El Llobregat

Super Pumby

EL PRISMA

Lluis M Estruch | Viernes 08 de mayo de 2026

En un acto notarial, con esperas y pausas, llegamos al desenlace. El notario, un senior de buen humor y elegancia descuidada, nos entretuvo mientras su oficial corregía un error, con un comentario sobre la tendencia creciente de dejar legados testamentarios importantes a mascotas (perros, gatos…) a través de un albacea para su observancia y ejecución. En lecturas posteriores constaté la certeza de su comentario.




Me olvidé de las extrañezas ya muy añejas sobre los cementerios privados de animales, de las sonrisas sobre los mimos caninos en hoteles en Francia y de la paulatina admisión de perros en hoteles españoles. Al igual que la incomodidad de tener en el transporte público cestas o bolsas con animales que hieden, que ladran o incomodan al vecino/s o como otros muchos ya van sin bozal o correa. Ni por las realas de perros, que con uno o dos guías, se te acercan agresivos, buscando lugares para defecar y orinar, en horarios nocturnos de preferencia y casi siempre en los mismos sitios para desesperación de los residentes y de las brigadas de limpieza. Porque para muchos veterinarios, los perros no pueden estar a gusto en espacios reducidos, reteniendo así su instinto natural, sea el cazar, pelear, procrear o correr libres y solo ser ya muy secundariamente un simple animal pasivo de compañía de las soledades y de la incomunicación de muchos humanos. Para lograr esta cruel finalidad, la esterilización ayudará a desvirtuar aún más la naturaleza silvestre del animal, sea perro o gato.

Abundan desde hace tiempo las colonias de gatos, donde voluntarios con dieta, mantienen alimentados a centenas de gatos esterilizados que ya son indiferentes a la caza de roedores, perdiendo una característica del felino carnicero que es el gato, siendo capaz incluso de devorar a sus crías como muestra de un carácter propio.

Hay ciudades como Roma y Estambul (150.000 gatos) que tienen desde hace siglos un gran respeto por el gato callejero. Estambul está considerada la ciudad de los gatos. Valorados desde Mahoma (con su amada gata Mueza) como animales limpios y puros que pueden entrar en las mezquitas. En El Cairo los gatos unen una útil veneración sagrada (contra las plagas de roedores y serpientes) del Antiguo Egipcio al realce posterior del Islam. Sin embargo, con 21 millones de habitantes su situación no es tan buena como en Roma, donde abundan en el Foro y el Coliseo. Por el contrario en el Islam el perro es considerado un animal impuro y despreciable y uno de los peores insultos es llamarte perro (kalb).

Al llegar aquí, uno se da cuenta de lo relativo del enfoque animalista, porque muchos asocian el espectacular aumento canino, al descenso de la natalidad occidental y las correlaciones se dan con facilidad. Es más barato tener un perro que un bebé, he oído decir muchas veces como explicación simple y rápida.

En 2025 en España se gastaron unos 1.700 euros anuales en cuidado de mascotas. Hay abundancia de tiendas, clínicas y negocios, dedicados al ‘mascotismo’ como fenómeno que arroja grandes cifras. Y por ello, el poder político atendió desde 1933 esta necesidad de proteger a los animales. La primera ley de protección animal, en Alemania, fue creada por los nazis, recién llegados al gobierno, que en 1934, celebraron una “Conferencia internacional de Protección animal” en Berlín. Ocurría a la vez que se creaban los primeros campos de concentración para los oponentes políticos con maltratos, torturas y exterminio paulatino, hasta llegar al final a seis millones de muertos. Himmler el ideólogo del genocidio, visitó España en 1940 en busca del Santo Grial en Montserrat y tras una corrida de toros sufrió un desmayo por lo sangriento del toreo. Los toros están prohibidos en Cataluña desde 2012.

Hoy muchas de estas primeras leyes protectoras alemanas (caza, sacrificio animal con aturdimiento…) siguen. Hubo cartillas de racionamiento caninas en guerra y las langostas no se podían cocer vivas. Muchas leyes así se extremaron por Podemos en su alianza con el PSOE. Algunas pendientes.

El político profesional en el recuento electoral recela del voto de PACMA (partido animalista) que consigue, a veces por el creciente hastío político del electorado, votos que pueden ser decisivos para conseguir concejalías o diputados. Por ello, antes el “Carrilet” (FGC)y después el metro autorizaron el transporte de animales.

Pasó entre tanto el Covid-19 con suposiciones sobre las transmisiones. Al final los humanos podíamos contagiar el virus a los animales, no a la inversa. La rabia, toxoplasmosis, Lyme, tiña, pueden causarnos problemas. Muchas van ligadas a las heces. Tal vez por ello algunos ayuntamientos han creado bancos de ADN con las heces. Sitges es un pionero del tema con éxito en su aplicación. Otros prefieren tasar con un impuesto de tenencia la posesión de perros, por la excesiva proliferación de ellos y el enorme gasto de limpieza y zonas de recreo canino que deben atenderse. En el Tirol Sur se pagan ya 100 euros al año de tasa canina. Aquí, abundan los ediles dedicados casi en exclusiva al tema que siempre suele dar pie a quejas de los propietarios: bebederos, multas, perros de pelea…

Al ser un tema poco objetivado y de difícil manejo electoral, los políticos suelen ser permisivos y se declaran animalistas. Y mientras, se cierran aularios por falta de niños y hasta las zonas infantiles son invadidas por canes que toman posesión del territorio a su manera excrementando u orinando en ellas. Los carritos para transportar perros con mantitas no son infrecuentes, tal vez con tiempo igualen a los de infantes. Cuenta Suetonio que Calígula hizo cónsul a su caballo “Incitato” con su pesebre de marfil, mantos de púrpura y esclavos.

¿Qué elegir mejor: perros o gatos? Como mal menor, me inclino por los felinos, animales limpios, independientes, pequeños tigres sin duda. Y puede que me haya decidido a ello después de tener perros. Recordando así las alegres aventuras del gato “Pumby” del TBO (1973) del mismo nombre que tomaba zumo de naranja y se convertía en “Super Pumby” un gatazo blanquinegro que resolvía cualquier entuerto. III

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