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Jordi Turull, durante la sesión de investidura fallida en el Parlament de Catalunya
Jordi Turull, durante la sesión de investidura fallida en el Parlament de Catalunya (Foto: Parlament de Catalunya / Job Vermeulen)

Apenas un castillo de naipes

23 de marzo

viernes 23 de marzo de 2018, 19:13h

Hoy es un día aciago. Y lo ocurrido ayer resultó patético. La derrota está siendo total y yo, desde mis posiciones federales, lo lamento profundamente, pero se veía venir. Entre los profundos e imperdonables errores de la deriva que nos está llevando al abismo, haber perdido de vista al enemigo principal, resulta a estas alturas lacerante. Hace muchos meses que comenzó la diáspora pero lo que se está viendo estos días es una desbandada en toda regla. Nadie se merecía esto. Pero quienes menos se lo merecían fueron quienes más se creyeron que la independencia era posible.

Apenas un castillo de naipes
(Foto: Parlament de Catalunya / Job Vermeulen)

No escribía en el dietario desde hace un mes cuando todavía se discutía sobre la eventualidad de que Puigdemont fuera un presidente desde Bruselas, antes incluso de que alquilara un palacete para darse autoridad y engañar a quienes no se dejan engañar pese a las apariencias. Para Europa, Puigdemont no es nadie. Si acaso un presidente de opereta que se ha equivocado de escenario. Consiguió paralizar la escena parlamentaria hasta que se hizo imposible seguir hablando de una entelequia y entonces sacó a la palestra a un tapado más imposible que él mismo: el ínclito Jordi Sánchez, que no tenía edad, ni talla ni discurso para considerarse a sí mismo un Cohn-Bendit cualquiera, lanzando consignas iridiscentes en el quartier latin del Paseo de Gracia, en plena noche septembrina cuando todo era posible como en el mayo francés. Ya se vio que bajo los adoquines de Saint Michel no había playas y que sobre los coches de la Guardia Civil no estaba la república, sino la principal excusa del Estado para el futuro, clamoroso silencio.

De aquel improvisado púlpito rodeado de fieles, a la soledad infame de Soto del Real, hay la misma distancia que de la borrachera de estadista de Artur Mas al silencio de los corderos de los declarantes ante el Supremo. El drama se acentúa con la sombra abrumadora de las togas y lo que alguien imaginó como historia se ha convertido en histeria y crujir de dientes.

Así que pasó el fenómeno Puigdemont gobernando desde Waterloo y pasó el fenómeno Sánchez como un muñeco roto en manos de Llarena y había que buscar alternativas posibles. Pero para que pasaran esas alternativas se consumió la espuma de los días parlamentarios entre reuniones y desacuerdos, cada vez más desconcertantes, cada vez cargadas de mayor confusión en el preámbulo del hastío.

No valía la pena explicar nada porque nada estaba pasando. Porque seguía la imposible estrategia de Puigdemont predicando a los cuatro vientos que el Estado español es un desastre total, como si a esta Europa del desastre total le importara algo que uno de los suyos se le parezca tanto. Catalunya es una pena porque España es una pena porque Europa es un pena y porque el mundo es una desgracia. Así que ya puede desgañitarse Puigdemont, que las verdades son tan genéricas que no hay oídos para tanta fanfarria.

Y llegó el momento Turull que era un momento factible sino fuera porque Puigdemont tiene que representar la autoridad exiliada y Comín tiene que comer, por lo menos de momento. Y los números no salieron porque la CUP se puso deliciosa y dijo que Turull es el ojito tuerto de su padre Mas y porque ya nadie, excepto ellos, se creen la milonga republicana.

Y ese momento Turull, a expensas de lo que ocurra mañana en el Parlament o lo que ocurra cuando esto se escribe, en el Supremo, ha provocado el instante más triste desde que alguien se imaginó que la independencia era posible. Prisas para convocar un pleno en el que la única opción posible de llevar a un president de la Generalitat al umbral de la cárcel era que la CUP se pusiera una venda en los ojos y van los anticapitalistas y se ponen estupendos, demostrando que siempre se ponen estupendos cuando más falta hace que se muestren despistados. Y al revés, se muestran despistados cuando deberían mostrarse más estupendos. Por ejemplo, cuando aceptaron una votación secreta para que los más tímidos se ahorraran las represalias del Estado. Total… para qué.

Lo de Turull el jueves fue la fotografía infame de la derrota total, del instante antes de la desbandada, de las lágrimas terribles en la frontera del 39 con las tropas fascistas humillando y venciendo. Hay que marcar distancias porque aquello era un ejército y esto es un Estado. Pero sus maquinarias son implacables. Y para acabar con un ejército o para acabar con un Estado hacen falta armas —reales o figuradas, depende del momento histórico— pero sobre todo hace falta gente, y muchísima, dispuesta al sacrificio total.

Decía al principio, que haber perdido de vista al enemigo principal resulta explosivo porque el enemigo principal que era el gobierno Rajoy, ya ni siquiera es el enemigo secundario. Incluso el Estado, que es el intangible del poder formado por todos los poderes efectivos juntos, considera amortizado un Ejecutivo que da pena, porque en lugar de hacer política hace discursos. Y encima pésimos. Una parte de ese Estado lleva ya unos meses considerando que la dejación del gobierno legitima su combate por la unidad de lo que muchos llaman patria, a través de la maquinaria legal que puede llegar a mostrarse inflexible en su fase de instrucción, a la espera de que los juicios orales, cuando lleguen, más bien tarde, pongan razón donde ahora solo cuenta la eficacia y la fuerza. Para entonces, las fragilísimas cúpulas del independentismo estarán tan domadas, tan diezmadas y tan suaves, que lo que ahora es rebelión se pueda quedar en simples multas y en un larguísimo proceso de mano dura para suplicantes.

Los magistrados se han puesto en pie con su inquebrantable capacidad de meter en la cárcel a los que consideran sujetos del delito. Ellos no hacen las leyes. Las aplican inflexiblemente. Sin clemencias, si corresponde. Tan solo tienen que argumentar para que otros pierdan la libertad. Los que pierden la libertad pueden recurrir porque los jueces no son infalibles. Y quizás algún día les den la razón. De momento, la cárcel mete miedo a los que de la política solo han visto siempre las prebendas y las mieles, que son la mayoría de quienes discursean sobre los sueños fáciles. La mayoría de nuestra clase política.

Ya va siendo hora de que aprendan que la política debe ser, sobre todo, pasión. Y que la pasión está, a menudo, reñida con la comodidad y con los triunfos. Si hay que sacrificar la libertad por las ideas políticas, por la pasión de creer fervientemente en algo y por defenderlo con argumentos y razón, no hay alternativas.

Pero ellos han vivido en otro mundo. El de las gracias del poder, el de la patrimonialización de lo que es de todos, el de la gloria y los honores. El de los sueños que no cuestan nada. El de los privilegios. Y cuando todo eso se tuerce, se van, lloran, se arrugan y se arrepienten.

Esos no pueden construir un país. Apenas un castillo de naipes.

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