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Apología de la moderación

martes 21 de octubre de 2014, 21:20h
Las relaciones entre España y Catalunya se tensan a medida que se acerca la fecha de la consulta aprobada por el Govern catalán y suspendida por el Tribunal Constitucional. La mayoría de los Ayuntamientos han ofrecido su apoyo al referéndum y numerosos ciudadanos se están lanzando a las calles para exigir su derecho a votar el 9-N.
Temo que definirse se confunda con radicalizarse y pasemos de las palabras a las manos.

Creo que deberíamos tranquilizarnos. Sí, vamos a serenarnos todos: ciudadanos, políticos y medios de comunicación que ‘median’ entre las partes. Todos tenemos amigos catalanes y amigos españoles así que, no lo olvidemos, podemos ser amigos y tener diferentes ideas políticas. Y, si no es así, no estaría de más preguntarse qué nos ha pasado para habernos aislado de esa manera y qué dice eso de nosotros mismos, de nuestra capacidad para respetar la diferencia.

Dicho esto, intentemos pensar sin faltar al respeto. Los catalanes se sienten diferentes a los españoles y sienten que han aportado mucho al Estado español y, a cambio, no han recibido agradecimiento ni atenciones adecuadas. Los españoles, por su parte, creen que existen más puntos comunes que diferencias y que se les ha dado más que a otras comunidades.

Los líderes catalanes apelan a valores seguros: la libertad (“derecho a decidir”) y la democracia (“derecho a votar”), sin darse cuenta de que, por esos principios, deberían dejar votar cualquier cosa a cualquier población. Imaginen que los vecinos de L’Hospitalet decidieran independizarse de Catalunya. ¿Con qué argumentos les negarían su derecho a hacerlo? El gobierno del Partido Popular, por su parte, apela a la legalidad y a la Constitución. Y hace bien, porque son las reglas del juego y no se pueden cambiar según sople el viento, pero no hasta el punto de negar cualquier revisión, como si fueran palabra de Dios. ¿O acaso no se modificó la Carta Magna en tiempo récord para ‘salvar’ al país?

¿Quién tiene razón, entonces? A mí esto me recuerda un poco a las relaciones de pareja. Lo fácil, lo realmente fácil, es echarle la culpa al otro: no atiendes mis necesidades, eres insaciable, puedes dar más, no puedo dar más, no me quieres, te quiero a mi manera, etc. ¿Y cómo se solucionan los problemas del corazón? Pues escuchando, hablando, pidiendo perdón, perdonando y solicitando la ayuda de un mediador si hace falta, lo que sea con tal de evitar el trauma. Porque, ojo, no se trata de acabar juntos o separados a cualquier precio, sino de elegir juntos la opción que resulte menos dañina para todos. De otro modo, la herida quedará mal cerrada y supurará de nuevo.

Esto, que, dicho así, suena muy bonito, resulta extremadamente difícil. Porque el distanciamiento se ha agravado hasta el punto de que una de las partes ha pedido el divorcio y la otra parte, o no termina de creérselo, o no está dispuesta a concederlo. Y, para colmo, los familiares no paran de meter cizaña y añadir presión a lo que ya tiene exceso de temperatura. Y esto me preocupa de veras. Porque las voces que defienden la serenidad y el diálogo empiezan a parecer tibias, en el peor sentido de la palabra, cuando deberían esperarse “como agua de mayo”. Sí, definirse no equivale a radicalizarse y espero que abunde el diálogo para evitar que lleguemos a las manos. Que de la violencia verbal a la doméstica sólo hay un paso.

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