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Miles de independentistas llenaron la plaza Sant Jaume y sus alrededores tras la proclamación en el Parlament de la república catalana en un acto organizado por Òmnium y ANC
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Miles de independentistas llenaron la plaza Sant Jaume y sus alrededores tras la proclamación en el Parlament de la república catalana en un acto organizado por Òmnium y ANC (Foto: Òmnium Cultural)

La satisfacción de la calle, por fin

28 de octubre

sábado 28 de octubre de 2017, 11:41h

Bueno, ayer ocurrieron tantas cosas que enumerarlas todas llenarían un libro, así que una reflexión como esta se va a dejar muchos elementos en el espacio sideral. Pero las más importantes fueron tres, que ocurrieron en apenas 4 horas, de las que se van a desprender las acciones, actividades y sorpresas de los próximos días: la proclamación de la República, la aplicación del artículo 155 de la Constitución y la convocatoria de elecciones autonómicas para el jueves 21 de diciembre.

En un escenario lamentable y con una votación secreta para impedir que el Estado que se abandonaba tomara represalias, se proclamó mediante una resolución votada, la república catalana, soberana e independiente. Casi tres cuartos de hora después, el pleno del Senado daba vía libre al 155, se convocaba acto seguido un Consejo de Ministros extraordinario a las 18 h. y Rajoy daba cuenta de las primeras destituciones del president, consellers y altos cargos, y de la convocatoria de elecciones autonómicas para el 21 de diciembre a las ocho y cuarto.

Para entonces ya estaban celebrando la nueva república todos los independentistas reunidos en el Parlament, 200 alcaldes incluidos y también la calle, mientras media Catalunya y el resto del Estado se preguntaban dos cosas: si la república recibiría el reconocimiento imprescindible y se pondría a andar o si el Estado conseguiría aplicar sus medidas y la república quedaría en un episodio otra vez lamentable para los libros de historia.

Los indicios

Estos dos interrogantes no se contestan en horas o en días. Probablemente harán falta semanas pero los indicios pueden resultar elocuentes en el corto plazo. Hubo discursos en el Parlament y gritos de libertad, porque para quienes lo celebraban ya no era necesario gritar independencia, pero faltó la épica de otras veces justo en el espacio donde el catalanismo histórico la ha condensado siempre: en la plaça de Sant Jaume. No salió al balcón Puigdemont, a aquellas horas ya destituido por el gobierno central —el mismo balcón de Macià, de Companys y de Tarradellas— y no se arrió la bandera española del Palau.

Dos signos evidentes y tremendos de la precariedad en la que todo se desarrollaba. Hubo la fiesta que la calle se merecía pero los políticos se fueron disolviendo a medida que se sucedían las noticias: todas negativas para la nueva república. Ningún reconocimiento, medidas coactivas, destituciones…

La auténtica sorpresa de la jornada, la convocatoria de elecciones, ponía en tela de juicio el argumento más implacable que el independentismo en general y otros despistados aplicaron contra el supuesto golpe de Estado del ejecutivo central. La supuesta intervención de la autonomía con objetivos de recentralización general. Lo que debió hacer Puigdemont el día anterior y no le dejaron, lo hizo unas pocas horas más tarde Rajoy con un desarrollo muchísimo peor y con peores consecuencias.

Para volver a un cierto nivel de normalidad o todo lo contrario, habrá que esperar al 21 de diciembre, sin duda, pero antes la realidad tendrá que ir contestando las preguntas del principio. ¿Prosperará la república o el gobierno podrá aplicar las medidas coactivas para pararla?

Como que partimos de la inmensa incompetencia del 1 de octubre, nadie puede asegurar que el Estado vaya a ser más resolutivo ahora. Sobre todo porque, pese a que el mundo internacional aun poniendo mala cara seguro que lo entendería, ahora tendrá que ser más pulcro que entonces y poner más acento “en la fuerza de los argumentos que en los argumentos de la fuerza”, como dijo Tusk.

Pero manteniendo esas dudas, tampoco parece que la naciente república pueda desarrollarse con un mínimo de normalidad. Es más, yo tengo para mi que el hartazgo al que hemos llegado, el desgaste producido y el contexto tan asfixiante, no podrán alentar un proceso capaz de producir las estructuras de Estado substitutorias.

Las preguntas se responderán solas pero tendrá que correr el tiempo. Sin embargo, ayer mismo se produjo ya un indicio de gran importancia. No había terminado el día cuando uno de los altos cargos destituidos acató la orden del gobierno del Estado. Y no era un alto cargo cualquiera: Pere Soler, director general del cuerpo de Mossos d’Esquadra puesto por Puigdemont para asegurarse la fidelidad, demostrada con los hechos, del cuerpo de policía catalán. Pere Soler es un hombre del PDeCAT, dato absolutamente relevante, y que reaccionara con el acatamiento a las pocas horas, fuera de todo horario normal, pone de manifiesto, si no la consigna, sí al menos la carta blanca que una parte del independentismo, el PDeCAT, ha repartido entre los suyos.

Desde luego, darle contenido a la república va a ser muy difícil, pero sin esa parte de Junts pel Sí que tanto condicionó el procés, va a ser imposible. La sensación amarga del punto en el que estamos es que Puigdemont, desde el jueves por la mañana es un hombre arrasado por la circunstancia, que se ha comprometido con la historia a ejercer su papel: un papel que acababa ayer no con su substitución, sino con la proclamación de la república y su mensaje de que ahora le toca a todo el mundo su parte de responsabilidad: él ya hizo la suya.

Se irá, probablemente agotado, con la sensación de que la fuerza de la calle les superó y que ese caudal que pensaban que podían abrir y cerrar cuando conviniera, no iba a resultar tan dúctil. Se irá con el convencimiento de que le forzaron —una parte de los suyos, todos los de ERC, la CUP y las entidades que se han arrogado una potencia representativa y organizativa incontrolable por quienes la impulsaron— a proclamar una república que la calle se había ganado a pulso, pero que sabía que si la proclamaban estaba muerta.

Las emociones y la razón

Ya se sabe que la calle se mueve exclusivamente por emociones. Emociones y sentimientos que son muy difíciles de gestionar porque, por definición, no atienden a razones. En cambio la política es la aplicación de la razón a la gestión de los asuntos públicos. O debiera serlo. Para insuflar eficacia política al independentismo había que ponerle sentimiento a raudales, pero quizás el gran error de los estrategas de este movimiento fue darle al sentimiento todo el poder de decisión. Qua la CUP sea sentimental casi está en su ADN, porque sigue hablando dels Països Catalans como de algo políticamente tangible, pero que en ERC hayan puesto como dirigentes a personajes que manejan el sentimentalismo como si se tratara de una categoría política, resulta dramático. Yo nunca he sabido si Junqueras hace teatro o llora de veras. En cualquier caso, que haga teatro o que llore de veras no es lo peor. Lo peor es que alguien que hace teatro o que llora de veras haya llevado el país hasta esta dimensión, con todos nosotros dentro.

Desde luego, Catalunya no se merecía llegar hasta aquí con estos mimbres, pero no nos olvidemos que Catalunya somos todos y que todos somos en nuestra alícuota parte de ciudadanía, responsables de esta previsible nueva derrota histórica. Que nos sirva para no volver a poner donde no corresponde a gente que llora en los escenarios. No suelo coincidir con nada que hace o dice el PP, pero tengo que reconocer que ayer el diputado Fernández del PPC estuvo sembrado cuando le dijo a Junqueras que se viene llorado de casa.

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