Baix Llobregat

China sin filtros: claves para entender al gigante del siglo XXI

Primeros rascacielos en las afueras de Urumqi (Foto: Aguadero)

En verano: viajar y pensar. Diarios desde Xinjiang — 17 y 18 de junio, Urumqi

El Butlletí Oficial del Parlament de Catalunya ha anunciado, para esta XV legislatura, una “Propuesta de resolución sobre la persecución del pueblo uigur por parte de la República Popular de China y de apoyo a sus derechos fundamentales” [250-01264/15. GP Junts].

Jorge I. Aguadero Casado | Miércoles 01 de julio de 2026
Iniciamos hoy una serie de cronicas, en exclusiva para El Llobregat, redactadas, por nuestro colaborador, el escritor Jorge I. Aguadero Casado en su viaje por la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, en China; viaje que acaba de realizar (del 17 al 27 de junio 2026). Hablaremos de uno de los enclaves más representativos de la Ruta de la Seda y de convivencia étnica en China. Xinjiang es, además, uno de los puntos de atención política mundial. (Nota: las fotografías, tomadas por Aguadero y por otros representantes de medios internacionales, proceden de sus teléfonos móviles)

Por Jorge Aguadero Casado.

Cuando el avión de Air China despegó del aeropuerto de El Prat, tuve la corazonada de que dejaba atrás una determinada forma de ver la vida; de que jamás volvería a ser exactamente la persona que había sido. Viajar a la Ruta de la Seda no es únicamente desplazarse sobre un mapa: es entrar en una experiencia vital capaz de remodelar el pensamiento con nuevas magnitudes.

Viajar a China expande el horizonte (Foto: Aguadero)

Durante los días previos, miraba una y otra vez la carta de invitación del China International Publishing Center, en la que se me invitaba a visitar el “Evento para medios de comunicación de aproximación a la zona central —Xinjiang— de la Franja Económica de la Ruta de la Seda”, que tendría lugar del 17 al 27 de junio de este 2026. El documento, ante la emoción de lo desconocido, no era solo una invitación protocolaria, sino la puerta de entrada a un territorio del que tanto se habla y que tan poco se conoce de primera mano. Era perfectamente consciente de que las autoridades chinas deseaban mostrarme lo mejor de Xinjiang, para que las personas que me leen en distintos medios se llevasen una buena impresión; también me sentía cómodo porque, a diferencia de lo que algunos amigos periodistas me han explicado sobre sus experiencias en otros países, nadie me condicionaba. Recordé unas palabras en el Consulado General de China en Barcelona antes de partir: “Queremos que veas por ti mismo y que des tu opinión sincera. Nos duele cuando periodistas que no han puesto un pie en nuestro país difunden propaganda antichina”.

En verdad, me presionaba a mí mismo, mis dedos sentían vértigo hasta para seleccionar las aplicaciones que descargué en mi teléfono: Alipay y WeChat Pay para pagar en los comercios, una calculadora euros/yuanes chinos, una tarjeta eSIM para tener acceso a Internet y un traductor de idiomas. Asistía al encuentro en calidad de escritor y columnista internacional, preguntándome cuánto había de cierto en las críticas de algunos medios occidentales, que describen Xinjiang, la provincia más grande de China, como un lugar de fuerte represión contra la comunidad musulmana y de condiciones de vida insoportables para la población. ¿Qué habría de verdad en eso?

Empecemos con el vuelo desde el Aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat. Sobre mis vuelos con Air China les diré que el trato humano fue excelente, que mi 1,93 m. de estatura sintió correctos los asientos y que, nada más subir, te sientes en China.

Nada más subir al avión de Air China te sientes en el gigante asiático (Foto: Aguadero)

Habría agradecido alguna indicación en castellano/catalán, pero la única alternativa al chino es el inglés. Es justo reconocer que las once horas hasta Pekín se me hicieron largas, a lo que hubo que sumar un transbordo de dos horas y, después, cinco horas más de avión hasta llegar a la capital de Xinjiang, Urumqi (pronunciado Úrum-chi), la ciudad del mundo más alejada del mar, en el desierto, cuyos 4 millones de habitantes representan un esfuerzo logístico de habitabilidad sin parangón en el mundo. En cuanto a la relación con los agentes de las aduanas chinas, mi sensación fue de más seriedad que en vuelos por Europa, pero pronto entendí que era para manejar bien el alto flujo de pasajeros. Mi experiencia ha sido de maneras correctas y altísima eficiencia por parte de estos funcionarios.

Les recomiendo, eso sí, un nivel medio de inglés. También, tener nociones de chino. Basta con estudiar diez minutos diarios con una aplicación de idiomas durante el mes previo al viaje y llevar, además, un dispositivo traductor. ¿El vuelo es caro? Sí, lo es. Pero en China el día a día resulta mucho más económico que en España -no así el sector lujo-, por no hablar de la extraordinaria experiencia cultural que tendrán.

Otros dos detalles a tener en cuenta son la imposibilidad de introducir carne en el país por razones de cuarentena (olvídense de llevar unos sobres de jamón ibérico) y la exigencia de que la batería externa para cargar el móvil cumpla el estándar internacional CCC, con el fin de evitar explosiones en pleno vuelo. Yo no lo tuve en cuenta, una batería externa nueva no pasó la aduana. Todo es aprender.

Tras disfrutar del amanecer sobrevolando Pekín, la aproximación a Urumqi me abrió los ojos a una nueva dimensión del terreno. Vista desde el cielo, la región ofrece una aridez extrema: una enorme explanada desértica encajada entre tres zonas montañosas. Tengan en cuenta que, cuando hablamos de China, la palabra “enorme” adquiere otro significado.

Desierto de Taklamakán, en Xinjiang (Foto: Aguadero)

Estaba preparado para encontrarme una ciudad de construcciones bajas, deteriorada por los vientos desérticos, con infraestructuras descuidadas de principios del siglo pasado y escasa población. ¡Qué equivocado estaba! Lo primero que capturó mi atención fueron los rascacielos. No uno. Ni dos. Ni cien... Créanme, parecían piezas de Lego. Desde el aire no me daba tiempo a contar los innumerables rascacielos de Urumqi. No diré que Barcelona sea un pueblo, pero no estoy acostumbrado a este tipo de arquitectura.

Llegué a la conclusión de que, a diferencia del modelo occidental, el rascacielos en China no es una construcción excepcional reservada a las élites económicas, sino que se ha convertido en un estándar urbano. En cuanto a las infraestructuras civiles, todo se ve nuevo, cuidado y en perfecto estado de uso. “Si esto es una zona rural, ¿cómo serán las grandes ciudades?”, me preguntaba insistentemente.

Al salir del avión, las voluntarias dispuestas por el comité organizador me guiaron amablemente hasta el coche oficial. Allí conocí al reputado viajero y gran conocedor de Asia Central Andoni Corrales Betanzos, de Bilbao, el otro español del grupo de invitados.

Esa misma tarde, tuvimos una charla con una persona occidental que, con la perspectiva de estos días, me parece inquietantemente reveladora. Esa persona criticaba la actuación del Gobierno chino en Xinjiang. Como yo no sabía mucho del tema, le preguntamos si tenía experiencia en la región, para calibrar mejor sus palabras.

-Acabo de aterrizar. Es mi primera vez aquí- respondió.

Entonces, Andoni le preguntó de dónde sacaba sus críticas al Gobierno chino.

-Es lo que dice todo el mundo- contestó.

Nos pareció un argumento poco consistente. Decidí no mover el avispero. No parecía tener mala intención, pero a esa persona se la veía fanatizada. Entonces Andoni, sin levantar la voz, pronunció unas palabras que me han quedado grabadas en la memoria:

-Cualquier padre de muchas ciudades de Asia Central daría un brazo para que sus hijos tuviesen una oportunidad en una ciudad como esta. En esos países he visto ciudades en las que las viviendas son contenedores de transporte marítimo.

Se hizo el silencio.

Viviendas-contenenedor en Osh (Kirguistán). (Foto: Andoni Corrales Betanzos)

Urumqi (China). (Foto: Andoni Corrales Betanzos)

Luego se unió a nosotros Wang Yiping (王一平), editora de CGTN Español, perteneciente al CMG -Grupo de Medios de China-. Yiping, además de su labor en la televisión central china, nos asistió como intérprete a lo largo de la estancia en Xinjiang. Su maravillosa ayuda, siempre acompañada de una sonrisa, merece especial homenaje en esta crónica. “Eva”, su nombre occidental, es el vivo ejemplo de una mujer china con excelentes valores y una formación intelectual sobresaliente. No se limitó a ser una fría intérprete, sino que nos ha explicado el contexto de las cosas y se ha convertido en nuestra amiga de corazón.

Mientras Eva aterrizaba en Urumqi, el variopinto grupo del evento fuimos a visitar un centro dedicado a la cultura del caballo. El lugar es impresionante. Perdonen el simplismo, pues me gustaría ser mejor escritor y narrar con más virtuosismo el museo y centro de cría de caballos que visitamos.

“Caballo dragón: el museo temático del caballo en los confines de la Tierra”. (Foto: Aguadero)

Antes de llegar allí, pasamos por el parque ecológico antiguo de Xinjiang, un bosque de árboles fosilizados del período jurásico, cuidadosamente conservado. También resultó fascinante visitar las ruinas de una civilización que aún no ha sido identificada, que cuenta con aspersores que generan un microclima. Y, cuando uno cree que Urumqi ya no puede sorprenderle más, llega el colofón: “Caballo dragón: el museo temático del caballo en los confines de la Tierra”. Si ustedes aman el mundo ecuestre, han de venir. Van a disfrutar y a aprender mucho.

Tuve la suerte de que Andoni es una enciclopedia viviente sobre los caballos de raza Akhal-Teke, originarios de Turkmenistán, que él ha visto en plena estepa, visitando poblaciones nómadas. Son los llamados “caballos de oro”, debido al brillo de sus crines. Una raza fuerte, singular, reconocible también por una característica protuberancia en el lomo. Gracias a Andoni empecé a formar una idea más clara sobre Asia Central y sobre la vida en zonas desérticas y esteparias, lo que me viene muy bien para ponderar la actuación del Partido Comunista Chino en Xinjiang.

Caballo Akhal-Teke. (Foto: Andoni Corrales Betanzos)

Este centro, identitariamente uigur, es una iniciativa privada. Allí se rinde culto al caballo, cada pequeño o gran detalle de la cultura equina uigur se exponen con respeto, se respiran orgullo y amor por esa tradición. En mi opinión, que exista un lugar así de bien cuidado, y que sea tan completo en términos antropológicos y turísticos, no concilia fácilmente con el mensaje, tantas veces escuchado en Occidente, de que el Gobierno chino está en contra de las etnias que no son han. Está claro que las autoridades querían que lo viésemos, pero también está claro que no se trata de un decorado.

Fotografías del “Caballo dragón: el museo temático del caballo en los confines de la Tierra”. (Foto: Aguadero)

Siguiendo con la visita museística, entre salas y más salas dedicadas a homenajear la cultura uigur del caballo, presenciamos una exhibición de monta a cargo de expertos jinetes uigures. De nuevo, me quedé sin palabras. Una cosa es verlos montar en televisión y otra muy distinta es estar allí, con los caballos al galope, sintiendo cómo cortan el viento a solo dos palmos de la cerca de madera que delimita el hipódromo, mientras chocan la mano con los muchos espectadores.

Jinetes uigures. (Foto: Andoni Corrales Betanzos)

Piruetas, ejercicios de doma y, como colofón, tiro con arco a caballo ejecutado por arqueras. Les confieso que Andoni y yo, que teníamos nuestro asiento detrás de una de las dianas -a unos veinte metros-, nos miramos con cierta cara de circunstancias:

-No van a lanzar las flechas justo aquí, ¿verdad?

Pues sí, las lanzaron. Y una falló. Pero son cosas de la vida y, si hay que morir joven, lo mejor es hacerlo con el corazón partido por una belleza a caballo.

Arquera uigur. (Foto: Andoni Corrales Betanzos)

Tras cenar en el hotel, Andoni y yo salimos a hacer unas compras. Por nuestra cuenta, para separarnos del grupo y ver la ciudad con nuestros propios ojos, sin guía. Lo primero: dudamos entre coger un taxi o caminar. Como la tienda a la que queríamos ir estaba a un par de kilómetros, nos decidimos por el taxi. Fue todo un acierto, ya que nos costó poco más de dos euros. Así que, si quieren un consejo de viajero, usen mucho el taxi en sus viajes a China y háganlo mediante aplicación móvil. Muchos conductores, debido a la popularidad de este sistema de contacto con el cliente, no siempre están atentos a si llevan la luz roja o verde, lo que puede generar confusión.

Lo segundo que deseo contarles es que, en nuestra excursión en taxi, la Urumqi que vimos fue exactamente la misma que habíamos visto durante la visita guiada: personas haciendo su vida, infraestructuras de primer orden y coches de gama media y alta. Y, sí, seguían abundando los rascacielos y las zonas verdes, aunque también encontramos una calle que nos recordó a un bazar típico de Asia Central.

En mi opinión, en China no existe la palabra “imposible” cuando se habla de urbanismo e ingeniería. Y, por lo que respecta a la represión en la zona, ese día no vi nada que me pareciese fuera de lugar. En Urumqi hay muchas cámaras de vigilancia, cierto, pero no se tiene la más mínima sensación de presión policial. ¿Acaso las calles europeas no tienen cámaras? Podemos no verlas, pero están. Entonces, ¿por qué nuestras calles están sucias y vandalizadas? Ese es otro tema, que abordaré en próximas crónicas, pues la limpieza que he encontrado en las calles de Xinjiang me causa cierto rubor de ser europeo.

En la siguiente crónica les contaré la visita que hicimos a la ciudad-oasis de Turpan. ¿Me acompañarán?

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