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La pandemia que viene

Por Gonçal Évole

lunes 14 de septiembre de 2020, 19:42h
El bar Granada –bocadillos fríos, bocadillos calientes, tapas variadas- y en su extremo derecho, una reproducción del Patio de los Leones de la Alhambra para que no haya dudas de su procedencia. Está situado en la calle “Flor de Nit” del barrio de Sant Ildefons, una calle anodina, sin historia, cuyo único mérito es el de ser un atajo que empalma la avenida Salvador Allende con la más concurrida Plaza Virgen del Pilar.

Sería a mediados de mayo de este año para olvidar, que en unos de mis paseos matutinos de jubilado, observé que el citado bar lo estaban desmantelando y cargaban su mostrador, sillas, estanterías y demás cachivaches en una camioneta. Toda la operación realizada en un silencio espeso y con caras de circunstancias poco risueñas. Sus dueños no han querido ni esperar a la anunciada “desescalada”, han presagiado la que se les venía encima y han decidido arrojar la toalla. Ya no subirán más la persiana ni servirán sus bocadillos y tapas variadas.

Sandalio tiene una pequeña empresa de seis autocares que subsistían medianamente bien con sus servicios a colegios y excursiones todos los fines de semana y viajes organizados. Mantenemos una buena amistad lo que nos permite charlar un rato en su pequeño despacho desahogándose, no sin cierta emoción que esta crisis inesperada y terrible está afectando de una manera inclemente a su pequeño negocio. Contra su voluntad, ha tenido que tramitar un ERTE para sus ocho empleados que más que asalariados son ya compañeros pues él, cuando es necesario, también conduce uno de los autocares. Sin otra solución a mano, ha recurrido a un crédito del ICO, exponiendo su difícil situación, sin saber si podrá reintegrarlo. Si la pandemia llega a una solución a él, como empresario, le queda una más que difícil papeleta: Los autocares modernos llevan un sofisticado sistema electrónico que los hace más seguros y, cuando vuelvan a ponerse en marcha, si aún le quedan arrestos para continuar, este entramado eléctrico deberá revisarse hasta el último detalle, lo que le supondrá un desembolso que en estos días de desasosiego e incertidumbre, no sabe como lo afrontará.

En la finca donde vivo, residen un par de pisos más abajo, un matrimonio de taxistas que, con el mismo vehículo, se turnan, él por la mañana y ella por la tarde, para que les salgan los números ya que han de mantener a tres hijas en plena adolescencia. Su situación se les ha hecho insostenible. Ella, con su inconfundible acento “lleidatà” me explica con voz apagada, que prácticamente no vale la pena poner en marcha el taxi: “A l’aeroport no hi pots anar perquè suposa una espera de sis i set hores i, amb una mica de sort, fas una carrera. Aquesta tarda només he donat voltes i tombs pel carrer Aragó, Valéncia, Mallorca, Passeig de Gràcia, sense que ningú aixequés la mà demanant el servei. Quan ja em disposava a plegar m’ha sortit una carrera que m’ha deixat deu eurets. Aquesta ha estat la recaudació de tot el día. Ens estem “menjant” els pocs “ahorrets”que tenim. T’ho dic de veritat, no val la pena posar-se al volant. Y de sus ojos pugna por deslizarse una furtiva lágrima.

De la calle “Flor de Nit”, sigo con mi paseo hasta alcanzar la avenida de Sant Ildefons y en sus calles adyacentes, abundan los letreros de “se vende”, “se traspasa”, “se alquila”. Encamino mis pasos hacia el barrio de La Gavarra y tropiezo con idéntico panorama de locales con la persiana bajada. Algunas calles ya ofrecen un panorama fantasmagórico. Estos establecimientos albergaban pequeños negocios: mercerías, tiendas de tejidos, fruterías, y sobre todo pequeños colmados regentados por matrimonios que los habían montado con toda la ilusión del mundo con la esperanza de independizarse. Todo se ha ido al traste representando que cada uno de estos negocios, ponen en la calle como mínimo a dos personas que incrementan ese paro silencioso que no cuenta en las estadísticas. No todo son gigantes como NISSAN y la cantidad de talleres y pequeñas fábricas que de ella dependen. En esto que ha llegado agosto con su singular idiosincrasia de festejos y holganza y parece que entremos en un lapsus. No es cuestión de abrir y la gente se ha largado pensando en que Dios reparta suerte. Este año no se han proyectado viajes exóticos al extranjero, bien sea por miedo o porque la economía no alcanza y se ha recuperado el concepto “pueblo” para volver a sus orígenes o desplazamientos de poco recorrido. Septiembre espera a la vuelta de la esquina y será cuando se enfrenten a la cruda realidad. Persianas que ya no se subirán , negocios abandonados, trámites engorrosos para cobrar el paro, subvenciones de ERTES que no llegan nunca, aumentarán las colas en la Botiga Solidaria donde me aseguran que día tras día se ven caras nuevas, algunas de ellas que jamás hubieran creído que tendrían que acudir en busca de sustento porque de los 140.000 millones de euros concedidos por la Comunidad Europea, pocos llegarán a los que realmente lo necesitan. Nos espera una recta final de año que ni la imaginamos, porque la pandemia económica que se nos echa encima va a dejar en mantillas a las que tantas vidas se ha llevado por delante.

El lector avisado habrá comprobado una “alteración” en el “tempus” del escrito. No se trata de un error. Empecé a pergeñar estas líneas la última semana de julio y ahí lo dejé a medio escribir, porque la “pandemia que viene,” no es que “venga”. Ya la tenemos aquí.

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