El panorama en este inicio de año sigue inalterable, tanto en la vida doméstica como en la internacional. La política actual sigue siendo un terreno crispado e ingobernable.
No se responde a las necesidades sociales, se gobierna en clave de mantenerse el poder o en el horizonte electoral. Si a esto añadimos las últimas tragedias ferroviarias, el clima va en aumento. En el plano internacional se sumas los conflictos territoriales o imperialistas. Ante este panorama podemos decantarnos por la vía de la resignación derrotista o bien por la vía de una esperanza renovadora. Es nuestra elección, basada en la libertad de todo ser humano.
¿Dónde encontrar esta esperanza? ¿Es posible cambiar el corazón humano? A lo largo de la historia el ser humano ha demostrado su dualidad: monstruo o santo, ejemplos de generosidad sublime o de violencia obscura y tenebrosa. El ser humano debe optar por alimentar una u otra. El hombre libre no es aquel que puede hacer lo que le da la gana o le apetece, sino el que eligiendo el “bien” se encamina a vivir su vocación al “amor”.
El ser humano, desde siempre, es un buscador de la única Verdad que es inmutable y eterna, plena y gozosa, … Desde los primeros filósofos griegos, el hombre se ha preguntado con admiración sobre el entorno natural y existencial. Es sano para el hombre cuestionarse la realidad observable, buscar respuestas más allá del egocentrismo imperante. Las religiones no son evasivas, son plena expresión de la búsqueda que acompaña el devenir de la historia. No es de cobardes plantearse la religión como una respuesta; no es de débiles el reconocimiento de un Dios cercano; no es irracional la aceptación de un Dios creador y redentor.
El humano no es un robot o un automatismo genético, no es fruto de la “suerte”, “fortuna” o “azar”, de un destino vacío y sin sentido.
Jesucristo es la respuesta de Dios ante la soledad y pobreza humana, tan precaria y tan hermosa al mismo tiempo. No tengamos vergüenza ante este descubrimiento, que cuando irrumpe en la vida, todo adquiere un sentido, más allá de si lo entendemos o no. III
«Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá» (Mt 11, 9—10)