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Quien no promete un cielo nunca tiene creyentes

Quien no promete un cielo nunca tiene creyentes

jueves 18 de febrero de 2016, 05:04h
Buena parte del sentimiento ciudadano, huérfano de representación durante la crisis, se ha canalizado a través de unos movimientos que han salido a pescar en las urnas. Y han obtenido resultados sorprendentes. Por eso no extraña que Ada Colau, junto a Podemos e ICV y EUiA, además de otras formaciones menores, estén organizando algo así como el PSUC del siglo XXI o el PSC 2.0, que para el caso viene a ser lo mismo: la organización de la izquierda construida sobre un relato social. Ahora falta saber cómo se paga. Y ahí entra en escena la economía.

Las cosas se mueven muy rápidamente. No hace tanto, en Cataluña había una coalición hegemónica que agrupaba la centralidad del país. CiU ahora no existe y no sabemos cómo se llamarán sus herederos, porque el partido aún tiene que refundarse y plantearse si apostará por la comarca del Baix Llobregat y L’Hospitalet o definitivamente da la batalla por perdida en nuestro territorio. El PSC era la oposición hegemónica, pero ahora no pasa por sus mejores momentos, vistos los resultados de las tres elecciones celebradas en 2015, aunque resiste en las grandes ciudades de nuestro territorio. Mucha gente ha podido sentirse políticamente huérfana. De ahí que hayan surgido interesados en apadrinarla.

Existe un clamor que reclama medidas sociales para ayudar a salir de la precariedad. Un grito que supone el caldo de cultivo para que avancen promesas celestiales. La excesiva presencia del debate soberanista dejó en segundo plano los problemas sociales. La crisis que arrancó en 2008 se está solucionando con una importante devaluación interna de márgenes y salarios. Una devaluación centrada en demasía en la clase media. No debemos olvidar que lo que da potencia a un país es la existencia de una clase media que, sabiendo que tiene que trabajar duro y esforzarse, obtenía recompensas.

Pero en el Baix Llobregat y L’Hospitalet tenemos demasiadas familias con algunos o todos sus miembros en paro y muchas otras a las que les cuesta llegar a final de mes. Son familias que se han esforzado por dar estudios a sus hijos y ven que ellos tampoco avanzan. En estos escenarios aparecen quienes prometen un cielo que se antoja utópico para muchos, pero para esas familias que no tienen nada que perder supone una esperanza. Cualquier gobierno, sea en el plano municipal, comarcal, autonómico o estatal, debe hacer suyas las reivindicaciones que surgen del ámbito social. Y estudiar la forma de pagarlas. La frase “es la economía, estúpido”, que ayudó a Bill Clinton a ganar las elecciones de 1992, nunca deben olvidarla los responsables de administrar cualquier dinero público.

Extraña religión
La economía es como la gravedad: ignorarla puede llevarnos a sorpresas desagradables. Por eso es fundamental conocer los secretos de una de las principales fuerzas que mueven el mundo y que es motor de la vida cotidiana de las personas. Para la mayoría, la economía se antoja una ciencia sombría y aburrida. A pesar del notable impacto directo que tiene sobre nuestras vidas, lejos de elevar nuestro interés por ella, solemos darle la espalda. A mí me gusta contemplarla como una extraña religión que debe proveer cada día la prueba de la existencia de su dios: el incentivo, que para unos es el dinero y para el resto la satisfacción de lograr un mayor bienestar, sea material o psicológico.

Porque la palmada en la espalda y el reconocimiento forma parte del salario mental. La prueba de la existencia de ese dios es una exigencia exorbitante de la que a diario y en todo el mundo se hace eco el clero multiforme que la sirve: expertos, políticos, periodistas, académicos, empresarios, hombres y mujeres de negocios, funcionarios... Una comunidad de fieles que se extiende a ambas riberas del Llobregat. A mis alumnos del máster universitario “Periodismo Avanzado. Reporterismo” de la Ramon Llull, les explico la economía sin gráficos, diagramas ni ecuaciones. Suelo saltarme la estructura técnica que compone la columna vertebral de la disciplina, porque no es necesario saber dónde hay que colocar un muro de carga para valorar la genialidad del arquitecto Antoni Gaudí. Con la economía, como en el resto de ciencias sociales, no es posible realizar experimentos de laboratorio, porque las personas no nos comportamos siempre de forma previsible. De ahí la importancia de la economía conductual, de base psicológica.

Cualquier decisión que tomamos implica un cierto grado de descarte. Cuando usted decidió leer este artículo, implícitamente decidió no invertir su tiempo en otra cosa. Actualmente, el tiempo es uno de nuestros recursos más escasos. La vida está llena de compensaciones, igual que la economía. Cada uno de nosotros sopesa implícitamente los costes y los beneficios de cualquier cosa que hace. Y los beneficios pueden ser psicológicos, que es una manera elegante de decir que nos sentimos mejor haciendo lo que hacemos. Así, el coste real de algo es aquello a lo que renunciamos para conseguirlo, que casi siempre es algo más que dinero.

Necesario humanismo
En el mundo de la economía se tiende a ver con cierta desconfianza y displicencia a quienes proceden del campo humanista, porque priman los resultados sin percatarse de que, ahora más que nunca, necesitamos tomar distancia. El humanismo aporta capacidad para desengancharse del binomio causa-efecto y amplía la mirada de la reflexión. Platón decía que el mejor gobernante es el filósofo. Por eso, tanto las empresas como los países, ciudades y pueblos, necesitan a su frente a personas que, además de conocimientos técnicos y económicos, tengan una buena formación humanística.

Cuestiones como los valores, lejos de utilizarse como mera propaganda, deberían constituir los cimientos sobre los que desarrollar nuestras actividades. Una persona formada en humanidades es capaz de aprender constantemente. Y eso es muy importante, porque vivimos en un mundo en el que se sobrevalora la respuesta inmediata y se pierde la capacidad de conectar con el cambio continuo. Ramon Adell, catedrático de Economía de la Empresa (UB), defiende que para encontrar respuestas a los comportamientos sociales se tiene que enseñar menos matemáticas en las facultades de Economía y más historia, psicología y sociología.

¿Por qué Marx sigue siendo monumental, pese al fracaso del comunismo? se pregunta Alain Minc, autor de “Los profetas de la felicidad. Una historia personal del pensamiento económico” (Paidós). Porque Marx es el único que quiso captar los movimientos indisolubles de la sociedad y de la economía y porque no ponía ningún límite a priori a su ejercicio de elucidación de la realidad. Pero Marx es una excepción más que una anticipación. Su lección a todo responsable de cualquier ámbito es mantener una visión polimorfa para abordar la realidad en su complejidad. Siempre desde el humanismo. Porque tras la crisis, lo primero a recuperar es la esperanza. III

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