La tarta de queso está de moda y se sirve en la mayoría de los restaurantes españoles. Esto ha provocado que hayan surgido infinidad de variantes de este emblemático postre, fusionándolo con otros sabores populares para atraer a los más golosos. Sin embargo, entre tantas reinterpretaciones, una receta concreta ha logrado destacar por su enfoque: priorizar la calidad del producto y recuperar una identidad reconocible, sin alardes técnicos ni presentaciones llamativas. La pregunta es inevitable: ¿qué ingrediente marca la diferencia?
Lejos de tendencias virales o versiones extremas, la elaboración mantiene una línea clásica basada en el control del producto y la técnica. Su textura cremosa y un sabor lácteo equilibrado han despertado la curiosidad tanto de clientes habituales como de profesionales del sector, que señalan este tipo de postres como ejemplo de cómo una receta tradicional puede seguir marcando diferencias cuando se ejecuta con precisión.
El responsable de esta elaboración apunta a una combinación que conecta directamente con el origen gallego del planteamiento: la mezcla del emblemático queso Arzúa-Ulloa, denominación gallega de sabor suave y graso, junto con queso Philadelphia. “No buscábamos sorprender, sino reforzar la identidad. El Arzúa-Ulloa nos da esa profundidad láctica y ese punto de untuosidad que remite a Galicia, mientras que el Philadelphia aporta estabilidad y cremosidad. El equilibrio entre ambos es lo que marca la diferencia”, explica.
La elaboración comienza con la mezcla de yogur natural, queso Philadelphia, leche condensada, nata culinaria y huevo pasteurizado, a la que se incorpora el ingrediente clave: el queso de Arzúa-Ulloa. Todos los ingredientes se trituran hasta obtener una crema homogénea y se dejan reposar para que los sabores se integren.
En paralelo, se prepara la base: galletas María y mantequilla, trituradas hasta formar una capa muy fina, pensada para no restar protagonismo al queso. Esta base se congela brevemente, un paso importante para evitar que se eleve durante el horneado.
La mezcla de queso se vierte sobre la base ya fría y se introduce en el horno a 100 grados durante una hora, una cocción lenta que ayuda a conseguir la textura característica. El acabado llega fuera del horno, con una tierra de Oreo espolvoreada por encima y una salsa de mango que aporta contraste y frescura al emplatado.
“Es una receta sencilla con un sabor inmenso, pero que requiere respetar el tiempo, la temperatura y la calidad del producto”, añade. En un panorama saturado de versiones y reinterpretaciones, esta tarta de queso está atrayendo a quienes buscan un postre con más memoria gustativa que efecto inmediato.
El fenómeno se enmarca en una tendencia más amplia: el auge de las tartas de queso en la restauración española, convertidas en reclamo habitual tanto en locales tradicionales como en propuestas contemporáneas. En un escenario cada vez más homogéneo, la diferenciación pasa por volver al origen, reivindicar el producto propio y construir una identidad clara sin renunciar a la sencillez. Más que reinventar la tarta de queso, el reto parece estar en hacerla reconocible.