pirámides, la torre Eiffel o, si me apuran, ya en plan más de casa, las fuentes del Llobregat en Castellar de n’Hug. ¡Menuda excursión escolar era ésa! Sin embargo, todo esto ha quedado atrás, al parecer la idea de diversión y turismo se reduce hoy día, para el humano “moderno”, en ir a un gran outlet, que es como un centro comercial pero a lo bestia y un pelín más cutre, comprar ropa de otras temporadas, se necesite o no y comer en algún restaurante de comida rápida.

¿Qué le pasa a nuestra sociedad? ¿Qué mundo es este en el que los centros comerciales se han convertido en la nueva Disneylandia y a los que vamos un fin de semana sí y otro también a pasar la tarde? Pues el de una civilización que ha dejado atrás la poesía, lo espiritual, el arte y por supuesto cualquier cosa que tenga que ver con lo trascendente. Un mundo en el que se ha impuesto la vulgaridad de lo puramente material, que sólo da validez a aquello que resulte puramente contable y medible, en el que los libros han sido sustituidos por videojuegos, y en el que la gente cree que pensar es escribir la primera bobada que le viene a la cabeza en los ciento cuarenta caracteres que permite Twitter.

Un mundo sumergido en el gris, sin libertad, pues al imponerse como nuevo dios contemporáneo la prosaica tecnología, todo pasa a estar “científicamente” previsto, como en una cadena de montaje, sin espacio para la sorpresa, la magia o el amor desinteresado. El mundo que estamos construyendo es realmente tenebroso. En el fondo todos lo sabemos, por eso pretendemos huir de él y de la ansiedad que nos provoca con la nueva droga de esta época: el consumo. Un consumo desaforado y feroz que nos obliga a comprar y comprar para obtener un subidón que apenas nos dura el tiempo que tardamos en teclear el número pin de nuestra tarjeta de crédito en el terminal de la tienda de turno. Un consumismo que, como toda adicción, nos hace poco a poco más infelices, más esclavos aún si cabe del dinero, y que nos impide disfrutar de las cosas realmente valiosas de la vida.

Pero si ustedes, queridos lectores, ya habían planeado una escapadita al nuevo outlet de Viladecans, no se inquieten demasiado, comprendo que resistirse a la inercia de los tiempos es difícil, y además, no me tengan demasiado en cuenta, como les dije al principio, debe ser que me hago viejo… III