La doctora de El Prat consultada echa mano de la ironía. “Es como si te dijeran que no te van a servir un chuletón o un filete de ternera, que es lo que quieres, y que con unas cuantas zanahorias en el plato vas a tener bastante. Que es lo mismo porque va a ser bueno para tu salud. Una tomadura de pelo, vamos”.
Y sigue: “No digo que todas las propuestas que vienen de arriba sean malas. Muchas son positivas, pero se plantean sin presupuesto, ni dinero, ni plantilla. Por ejemplo, vas a tener una nutricionista. ¡Qué bien, estupendo! Y descubres que esa nutricionista en el ambulatorio no va a tener agenda. Es decir, no va a tratar con pacientes. Se va a limitar a responder a mis dudas a través del correo. Esto me va a dar más trabajo. No me ayuda en el día a día con mis pacientes”. Otro doctor que trabaja en Sant Boi: “Estamos hartos. Cada año se marchan de mi hospital 30 o 40 médicos. Y la presión recae sobre los que nos quedamos. No podemos seguir así”.
Durante los últimos cinco años, he seguido informativamente las huelgas, protestas y manifestaciones de médicos, enfermeros y docentes. A todos ellos les une el mismo malestar. ¿Qué les pasa? “Falta de respeto, de consideración. Empecé a trabajar en esto hace 20, 25 años. Prácticamente cobro lo mismo, no llego a los 2.000 al mes”, me explicó un técnico sanitario en el transcurso de una manifestación ante la conselleria de Salut. Los allí concentrados pusieron banda sonora a sus lemas y consignas con la canción “Resisitiré”, del Dúo Dinámico. Los tipos resisten.
Pensé entonces en la revuelta de los trabajadores públicos que cobran, siguen cobrando desde antes de la crisis financiera, 2.000 euros. A los que cobran menos les puede resultar un sueldazo, aunque todos sabemos que es difícil cubrir gastos, salir a comer de vez en cuando y disfrutar de alguna salida cultural con ese sueldo. Pero a la ‘infantería social’ que nos cuida, educa y protege le está cabreando ese asfixiante estancamiento. Son gente formada académicamente y muchos de ellos cargan sobre sus espaldas décadas de experiencia profesional. Sin embargo, no han desallorado sus carreras de manera ascendente. No se mueven, están estancados y encajados entre las exigencias que proceden de los despachos y las necesidades de pacientes y alumnos. Trabajan en un clima exigente y de intensa presión asistencial. Si se quejan, la respuesta de sus jefes es: “¿Habéis perdido la vocación?”.
En este sentido, me pregunto si la apelación a la vocación se ha convertido en un sofisticado mecanismo de chantaje emocional de los altos cargos y gestores sobre los trabajadores de los pilares del Estado del Bienestar. Mi querida profesora de lengua y literatura, Quima Romagosa, que trabajó durante años en el Institut Rubió i Ors de Sant Boi, lo tenía claro: “Cuando criticas algo referente a la gestión, te responden con lo de que ‘es que no tenéis vocación’, aneu a la...”.
Una compañera de redacción defiende la teoría de que los ‘jefes’ han dejado de serlo. Un ‘jefe’, según ella, no debe limitarse a mandar o gestionar las vacaciones, horarios y gestiones diarias del equipo. Debe poseer una dimensión humanista, empática y algunos conocimientos sobre la psicología humana y “también tiene que limpiarte los mocos si lo necesitas”. Ella mira con nostalgia el pasado porque considera que hace unos años el jefe de área o el jefe de informativos se implicaba en el clima emocional de la redacción. “Escuchaban tus quejas por teléfono si te tirabas un día de guardia esperando unas declaraciones, se preocupaban por ti, te sentías respaldado”. ¿Se ha roto ese pacto cómplice entre gestores y trabajadores públicos? Una docente jubilada a la que requerí sobre la situación actual en escuelas e institutos públicos asegura que la exigencia máxima para ocupar un puesto en el centro de mandos de la educación pública debería haber pasado durante años por un aula. Una profesora de inglés en un centro de Cornellà advierte que el actual clima laboral de ‘sálvese quién pueda’ solo protege “a los más vagos o menos comprometidos con su trabajo’’. “Nadie quiere problemas- añade esta docente- y se potencia ir a lo tuyo y no trabajar en equipo, de manera cohesionada y leal”.
Creo firmemente que existe una revuelta contestataria, la de los trabajadores públicos que cobran 2.000. No es exactamente una protesta de clase obrera, pero tampoco responde al cliché de clase media que suspira por la pérdida de estatus social. Se trata de la revuelta de un conjunto de ciudadanos que han seguido las reglas: estudiar, aprobar oposiciones, trabajar con tesón... y hacen funcionar el día a día de unos servicios públicos en crisis. Faltan ideas y dinero.
Puede que sobren jefes exageradamente bien pagados y sea necesario ampliar las plantillas de la infantería social. III