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Crónica de una reportera “empotrada” en la comitiva inaugural de la Línea 9
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Crónica de una reportera “empotrada” en la comitiva inaugural de la Línea 9

L'Hospitaleando

lunes 15 de febrero de 2016, 10:58h

Amanece nublado. Es un día importante, aunque sólo sea por las decenas de Mossos d’Esquadra que rodean la boca de metro Zona Universitària, el lugar desde que el que inauguraremos, autoridades y periodistas, el tramo sur de la línea 9. “Y esto no es nada. Por lo menos he visto diez furgones más subiendo por la calle Torrente Gornal”, me informa un fotoperiodista. “Han elegido un buen día. Es festivo, no hay estudiantes, no hay tráfico: es más fácil controlar la seguridad”, me comenta otro compañero de un diario digital.

Un poco más lejos, veo un puñado de agentes de la Guàrdia Urbana. Un poco más cerca, un grupo de trabajadores de la línea de metro. “Nos hemos acostado a las tres de la mañana. Hemos venido para que nos vean nuestros jefes”. “No es para tanto. Una línea de metro sin conductores no es ninguna novedad”, explican en alusión a otras líneas operativas con ese sistema. “Esperen a que se paren y que la gente no llegue a tiempo de coger el avión”. “Y el precio tampoco es ninguna maravilla”. Cuatro euros y medio para quienes vayan hasta el aeropuerto.

Poco a poco, van llegando las autoridades: el vicepresidente del Govern y exalcalde de Sant Vicenç dels Horts, Oriol Junqueras, el Conseller de Territori i Sostenibilitat, Josep Rull, la acaldesa de L’Hospitalet, Núria Marín… Entonces, unos cuantos trabajadores del metro empiezan a desplegar una pancarta blanca donde se lee claramente: “Conveni o vaga”. Huelga decir nada más, pues de todos es sabido que piensan hacer paros de 24 horas entre los días 22 y 24 de febrero, en pleno Mobile World Congress. “Menos jefes y más obreros”, le espeta un trabajador a Junqueras.

Los periodistas no podemos escuchar más, no vaya a ser que la realidad estropee la inauguración, y las responsables de prensa nos sugieren que esperemos en el vestíbulo, como siempre por nuestro bien, para captar la sonrisa de nuestros representantes al cruzar los tornos de entrada. Entretanto han llegado el presidente y el expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont y Artur Mas, la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el alcalde de El Prat, Lluís Tejedor. Ya estamos todos dentro, que no revueltos, y el metro echa a andar.

Y no para hasta que llegamos a la última parada, Aeroport T1. Ha ido tan rápido y hemos ido tan entretenidos que no hemos podido ver cómo eran las estaciones. Habrá que volver otro día, anoto en mi memoria. Del recorrido sólo recuerdo la cola que hemos tenido que hacer para poder fotografiar a nuestras autoridades –éramos 140 medios acreditados- y las frenadas y arrancadas del convoy a la entrada y salida de cada estación. “Alguien quiere que no toméis fotos”, me dice un señor que no es periodista.

En el aeropuerto, los reporteros hemos de salir primero, para poder grabar imágenes de sus majestades –perdón, las autoridades- subiendo al hall. Allí esperan otras tantas personalidades, entre ellas el secretario de Estado de Infraestructuras, Julio Gómez Pomar. El presidente de la Generalitat, que encabeza la comitiva, se detiene algo más con él. Estamos tan lejos que los redactores ni oímos nada ni los fotógrafos consiguen tomar buenas fotos. Se saludan, con más sonrisas profident, y al final de todo yo sólo me fijo en cómo los brazos de Núria Marín se mueven con vehemencia ante la rigidez de Gómez Pomar, preludio sin duda de lo que vendrá poco después. Los nubarrones persisten en el horizonte.

No podemos ver ni acercarnos más. Los periodistas volvemos a coger nuestros bártulos con celeridad, para regresar a la estación Fira, donde entonces podremos escuchar… lo que nuestros políticos quieran comunicarnos y poco más. Para variar. “Me siento como los periodistas empotrados, esos que van a la guerra acompañados en todo momento por el bando vencedor. No, no, mejor… Esta visita es como un comunicado de prensa, pero in situ”, se me escapa sin mala voluntad. Alguien se ha dejado una mochila. Una duda asoma en el aire. Es de un periodista. Si es que las prisas no son buenas para ná…

Y llegamos a la estación Fira, en cuyo andén espera una fila de fans deseosos de felicitar o ser felicitados por la culminación de una parte de un proyecto de más de 15 años. Subimos al hall de la estación y, ahora sí, escuchamos hablar a todos los citados, menos Artur Mas. Están contentos, están agradecidos, están reivindicativos. Los alcaldes quieren más infraestructuras para sus vecinos, aunque enseguida añaden que también son para todos los catalanes. La alcaldesa de L’Hospitalet, Núria Marín, le echa valor y coherencia y se dirige directamente al secretario de Estado en castellano: “Quiero que traslades a la ministra de Fomento”, que al final no sabemos si la invitaron o no a tiempo, la necesidad de mantener e invertir en infraestructuras. Y ahí que lo deja caer, de nuevo: necesitamos un metro regional y, para la ciudad, soterrar las vías y construir el intercambiador de La Torrassa. Todo con una sonrisa.

El president se pone un poco más serio y pide las competencias al secretario de Estado, también por el bien de los catalanes, faltaría más. El líder del Partido Popular en Catalunya, Xabier Albiol, se levanta con el gesto torcido y deja plantados a todos: políticos, funcionarios, técnicos, representantes de la Fira, el Mobile y vaya usted a saber quién más. Ah, y los periodistas, esos pobres infelices que hacen lo que pueden por grabar la instantánea. “Es la imagen del día. ¡Nos la han pedido los de 8tv!”. Cada uno con su guerra. La sangre no llega al río y todo acaba en vítores y aplausos. “Teníamos miedo de que no saliera bien, pero lo hemos conseguido”, comenta una de prensa a otra. Cada uno con su guerra, ¿ya lo he dicho?

Salgo a la calle, aturdida por el barullo. Ha salido el sol y veo a tres abuelos del barrio de Santa Eulàlia mirar la marquesina de la parada. Están observando las estaciones que pasan por L’Hospitalet. Son cinco. “Yo no me creo que las vayan a abrir todas esta tarde”, me comenta uno. “Pues la alcaldesa ha dicho que sí”, respondo. “Que no, que La Torrassa está toda cubierta de chapas, que lo he visto yo”. Y yo. Salen las de prensa y lo confirmo. “Que sí, que sí, que esta tarde abren todas”. Los abuelos siguen sin creérselo. La voz de la experiencia me enseña a ser más escéptica.

Sigo caminando hacia los ferrocarriles y me topo con algunos coches oficiales y personal de seguridad. Me quedo mirando con cara de incredulidad. Han hablado de servicio público, de ahorrar en contaminación, de sostenibilidad, pero ahora son ellos los que se marchan en vehículo privado mientras los periodistas nos vamos a pie o en transporte público. Qué día tan extraño. Uno no sabe si al final lloverá o se quedará despejado.
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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    657 | Mercè - 15/02/2016 @ 11:57:15 (GMT+1)
    Sembla que et sàpiga greu tot plegat Entenc perfectament la teva queixa per no poder fer bé la teva feina, però a la crònica hi ha un seguit de punts on caldria haber estat més rigurosa. Que suposo que l'has escrita sense que ningú t'aixafi! Una abraçada

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