Pues si reflexionásemos un minuto, probablemente concluiríamos que lo normal sería que nada existiera. No teman, no voy a “castigarles” con una lección de metafísica, pero es que la reflexión heideggeriana viene muy a propósito de la convulsa situación política que vive el país en general y nuestro Baix Llobregat en particular. De esta forma, si echamos un vistazo a la delirante aritmética de los resultados electorales en el Baix Llobregat en el pasado 2015 cualquiera podría pensar que los ciudadanos de esta comarca hemos enloquecido. Así, en las municipales el PSC se alzó con la victoria, Junts pel Sí se impuso en las posteriores autonómicas y, finalmente, En Comú Podem ganó las pasadas generales del 20 de diciembre. No está mal en un año, ¿eh?
Frente a esta situación, probablemente única desde el retorno de la democracia, la palabra de moda es cambio. Así, la idea de que el errático comportamiento del electorado del Baix en los últimos tiempos es una muestra y síntoma de su voluntad de cambio fue la tesis que consiguió un mayor consenso entre los participantes en el interesante debate político que hace unas semanas organizó BCN Content Factory en Gavà. Parecería que sobre esta cuestión no hay mucho que objetar, pero queridos lectores, el principal deber de un filósofo es no dar nada por evidente sin reflexionar sobre ello y ejercer eternamente de molesto Pepito Grillo, así que no me resisto a objetar. Creo que al respecto de esta cuestión deberíamos hacer caso al filósofo alemán y preocuparnos menos del cómo, de lo superficial, no simplificar la cuestión en un problema de mero cambio de fichas, y dedicar más tiempo al problema del qué, esto es, de nuestra democracia, altamente imperfecta y que necesita ser repensada continuamente, aunque decir esto suene políticamente muy incorrecto.
Pero es que la experiencia muestra cómo en todo occidente, en los últimos 30 o 40 años, la democracia tiende a retroceder en favor de esa palabra tan manida y traicionada que es libertad: libertad para que los ricos sean más ricos y los pobres mucho, muchísimo más pobres; libertad para que la macroeconomía lo gobierne todo; libertad para que nuestros empleos no valgan nada; libertad para que Europa se muestre ausente e insolidaria con el sufrimiento del resto del planeta; libertad fundamentalmente para convertirnos en homo-consumidores; libertad para abandonar toda espiritualidad.
Por eso quiero pensar que lo que con su voto demandan los ciudadanos del Baix Llobregat no es un simple cambio, sino algo más profundo, un volver la cara a lo fundamental, a la democracia social y garantista, para evitar que acaben siendo ciertas las palabras del viejo maestro Luciano Canfora, quien augura que, lamentablemente, en nuestros días la democracia ha quedado aplazada hasta un nuevo mañana en que quizá será objeto de una nueva reflexión por parte de otros hombres distintos a nosotros.
No lo permitamos. III