Juan C Valero

Gran Hermano llega a los cubos de basura de las cocinas

Joan Carles Valero | Viernes 06 de abril de 2018
Nuestra conducta personal tiene consecuencias colectivas y es el resultado de un individualismo entendido desde el egoísmo. Como consumidores, cada vez media menos tiempo entre ver, desear y tener.

Una inmediatez que afecta al reparto y entrega de mercancías y que genera notables problemas de movilidad en las ciudades por una excesiva ocupación del espacio público. Igual ocurre con los residuos que generamos y que los ciudadanos debemos separar.

Cambios de hábitos que obedecen a tendencias globales y cuya aplicación local implica la intervención de la autoridad municipal. Pero ojo, porque el individualismo se va a resistir a que los alcaldes se metan en las vidas de los vecinos poniendo chips en los cubos de las basuras.

El 23 de abril se cumplen 18 años de la emisión del primer programa de telerrealidad en nuestro país. Gran Hermano llega a la edad adulta como show inspirado inicialmente en el mundo creado por George Orwell en su novela “1984”, uno de los grandes alegatos contra el totalitarismo en cualquiera de sus interpretaciones y de la injusticia social; un clásico de la literatura contemporánea en el que su autor hace una descripción distópica de la vida bajo la vigilancia constante del Gran Hermano. Cuando apareció en televisión el programa GH en el año 2000, no podía imaginar que un día ese mundo se haría realidad, y que el poder, mediante el control y custodia de la información, lo ejercerían los magnates de las nuevas tecnologías que tanto nos facilitan la vida.

El escándalo de la filtración de datos privados de los usuarios de Facebook para campañas de intoxicación política ha demostrado que los servicios a los que accedemos de forma gratuita, clickando “aceptar” al final de unas extensas condiciones de uso, supone entregar nuestra intimidad para que sea usada como mercancía. Decenas de aplicaciones también acceden a nuestros datos privados dándose de alta a través de Facebook, como Airbnb, Tripadvisor, Glovo, Blabacar, Spotify, Mytaxi, etc. También Google conoce y almacena todos los movimientos de sus usuarios, ya sean simples consultores en su buscador, navegantes a través de Chrome, los correos de Gmail, los videos de Youtube o Google Maps.

Control absoluto
Pocos son los que escapan al sometimiento del imperio GAFA, acrónimo que define el poder de las cuatro empresas más poderosas del mundo: Google, Apple, Facebook y Amazon. Son multinacionales-estados cuyos millones de súbditos-clientes no conciben sus vidas sin utilizar sus dispositivos o aplicaciones. Todos están contentos de ser dependientes de los maravillosos servicios que les ofrecen gratuitamente y no se percatan que sus vidas son meras mercancías para GAFA, puesto que esos titanes tienen toda nuestra información porque hemos querido regalársela gratis.

Los alcaldes también quieren ser nuestros grandes hermanos. Dicen que necesitan la información de nuestros comportamientos para así decidir mejor lo que nos conviene como sociedad. Pero el amante de las libertades individuales se rebela porque a los administradores de nuestras ciudades y pueblos les remuneramos todos los servicios mediante una amplia gama de impuestos y tasas. En nuestros municipios, nada nos es concedido gratis, como hacen los magnates de GAFA. A nuestros ayuntamientos les pagamos absolutamente todo. Pero nuestros alcaldes quieren más, desean ser nuestros grandes hermanos y quieren engordar la información que tienen de nosotros. Le llaman “big data” de sus gobernados. Hasta el punto de meterse en los cubos de la basura en sus cocinas.

Excusa medioambiental
La conciencia de reducir nuestra huella en el planeta mediante la separación de nuestros residuos para facilitar su reciclaje y reutilización, no es excusa para entregar alegremente las libertades individuales. Que levante la mano quien quiera, por ejemplo, que algún funcionario de su ayuntamiento sepa si folla con preservativos, si su hija tiene la regla, qué medicinas toma o si se zampa una lata de caviar beluga, lentejas, o garbanzos con langosta.

Gran Hermano llega a nuestras basuras, que van a perder el anonimato de que gozaban hasta ahora. Recuerdo la revista “Sal y Pimienta”, que en los 80 publicaba reportajes sobre la basura de los famosos en un auténtico aquelarre de la intimidad ajena. Con el contenido de la bolsa de basura desplegado sobre una mesa, la revista reconstruía la vida del hogar del personaje con la absoluta precisión que aporta las pruebas. Ahora serán funcionarios los que analicen nuestros residuos y elaboren informes para que, en caso extremo, nuestros alcaldes sancionen a los descarriados.

Los políticos que se obsesionan en modificar los hábitos de conducta de los ciudadanos, intentando meterse en sus camas, cocinas o intimidad a través de la moral, la alimentación o sus basuras, corren el riesgo de perder el poder. Existen precedentes. Ocurrió en Torrelles de Llobregat en 2003, cuando la agrupación local PiP perdió por primera vez en 20 años unas elecciones por implantar en vísperas de las votaciones el sistema puerta a puerta de recogida de residuos sin suficiente información ni facilidades. La historia puede repetirse ahora que esa formación vuelve a gobernar con el nombre de Compromis i Acord per Torrelles (CAT). Todo un regalo para la oposición, que puede utilizar las libertades individuales para arrebatar el poder que ha ejercido PiP de forma casi hegemónica en ese pequeño municipio que pasa por ser el que más recicla sus basuras. Por lo visto, no es suficiente. III