Jesús Vila

Huir de lo simple, huir de las trincheras

Diputados de Unidos Podemos, ERC y PDECAT piden, en el Congreso, la libertad de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart

18 de octubre

Jesus A. Vila | Miércoles 18 de octubre de 2017

“En los próximos días”. Eso es lo que declaró ayer la diputada Mireia Boya de la CUP cuando le preguntaron sobre la declaración de independencia.



Los periódicos de hoy, por su parte, llevan múltiples informaciones sobre cómo se aplicará el 155 de la Constitución. Este es el escenario más plausible para los próximos días. En ambos extremos y como resultado final, el horizonte de una nueva convocatoria de elecciones. En la sesión de control de los miércoles en el Congreso, las intervenciones en torno a Catalunya son muchísimo más crispadas de lo habitual. ERC, que se ha ido creciendo en las últimas horas, reclama ya sin ambages una negociación bilateral, de tú a tú, para negociar abiertamente la secesión —acordar como repartirse los activos y los pasivos, en palabras de la CUP—.

Incluso la presidenta, por lo general suave en las formas, se ha mostrado aguerrida contra el espectáculo de carteles reclamando la libertad de los “presos políticos” Jordi Sánchez y Jordi Cuixart. La entusiasta convocatoria de ayer por la noche en la Diagonal de Barcelona que adquiere de nuevo carácter de happening, con velas y carteles miles, se ha resuelto hoy con el cierre a la circulación por una eventualidad tan alocada como la necesidad de limpiar la cera sobre el asfalto para evitar accidentes. Las críticas llueven, a raudales ya, contra los equidistantes, porque en época de polarización, las visiones críticas, las que presentan dudas y matices, las que reclamaban ingenuamente con camisetas blancas un diálogo imposible, se ven definitivamente arrastradas por la corriente.

Ahora, con el caso incongruente de los Jordis en la cárcel, se está alcanzando el cénit. O los encarcelados de ayer son detenidos por sedición, detenidos por sus actos, o son presos políticos, privados de libertad por sus ideas. A la inmensa mayoría, la decisión de la Audiencia Nacional, le ha parecido o una barbaridad, o un error o una acción inoportuna. Únicamente la gente de Ciudadanos, radicalizada hasta el extremo, más allá incluso que el propio gobierno del PP, ha saludado la decisión con total acuerdo: esto es lo que hay que hacer con los sediciosos irreductibles.

Al PP no puede haberle gustado nada la inoportunidad de la jueza, porque le obliga a prepararse para lo peor con las calles incendiadas; para el PSC ha sido un error desproporcionado, ahora que el independentismo entraba en una fase de confrontación interna y para todos los demás, incluidos los independentistas, ha sido una barbaridad antidemocrática propia de un Estado que apuesta firme por la represión.

Tomar partido

Que para la CUP, el PDeCat y ERC la actuación de la magistrada Lamela sea nefasta y roce la arbitrariedad jurídica, apenas puede extrañar, porque su mensaje está claro: no hay Estado de derecho en España porque la justicia funciona al servicio del gobierno, y no hay democracia porque se encarcela a quienes piensan distinto. Para el PSOE, Ciudadanos y PP, en cambio, lo ocurrido en la Audiencia Nacional es una consecuencia lógica de haber primado la actuación judicial sobre la política, criticable para el PSOE, entendible para Ciudadanos e inevitable para el PP, y explicable porque la separación de poderes otorga a los jueces la autonomía indispensable para actuar conforme a la legalidad. Para todos ellos el principal responsable de la situación a día de hoy corresponde al govern de Catalunya y por ello el 155 se convierte en la única posibilidad de preservar la unidad del Estado.

Como que la equidistancia se está haciendo imposible cada día que pasa, el mundo de Podemos y todos sus entornos van encaminándose a pasos agigantados hacia una posición cada vez más transparente. El independentismo, que nunca los tuvo perdidos del todo, ahora se los está ganando a pasos agigantados. El discurso último de los “presos políticos” los circunscribe claramente a uno de los dos lados de la trinchera, en el mismo lado donde está el nacionalismo catalán.

Aparte de que esta aclimatación táctica en Catalunya va a producir necesariamente fisuras en el resto del Estado porque es apostar por una posición nacionalista en todo el Estado que se contrapone al nacionalismo español, parece evidente que le va a perjudicar entre aquellos que se siguen considerando ajenos a todos los nacionalismos.

Su radical oposición al PP, perfectamente comprensible, le ha llevado en el caso catalán a echarse en brazos, aunque solo sea por inercia, del secesionismo. Todo lo que se había ganado con el acercamiento a Pedro Sánchez desde que este se hizo con el control del partido y que podría proporcionar enormes réditos en la negociación de una reforma radical de la Constitución, se está yendo a la cuneta, transitando por esos caminos peligrosos de la asimilación con el independentismo.

Para demostrar su oposición comprensible con el PP, bastante simplista con Ciudadanos —la estrategia para con Ciudadanos exigiría muchísima más finezza de la que ha existido— y crítica pero colaborativa con el PSOE, no era imprescindible sino más bien todo lo contrario, ponerse del lado de las interpretaciones fáciles del secesionismo rampante. Eso de que en España no hay democracia, de que lo único que se hace con Catalunya es reprimir, de que no existe el Estado de Derecho, de que hay presos políticos, de que no se debe aplicar el 155, etc. etc. es un discurso demasiado circunstancial para que resulte absolutamente creíble y políticamente acertado.

Lo simple es peligroso

España —y su gobierno— tiene muchas lagunas democráticas, es una sociedad profundamente injusta en muchas vertientes, ha cometido profundos errores en Catalunya, pero sigue siendo —aún en medio de una crisis enorme— un Estado homologable, con un sistema representativo que hay que mejorar pero que mantiene los estándares de las sociedades avanzadas y que debe resolver sus conflictos internos con el debate político, lo más abierto y participativo posible y con reformas substanciales que acomoden la Constitución del 78 a lo que hoy reclama la sociedad en su conjunto.

No entender eso es simplificar y lo que representa Podemos tendría que huir de las simplificaciones. Huir de lo simple, huir de las trincheras. No solo porque suponía una corriente de aire fresco en cuanto al intelectual orgánico reflexivo que una sociedad avanzada requiere, sino porque era un ejemplo de la complejidad creativa en un mundo complejo. Y además porque en el horizonte electoral que se avecina, los errores estratégicos van a ser claves y Podemos se puede encontrar que, hacer de las cuestiones complicadas lecturas sencillas, provoca heridas en el electorado difíciles de curar.

En Catalunya ya le ocurrió en septiembre del 2015 cuando su ambigüedad respecto del nacionalismo independentista le restó muchísimos votos que luego una Ada Colau sin ese discurso supo capitalizar. Ahora es Colau, Domenech y todo el aparato podemita el que se mueve en aguas pantanosas. Hay que saber salir de la ciénaga para pisar tierra firme, aún sabiendo que esa tierra firme obliga a mirar con microscopio donde se ponen los pies.