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Rajoy comparece tras el Consejo de Ministros que acordó la aplicación del artículo 155
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Rajoy comparece tras el Consejo de Ministros que acordó la aplicación del artículo 155 (Foto: Juan Carlos Hidalgo / Moncloa)

Temblad, temblad, malditos

22 de octubre

Con Ciudadanos, los socialistas y Europa detrás, el gobierno español se ha decidido a una operación quirúrgica tan agresiva como delicada para terminar con la inestabilidad con más inestabilidad, al menos de momento. Inestabilidad que se está produciendo simultáneamente en el ámbito independentista, en el equidistante y en el constitucional, a distintos niveles y con distintos ritmos.

Vayamos con el bloque independentista. Si el 155 se llega a aplicar, cosa que es previsible que ocurra a partir del 30 de octubre, la presidencia de la Generalitat y el Consell Executiu en bloque quedarán destituidos, el Parlament acotado en sus decisiones y todas las funciones dimanantes de dos de los tres poderes, el ejecutivo y el legislativo, secuestradas legalmente por el ejecutivo central.

Muchas de las funciones se mantendrán prácticamente igual porque no afectan en principio al desarrollo de los acontecimientos pero la Hacienda, el orden público y el control de los medios de comunicación serán claramente intervenidos. Mayor inestabilidad que ésta es inimaginable, sobre todo porque esta intervención va a ser contestada desde la calle y se van a producir resistencias que tendrán que responderse con efectividad, de manera que el conflicto, que es la consecuencia inmediata de la inestabilidad está garantizado.

Además, como que este no es un bloque homogéneo, sino que tiene tres patas cuanto menos, que suelen reaccionar por separado, habrá que ver su recorrido. La desgracia que se les avecina los compacta de manera instantánea, pero veremos qué ocurre después del pleno del Parlament que el president convocará a partir del lunes. Y ni me imagino qué podría suceder si, al fin, se decidiera a convocar elecciones constituyentes para evitar el 155 en última instancia.

Es posible que el análisis de la decisión de intervenir la Generalitat que será el meollo de la convocatoria parlamentaria, culmine en la solemne proclamación de la república catalana, pero ayer el president evitó citarlo expresamente, seguramente porque alguien le indicó que siga siendo cauto, una consigna bastante alejada de los mensajes de contundencia que van lanzando donde quieren oírlos los dirigentes de ERC y de la CUP.

Muy pronto se va a ver que la calle ha sido muy importante para llegar hasta aquí, pero que la calle sin instituciones de poder —una asamblea de electos o un ejecutivo en paralelo sin el instrumental mediático y decisorio, apenas es más que un comité de notables— actúa desnortada y pierde efectividad si no hay avances y solo mastica, convocatoria a convocatoria, la frustración de su inutilidad.

Todos en la cuerda floja

En el bloque equidistante, la inestabilidad no tardará en salir a flote. En cuanto las primeras encuestas —y el barómetro del CIS está a punto de salir— pongan de manifiesto que la ambigüedad no es electoralmente rentable y empiecen los nervios. Ayer Doménech lloró en plena manifestación porque el sentimiento empieza a invadirlo todo, pero con los ojos llenos de lágrimas cuesta mucho ver el horizonte. Ada Colau, asustada ante el atrevimiento de Rajoy y el seguidismo del PSOE, está a punto de cometer el error mayúsculo de poner en almoneda su precaria mayoría para… no conseguir nada de nada.

El principal problema de los comunes en este punto es que tienen en su interior demasiada gente con voz, voto y poder, que ya ha dimitido de la esperanza de reformar la Constitución, que es, se quiera o no, la única esperanza posible. La eterna cantinela de la responsabilidad de Rajoy, tan obvia, y el combate por un referéndum pactado, tan superado, o la solicitud de diálogo y mediación, tan obsoletos porque dos líneas paralelas jamás tienen posibilidad de encontrarse, tendría que dar lugar a un nuevo análisis, más realista y sobre todo más fructífero. Mientras eso no ocurra, más inestabilidad y más titubeos…

En el bloque constitucionalista la inestabilidad va por partes. En el partido del gobierno, empiezan a respirar porque al fin se toma alguna iniciativa. Solo que esta iniciativa feroz puede convertirse en el entierro del gobierno y ya veremos si del Estado tal como hoy lo conocemos, si el camino emprendido se deja a medias por pura incapacidad de aplicar lo que se anuncia.

Ya veremos si Rajoy demuestra capacidad para imponer todo lo que se propone, que es mucho, y mantenerlo en el tiempo de excepcionalidad que ahora se abre hasta el resultado de las elecciones prometidas. Se va a encontrar con mucha resistencia en lugares donde ni se imagina —los trabajadores de Catalunya Ràdio ya han hecho saber que no reconocerán ninguna dirección impuesta— y quizás con medios muy precarios para hacerse respetar. Ya veremos quien impide a Puigdemont ocupar su despacho, quien echa a Trapero del suyo y quien controla a la Junta de portavoces del Parlament para que se ciñan a lo que de ellos se espera. Y quien pone la calle en cuarentena si se suceden las concentraciones pacíficas y estas se encadenan con huelgas y los ánimos se alteran y…

En Ciudadanos las cosas parecen más ligeras porque las encuestas los salvan y porque dan la impresión de no tener fisuras. Pero no cuentan con algo obvio y es que, en caso de elecciones, ellos van a ser los representantes del nacionalismo español en Catalunya, algo que se debe superar si se quiere a medio plazo pacificar el país y la convivencia. El PP es residual, forma parte del bipartidismo tradicional y está desprestigiado, pero Ciudadanos corre el peligro de eliminar las diferencias y ser el nuevo PPC, es decir que agote su mensaje de renovación para convertirse en el genuino representante de las posiciones más reaccionarias del españolismo mesetario. Y esto también le traería unas notables dosis de inestabilidad porque no había nacido para ello.

Funambulismo socialista

Y por fin el PSOE. Recién salido de una crisis, en la que Catalunya estaba presente, se acaba de meter en otra, probablemente más importante, con Catalunya en su eje. Iceta es probablemente el tipo más listo de este escenario y es de los que sabe nadar y guardar la ropa, a parte de que siempre ha tenido un sexto sentido para ponerse del lado del ganador, pero le va a resultar inevitable tener que bregar con su parte más excitada, la del sector municipalista, donde puso muchas confianzas cuando le convenía, pero donde va a tener que imponer su control para no desangrarse.

Ahora se ha ido Parlón, cabreada por otras circunstancias más espurias, pero le sobran amenazas y complicaciones para soldar mayorías municipales en peligro a causa de la comprensión socialista del 155.

¿Ha hecho Sánchez lo que tenía que hacer? Juzgo, en mi opinión, que le quedaban pocas salidas distintas. Se mostró muy contrario al 155 y lo puso en barbecho para dar tiempo al independentismo a recapacitar, pero el independentismo se creció, equivocadamente ensoberbecido por el desastre gubernamental del 1-O, e hizo todo lo contrario de lo que hubiera sido prudente. En lugar de aceptar que esa estrategia terminaba en un muro, quiso darse de cabezazos para ver si resistía pensando que el muro solo lo sostenía Rajoy. Cuando descubrió que el muro lo sostiene también Europa, las empresas y naturalmente el constitucionalismo político español, Pedro Sánchez inexcusablemente, ya era demasiado tarde.

Temblad, temblad, malditos, se ha imaginado Rajoy, emulando la película de Pollack con otras palabras. Lo cierto es que el drama del independentismo, el principal drama en mi opinión, es que solo es posible conseguir la independencia acordando la secesión con el Estado, cuando todos saben y han sabido, que la secesión es inacordable. Ahí radica la interna imposibilidad del diálogo. Y el punto en el que nos encontramos hoy, con un Rajoy rodando un film de suspense.

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