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La carbonera

8 de mayo

martes 08 de mayo de 2018, 18:24h
Si nos lo hubieran dicho el 21 de diciembre del 2017 no nos creeríamos que a 8 de mayo del 2018 la posibilidad de gobierno en Catalunya continúe en el aire, sobre todo después de comprobar que el independentismo tenía fuerza suficiente para nombrar un president de la Generalitat y un ejecutivo en condiciones, en el mismo tiempo record en que lo nombraba en su día Pujol, con sus abrumadoras mayorías absolutas.

En la época de Pujol, repetir de president era la norma y nombrar un ejecutivo funcional también. Pero después del procés no hay norma, sino más bien excepción y por eso más de 20 semanas después del segundo triunfo independentista en las urnas ni tenemos president de la Generalitat, ni gobierno. Habría que hacérnoslo mirar porque sin president y sin gobierno, con una autonomía secuestrada por ley, con funcionarios de Madrid que se dedican a firmar papeles y a desentenderse de los posibles roces y conflictos consecuencia del 155, la vida sigue, la Administración se mantiene y la economía crece. Por encima de la española en el primer trimestre. Si eso sigue así, vamos a tener que reivindicar una legalidad sin presidencia ni ejecutivo, porque por lo menos nadie crea problemas donde no los hay —cosa que saben hacer a la perfección los gobiernos de cualquier signo— y no vivimos en la estridencia.

Bien, no vivimos en la estridencia pero tengo la impresión de que el deterioro de la normalidad, acrecentado desde todos los vértices —desde el gobierno Rajoy, sin duda, y desde el independentismo militante, como es obvio— empieza a rechinar, que es el paso previo a la rotura por fricción. Hay solo unos pocos datos, pero empiezan a ser preocupantes porque se están produciendo simultáneamente en muy pocos días. Son enfrentamientos esporádicos pero ya son enfrentamientos, no escaramuzas. Golpes en la Autónoma contra estudiantes de Sociedad Civil Catalana; empujones a una acompañante de Girauta; enfrentamientos en Francesc Macià entre los que ponen lazos amarillos y los que los quitan… Todo eso, lo que va saliendo en la prensa, que hay que acompañar con la creciente crispación social entre quienes atormentan por sistema con las comparaciones odiosas entre la mejor nación del mundo y los peores españoles de la historia, las interpretaciones particulares sobre el exilio y los presos políticos, las aventuras europeas de un diputado que ya está pasando a la historia como el capitán Araña y tantas ocurrencias variables que nos tienen en una vía muerta insospechada para los unos y para los otros, hace solo cuatro días.

Leyes odiosas

Además está la tozudería de Llarena que amenaza con convertir su instrucción en una lección de jurisprudencia contra el criterio de la mayoría. Yo no entiendo de leyes, pero tampoco entienden muchos diputados y las votan para que las cumplamos, así que no entender de leyes no impide aborrecerlas cuando parecen injustas, cuando se oponen al sentido común y cuando las imponen contra razón. El descrédito de la política pasa porque los diputados votan leyes que no valoran, el ejecutivo las hace cumplir aunque no se entiendan y la judicatura las aplica aunque sean injustas. Cuando además hay un criterio errático entre quienes las hacen, quienes las ejecutan y quienes las aplican, es que las costuras del Estado están en muy mal estado, valga la redundancia.

Que Llarena va de sobrado no parece una exageración. Pero a juzgar por el último episodio de esta misma mañana en el Supremo, que me ha impulsado a retomar mi dietario de crisis nacional, es un insolente con unas trazas de autoritarismo bastante deleznables. La diletante Mireia Boya ha ido de sobrada en su declaración ante el juez y le ha dicho abiertamente que la sentencia ya está dictada y que el juicio real se verá en instancias internacionales. Olé por su valor. No arrugarse delante de Llarena ya es un mérito que le reconozco y que me lleva a admirarla. Le ha dicho también, en sus narices, que no le parece justo que por pedir un debate en el Parlament se la procese por desobediencia, mientras que a Carme Forcadell, por permitirlo, se la procese por rebelión. Llarena, con ese estilo jactancioso que imprime la autoridad indiscutida, se ha atrevido a decirle: “Si quiere, la proceso por rebelión”. Y ahí ha acabado todo.

La soberbia del juez

Bien, todo no. A mi no me gustaba Llarena por sus interpretaciones. Ahora no me gusta por su soberbia. Un juez procesa porque existen causas, no porque le viene en gana procesar, aunque las apariencias a veces engañen. Cuando le dice a una imputada que si quiere la procesa por un delito que no ha cometido —porque si lo hubiera cometido ya estaría imputada— está dando una visión de la justicia más bien arbitraria. Con esa actitud le ha dado unas extraordinarias armas ideológicas a quienes le critican por venganza contra el independentismo.

Yo también creo que el independentismo eligió la vía de la ruptura con el Estado en pleno delirio y que en ese delirio seguro que cometió excesos legales. Pero la actitud de Llarena, en ese ínfimo descuido dialéctico con Mireia Boya, añade mucha carga a la sensación de la vendetta, que tantos le adjudican. Esas actitudes, lejos de ayudar, echan gasolina al fuego. Un fuego que, como en las carboneras, arde por dentro y no echa llama, pero que consume todo lo que toca.

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