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Iceta en el Baix Llobregat

miércoles 23 de julio de 2014, 13:48h

Resulta curioso que media historia reciente de Catalunya haya pasado por el Baix Llobregat y que ésta siga siendo una de las comarcas más desestructuradas del país, sin un solo medio de comunicación de peso, sin una sola entidad bancaria pròpia—ahora ya es impensable però cuando lo fue tampoco existia— , sin un solo club deportivo memorable —por poner otro ejemplo mediático aunque poco importante— y sin una sola empresa emblemàtica que echarse al coleto.

 Son tópicos, es verdad, però tópicos reales. Lo único que ha brillado aquí son los políticos y los sindicalistas que se elevaron, como solo ellos saben hacerlo, sobre las ruinas de la maltrecha voluntad popular y de una clase obrera combativa como pocas.

24 años en coche oficial
Uno de los nuestros (de los vuestros), recordémoslo, llegó a presidente de la Generalitat después de haberse subido al coche oficial —es un eufemismo, claro— a los 24 años y no haber descendido todavía de él —esto ya no lo es, evidentemente— ahora que tiene casi 60. Lo ha sido todo en la política desde 1979 hasta el 2014, concejal, alcalde, presidente del Consell Comarcal, presidente de la Diputación, diputado, ministro, presidente de la Generalitat y senador. Y en su partido, casi de todo lo importante: miembro del Consell Nacional con 25 años, responsable de organización en la Ejecutiva desde 1994 —elegido en el Congreso de Sitges cuando los capitanes del Baix Llobregat de la mano de Josep Maria Sala se hacen con un poder omnívodo— y primer secretario durante once años, los primeros del siglo XXI. No hace falta nombrarlo, aquí le conocemos todos, aunque ahora recorre ya sus meses de descuento, en el cementario de elefantes ilustres que pagamos todos en la calle Bailén de Madrid.

Él, que siempre fue taimado y distante, se amamantó como pocos de las ubres golosas del poder allí donde apacentara la vaca madre y enseñó a los ternerillos que, para perdurar, huelga el sentimentalismo y resulta imprescindible la contumàcia. Donde él aprendió, fundó escuela y, hasta ahora mismo, la escuela ha resultado una universidad que deslumbra a los transeuntes. Si alguien va a salvar al partido de la hecatombe es uno de los suyos, con bastante más labia —la labia, como se ha visto, tampoco es imprescindible— y esa misma capacidad para hacer del misterio personal una mina camuflada que nunca sabes donde va a estallar ni contra qué veleidades.

Esta es una columna anecdòtica, como habrá advertido el lector inteligente, dedicada a Miquel Iceta, al que el autor de estas líneas solo ha escuchado una vez en directo a través del hilo telefónico.

La llamada de Iceta
Fue más o menos así. Corría el mes de junio de 1988 y el periódico que dirigía, nacido en marzo de ese mismo año, daba sus últimos estertores, cautivo, desarmado y sin financiación. La empresa se fundó con las indemnizaciones de un despido masivo de los redactores del periódico precedente, que se hizo famoso por poner al PSC de l’Hospitalet (Pujana y Corbacho, ¿recuerdan?) contra las cuerdas, contando tantas verdades seguidas que no hubo digestión posible sino un empacho mortal que terminó con toda la redacción en la calle en solidaridad con el director y el periódico cerrado por el editor. Desde el alumbramiento del nuevo rotativo como sociedad anónima laboral, inocente y turbulento, todo fueron sentencias de muerte anunciades y quizás el último cartucho lo soltó la mano todavía aprendiza del concejal Iceta en aquella conversación anecdòtica que hoy resuena en mis oidos, con la misma fiera determinación de entonces.

El director suplicaba el mismo trato publicitario que a los colegas, es decir transparència y ausencia de discriminación, basado en dos razones facilmente entendibles: que el presupuesto público era de todos y no de los políticos y que la libertad de prensa era un derecho irrenunciable que nos haría más fuertes como colectividad. Iceta tenia 27 años y era concejal de Cornellà con Montilla de alcalde desde hacía algo más de uno, pero sus palabras tenían la contundencia del poder absoluto y la certeza de que nadie le iba a recriminar: “No hace falta que llames nunca más ni a este ni a ningún ayuntamiento de los nuestros. Ni hoy te pondremos un anuncio ni te lo pondremos nunca hasta que desaparezcáis. Vuestro trabajo no nos interesa y solo esperamos el cierre”.

No conocía al concejal e indagué al respecto. No era de Cornellà ni tenía historia en la comarca. Era un joven tiburón en formación, para soltarlo cuando hiciera falta en las turbulentes aguas de la política de altura. Le fui siguiendo en la distancia y vi como crecía, como se agrandaba su prestigio y su dominio de la escena. Luego dijeron que era un magnífico parlamentario y un brillante negociador. Y ahora es el salvador de los muebles.

Esos son los políticos que se han construido en los últimos 30 años y por eso està el país como està. Ese perfil es el que se ha agotado, agontándonos, hastiándonos a muchos de nosotros. Esa es la casta en estado natural, de la que seguramente habla Podemos.

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