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Vigilados por nuestro bien

miércoles 23 de julio de 2014, 13:48h
Edward Snowden nos ha permitido saber que Estados Unidos espía a quien quiere, cuando quiere y como quiere, y ha reavivado el debate sobre cómo compatibilizar la seguridad y la privacidad.
¿Una discusión de alta política? Sí y no. Aquí, en L’Hospitalet, también podemos plantearnos cuestiones similares que nos afectan más directamente en nuestra vida cotidiana.

La cuestión de la seguridad no es desconocida entre los vecinos de L’Hospitalet. Sin querer equiparar inmigración a problemas, como se da por supuesto en demasiadas ocasiones, hemos de reconocer que la diferencia, la diversidad en el mejor sentido de la palabra, requiere voluntad de apertura, comprensión y comunicación. Y esto no es fácil, ni siquiera entre quienes compartimos la misma cultura y una educación parecida.

Ahora bien, la verdadera seguridad no se consigue únicamente con más policías o más cámaras de videovigilancia, como parecen sugerirnos las autoridades. Decía la alcaldesa, Núria Marín, no hace mucho, a propósito de las nuevas 32 cámaras que se han instalado en la ciudad: “Pretendemos trabajar la prevención, sobre todo en los puntos de más afluencia de gente para disuadir de actos incívicos”. Y en la misma dinámica parecía incurrir el director de un colegio de La Florida, uno de los barrios más plurales del municipio, cuando valoraba positivamente la “tarea de prevención” que realizan los “agentes-tutores”, policías que tienen una presencia importante en los centros educativos a fin de evitar y solucionar conflictos.

Ojo, no estoy diciendo que no sea necesaria la vigilancia y el control; pero, por favor, no llamemos prevención a lo que es miedo a la sanción ni confundamos el rol de policía con el de profesor. Porque con estos juegos del lenguaje creo que nos estamos engañando un poco, como si la seguridad absoluta fuera posible, algo que llegará cuando instalemos más cámaras, contratemos más agentes de seguridad, se coordinen mejor, etc. Además, esta falsa creencia en la seguridad absoluta acarrea, a mi juicio, otro riesgo, y es el de creer que vale la pena sacrificar otros valores importantes por conseguirla. Me refiero a la privacidad. Se han instalado cámaras para disuadir a “los malos” y, a cambio, se está vulnerando el derecho a la vida privada de “los buenos”. La cuestión no es baladí y prueba de ello es la polémica que ha generado la denuncia de Snowden.

Y ante las cuestiones controvertidas, lo mejor es el debate, un diálogo honesto y racional abierto a todos los implicados. Señoras y señores, la seguridad absoluta no existe. De hecho, es probable que instalar las cámaras en algunos lugares desplace el problema a otros, del mismo modo que poner policías en una esquina conlleva encontrar a los delincuentes en la otra. Por eso, la solución más efectiva requiere de la máxima colaboración de todos: de los padres, de los vecinos, de los agentes de seguridad, de los profesores, de los políticos… Porque todos educamos con nuestro ejemplo, porque temor no equivale a convicción y porque nadie puede prometernos lo que no puede alcanzarse ni debe intentarse a cualquier precio. ||
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