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La vida, un don... Y nada más
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La vida, un don... Y nada más

Por Mossèn Pere Rovira
domingo 03 de marzo de 2024, 10:58h
Hace pocos días saltó la noticia de que para un tribunal norteamericano (estado de Alabama) los embriones congelados deben considerarse como personas extrauterinas (niños).
En diferentes ámbitos ha comenzado el debate (ciencia-ética-política). Para algunos esta resolución marca un nuevo camino en la visión antropológica de lo que es un ser humano; para otros es una visión excesivamente religiosa; para otros es una visión anclada en el pasado y antievolutiva; para otros estos dictámenes judiciales se interponen en el campo científico… Lo que es bien seguro es que las clínicas de fecundación son las voces más críticas, tanto que se puede resentir su negocio lucrativo.
Lo que es evidente es que señala que la realidad de estos embriones congelados sobrepasa el límite de las leyes y de la concepción reduccionista de la vida. El ser humano no puede convertirse en una definición según los “lobbies” de influencia, no debería concebirse la vida según criterios oportunistas, mercantilistas o puramente amorales.
Lo que este tribunal ha destapado va más allá de una opinión o visión partidista, se dirige a un replanteamiento en todos los ámbitos sobre la gran pregunta: ¿qué es la vida? Algo puramente físico, algo puramente legal, algo puramente moral, algo puramente subjetivo según las ideologías de moda, …
Defender la vida desde la concepción hasta su muerte natural no es un argumento irracional, ausente de contenido que la ciencia pueda negar. El código genético de cada individuo surge en el momento de la concepción, siendo inseparable hasta la finalización de su etapa vital. Por tanto, somos lo que somos desde el mismo momento en que participamos de una nueva vida, autónoma genéticamente, de nuestros padres.
Que el ser humano se establezca como aquel que ha de marcar el límite de lo que es vida o no, me parece una posición demasiado prepotente y ególatra. Aceptemos que la vida no la merecido nadie, que no somos propietarios, que no la podemos reducir al criterio de la suerte o de la fortuna. La vida que se nos ha dado no puede convertirse en un negocio y, menos aún, en una definición lega. III

“… en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz. Guarda tu amor a los que te conocen, y tu justicia a los de recto corazón. ¡Que el pie del orgullo no me alcance…!” (Salmo 36)

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