El Llobregat

Los cómics son más que entretenimiento. La sorprendente conexión mágica revelada por Grant Morrison

David Aliaga Muñoz | Domingo 12 de abril de 2026

A fuerza de repetirlo, hemos convertido en un lugar común la idea de que el arte puede transformar la realidad. Lo damos por descontado. Lo pensamos como metáfora. O en términos sociales. Sin embargo, a lo largo de la historia algunos autores han llevado esa premisa más allá de estos márgenes convencionales y se han desempeñado como narradores, poetas, pintores, compositores, concertistas… que concebían su actividad creativa también como un acto de magia en sentido estricto: esto es, como una práctica capaz de intervenir en la realidad, de moldearla y, en última instancia, de alterarla. El cómic, pese a ser una de las formas de expresión artística más jóvenes, no ha permanecido ajeno a esta corriente. Y en el trabajo del guionista escocés Grant Morrison encontramos algunos ejemplos paradigmáticos de obras del noveno arte concebidas como práctica mágica.



De forma específica, el autor se afirma deudor de ocultistas como el pintor londinense Austin Osman Spare y practicante de eso que ha venido a llamarse magia del caos. Esa genealogía hechiceril nos permite entender que cuando el guionista menciona el proceso creativo como acto de magia, lo está situando en la intersección entre las prácticas esotéricas y la contracultura, lejos de la solemnidad con que tradicionalmente se ha envuelto el hermetismo o lo ritual y más cerca de la lógica del punk. En conexión con la ética del “hazlo tú mismo”, lo que propone Morrison es apropiarse de símbolos existentes, remezclarlos, dotarlos de una nueva intención y lanzarlos de vuelta al circuito cultural para que causen impacto y transformaciones en la sociedad. Es así como aspira a que sus cómics dejen de ser solamente relatos para convertirse en dispositivos capaces de operar sobre la conciencia de sus lectores y, con ello, aspirar a producir efectos más allá de los mundos de ficción que moldea a través de la palabra.

Tal vez el título más apreciado de su producción en este sentido sea Los Invisibles (1994-2000). En sus páginas, el autor escocés retrata las peripecias de una suerte de organización secreta mágico-anarquista que combate la opresión ejercida por un gobierno de tiranos alienígenas. Ya así, solamente esbozando el argumento de este tebeo, puede intuirse que Morrison buscaba agitar políticamente las conciencias de sus lectores, plantearles que la resistencia es una posibilidad frente al autoritarismo o la violencia económica, social… Pero no quiso limitarse a provocar esa reacción en la realidad confiando solamente en sus capacidades narrativas. Grant Morrison quiso que Los Invisibles fuese un artefacto mágico arrojado a un mercado de difusión masiva.

Incluso si lo entendemos a la manera de los teóricos de la magia del caos, cualquier creación artística es susceptible de ser considerada un conjuro o un ritual, ya que posee la capacidad de transformar la realidad por vía del símbolo, la intuición y la percepción. La principal diferencia —si es que realmente magia y arte son cosas distintas— radicaría en la conciencia, la intención o la voluntad del sujeto que lo la lleva a cabo. Y Morrison trabajó en las páginas de Los Invisibles también como quien compone un sigilo, es decir, una representación simbólica críptica que lanzase un mensaje subliminal a las mentes de sus lectores y así transformase su percepción. ¿Con que objetivo concreto? Con el de que personas de todo el mundo tomasen consciencia del plan de subyugación que ejercen las élites neoliberales sobre los ciudadanos y así comenzasen a rebelarse.

El planteamiento de Morrison desarrollaba la teoría de los sigilos descrita por el pintor brujo Spare en El libro del placer (1913). Según sus instrucciones, para llevar a cabo esta operación, el practicante tenía que comenzar escribiendo una frase que expresase el efecto que quería causar en la realidad; a continuación, debía usar las iniciales de cada palabra para dibujar un símbolo único; luego, visualizarlo hasta que quedase grabado en su inconsciente —normalmente, induciéndose un estado mental apropiado— para finalmente destruir el emblema, olvidarlo y así permitir que actuase. La teoría de Spare sostenía que el deseo grabado en el subconsciente mediante el sigilo impulsaría al mago a perseguir su objetivo. Lo que hizo Morrison fue trabajar con la trama de Los Invisibles de forma similar. He mencionado que la práctica propuesta por el pintor de principios del siglo pasado proponía a los practicantes inducirse un estado mental que abriese sus capacidades perceptivas, con tal de que el sigilo lograse permear en sus cerebros. Bien, pues en un artículo que se publicó entre las páginas del número dieciséis de la edición original de Los Invisibles, Morrison invitó a sus lectores a masturbarse y eyacular sobre el tebeo para “cargarlo energéticamente” y que se materializase su deseo de disparar las ventas de la obra. ¿Magia, provocación, boutade? Tratándose del escocés, seguramente se trataba de todo al mismo tiempo.

En cualquier caso, además de ponerlas en práctica, Morrison ha teorizado alrededor de este tipo de prácticas. Suyo es el concepto de “hipersigilo”, una extensión a gran escala del sigilo individual que consiste en diseñar personajes, series o universos enteros como patrones simbólicos capaces de influir en la conciencia de los lectores a lo largo del tiempo. Mientras que el sigilo tradicional busca producir un efecto concreto mediante la intención y la concentración del practicante, el hipersigilo morrisoniano funciona colectivamente: al difundirse culturalmente, sus relatos se convierten en artefactos que pueden reprogramar ideas, emociones y percepciones, alterando sutilmente la manera en que las personas experimentan la realidad.

También en su etapa como guionista de la franquicia La Patrulla Condenada (1989-1993) escribió regido por la lógica del hipersigilo. Esta serie, que combina los superhéroes, el surrealismo y la metaliteratura, se convirtió en un laboratorio en el que Morrison experimentó con la percepción de sus lectores. Personajes como Crazy Jane y sus mundos fragmentados actúan como vectores simbólicos que desafían las expectativas y los códigos del cómic de pijameo. Cada número puede ser entendido también como uno de esos sigilos expandidos: al jugar con la forma, la narración y, sobre todo, con la relación entre ficción y realidad, que en sus páginas se confunden y se cuestionan, el escocés induce a los lectores a cuestionar su propia percepción, su sentido de la normalidad, los márgenes de lo que hemos convenido entender como real…

En Flex Mentallo (1996), una serie que surgió como spin off de la anterior, el autor dio desarrollo adicional a ese planteamiento. Bajo su apariencia paródica —el protagonista del tebeo es un culturista que puede alterar la realidad tensando sus maravillosos músculos—, Flex es uno de los personajes más estimulantes creados por Morrison: es una “idea viva”, un anuncio publicitario que acaba irrumpiendo en la realidad. La obra dibujada por uno de los cómplices habituales de Morrison, Frank Quitelly, vendría a sugerir que la ficción no solo refleja la realidad, sino que puede darse el proceso inverso: que la ficción puede escapar de sí misma, que la exposición continuada a la publicidad o el tebeo o una serie de televisión puede funcionar de manera análoga a un ritual, y llegar a generar cambios en la percepción de la realidad de quienes se expongan a esos estímulos. ¿Magia, provocación, boutade, psicología? III

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