Olga Puertas

Lo intangible

Olga Puertas Balcell | Martes 22 de mayo de 2018
Sant Boi tiene un símbolo en su “sky-line” bien singular y visible: el campanario de la parroquia de Sant Baldiri, Boi o Baudilio, tres variantes del mismo nombre que muchos sanboyanos siguen usando para designar su ciudad.

Hoy los asistentes a la ceremonia del Santo, nos encontramos en una iglesia mejorada, con más luz y que sigue en su necesario programa de restauración de tejados; si bien parece que la interrupción que se produjo hace meses continuará por la falta del dinero pactado con la Generalitat y Diputación.

Ha habido años en que las autoridades locales no han acudido a la misa solemne de Fiesta mayor, por diversos motivos: laicismo o por las difíciles negociaciones para abordar la cesión del ruinoso teatro del Centre, sin acuerdo aún.

Hay que resaltar el perfecto y sencillo engranaje de la liturgia eclesiástica su buena sincronización y su diferencia con muchos protocolos oficiales, en la seguridad y elegancia con que potencia la actuación de los celebrantes y les proporciona la solemnidad que cualquier acto institucional debería inspirarnos.

Hacía horas de la boda real inglesa de un príncipe pelirrojo y una actriz mulata, y el centenario protocolo británico se apuntaba un nuevo éxito popular.

Días antes en una lóbrega estancia un nuevo ‘President’ asumía su cargo en una ceremonia más propia de un Ayuntamiento aldeano.

Dos contrastes, dos mensajes.

Nuestra iglesia cuenta con un retablo de Lluís Dalmau, un notable pintor gótico del 1438; el año pasado un elemento perdido fue rescatado de una subasta (125 mil euros) y donado al MNAC para su exhibición.

La misa que es también un ritual de acto social para muchos locales, tuvo un notable acompañamiento de música barroca. Al acabar la inquietud de muchos, por la continuidad de las obras eclesiales y la ya indisimulable ruina del teatro del Centre, escenario de tantas obras teatrales. Y lamentar así la falta de un teatro local adecuado, una carencia agravada tras tantos años de asistir impotentes a la ruina del Ateneo sanboyano y cierre del Ateneo familiar.

Muchos volvimos a vernos por la tarde en la ópera barroca de Purcell (1689) ‘Dido y Eneas’ en la sala Masalleras, inadecuada para un elenco de más de 60 personas y con la limitación de escenografías que arrastra el local. Era la segunda representación y la actuación fue más que digna dada la justeza de medios.

La coral Renaixenca impulsó la obra y desarrolla una labor voluntarista que proporciona sorpresas, su último director Pau Jorquera es el segundo director del Coro de Montserrat y organizador del ‘Bachcelona’.

La misa y el teatro tienen una cierta conexión. Por ello hoy al salir de dos actos vivos, instantáneos y diferentes he tenido la misma sensación: que se celebran en escenarios amenazados o inadecuados que necesitan del interés público para mejorar y perdurar.

Umberto Eco dividió la cultura en apocalípticos e integrados, o en alta cultura y cultura de masas. Porque si un día desapareció misteriosamente, uno de los retablos góticos de Dalmau para no volver a nuestra iglesia; procuremos que esta iglesia un icono de la ciudad no sufra un deterioro irreversible, como sí sucedió con nuestros teatros.

Existe la industria cultural de masas sin duda, pero el valor de lo sagrado y del teatro es intangible.