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El Llobregat contra la violencia de género

El Llobregat contra la violencia de género

Por Beatriz Fontseré

miércoles 19 de noviembre de 2014, 22:49h
Ésta no es una noticia, ni tampoco una historia. Ésta es la crónica de una muerte anunciada. Una muerte en vida, pero muerte al fin y al cabo. Ésta es la vida de dos ciudadanos del Baix Llobregat que vieron frustrados sus sueños por la violencia de género.
Les presento primero a una mujer sin rostro, con un nombre común y vecina de un barrio popular en el municipio de Sant Boi de Llobregat. Podría llamarse Loli, Conchi o Manoli.

Ella
Nacida en un pueblo de Huelva, a temprana edad se vino con sus padres a Cornellà, donde empezarían una nueva vida con más seguridad económica y, por lo tanto, con más comodidades. Ella, siempre guapa, atraía las miradas de muchos de los chicos de su calle. Inocente, como sólo se puede ser con 17 años, ligó con alguno de ellos, hasta que conoció a… pongamos que se llamaba Carlos. Con él probó el sabor de los primeros besos y notó su primer sexo. Un sexo que la dejaría embarazada de una niña.

Era menor de edad y sin casar. Sus padres, franquistas de convicción, decidieron que debía contraer matrimonio para tapar su culpa. Los padres de los dos jóvenes organizaron toda la ceremonia y ella, nada más entrar por la iglesia y con su hija en las entrañas, se convencía de que estaba cometiendo el peor error de su vida. El caso es que se casaron y después de tener a su hija y en plena cuarentena, se volvieron a quedar embarazados. Era una niña de 19 años y ya tenía dos hijos. Corría el principio de los ochenta y pronto llegaron los problemas económicos. Ella se puso a trabajar en una frutería, después en una charcutería y así iba enlazando trabajos precarios para complementar el pequeño sueldo que ganaba él. Sus padres la ayudaban en todo lo que podían, un poco para compensar el gran esfuerzo que le habían obligado a hacer. Precisamente el apoyo de sus padres fue lo que provocó la primera gran pelea.

La primera bofetada
“Era un viernes por la noche de finales de noviembre. En aquel entonces, vivíamos en la calle Camelias de Sant Ildefonso. Un día antes había venido el casero a pedirnos el alquiler y no teníamos el dinero. Yo le pedí ayuda a mi padre y él me la ofreció. Los niños ya estaban dormidos. Mi hija tenía casi tres años y mi hijo, dos. Yo esperaba a mi marido en el sofá con la cena preparada y tapada por dos platos para evitar que se enfriara. Era tarde pero estaba acostumbrada... Le tenía que esperar porque si no lo hacía, se enfadaba. Decía que no le quería y me amenazaba con dejarnos a mí y a los niños.

Cuando llegó, iba algo bebido. Me dio un beso en la boca y yo le recriminé que hubiera llegado tan tarde. Él estaba contento y se lo tomó a broma. Como yo no tenía ganas de discutir, le dije que ya había solucionado el problema del alquiler y entonces, su rostro cambió. Me empezó a insultar, a culpar de cosas sin sentido, hasta que llegó mi primera bofetada. La primera vez, lloró y me pidió mil veces perdón. La segunda, sólo se disculpó una vez y me dijo que había sido culpa mía por sacarle de sus casillas.

La última vez que me pegó, yo ya tenía cuarenta años y rompió la puerta del baño. Yo me había escondido allí para evitar que me tocara, pero él siempre me encontraba. Para aquel entonces, ya era experta en poner excusas, en disimular moratones con el maquillaje. Mis hijos me habían visto llorar en numerosas ocasiones e incluso mi hijo, se había enfrentado a su padre por defenderme a mí. Mi familia estaba rota”.

Su marido murió con cuarenta y cinco años por una caída tonta a consecuencia de una borrachera. Siete años después de su muerte, ella ha rehecho su vida. Tiene dos nietos y ya no se esconde en el baño. Sin embargo, aún tiene pesadillas donde aparece él, persiguiéndola.

Él
Ahora les presento a Oleguer. Un señor de ochenta y un años que ya no habla, porque nadie quiere escucharlo. Se casó con una mujer de fortísimo carácter que, en un principio le atraía, pero que al poco tiempo de casarse, ya odiaba.

Ella le mandaba y él, obedecía. Así ha vivido durante cincuenta y dos años… y lo que le queda. Sus hijos no le escuchan. Su mujer no le tiene en cuenta. Se ha convertido en un actor secundario de su propia vida.

Vive en Esplugues y espera impaciente el momento de su muerte para, por fin, descansar en paz. Él nunca ha recibido una bofetada, sí alguna colleja más fuerte que otra. A él le han borrado la voz, la palabra, la opinión, para hacerle sentir muy pequeño e indefenso. Él es un hombre víctima de la violencia de género, pero de la violencia que más cuesta curar: la psicológica.

Conseguir que la violencia psicológica tenga penas de cárcel es el objetivo del Centro de Información y de Recursos de las mujeres de Cornellà. Llevan más de siete años intentando que el Gobierno apruebe su demanda de modificar el Código Penal para que este tipo de agresión tenga penas de prisión; pero los cambios del Ejecutivo entorpecen todo este proceso.

Un problema también de jóvenes
Precisamente en este centro de la mujer, alertan del rejuvenecimiento de las víctimas por la violencia machista. “Antes, la media de edad de las mujeres que se acercaban a este centro era de 40 a 50 años. Ahora, cada vez hay más menores de treinta”, explica Judith Ibáñez, comisionada de la mujer en Cornellà. En el 2013, 92 mujeres han sido atendidas por este centro víctimas de esta lacra social. Según datos del Consell Comarcal del Baix Llobregat, han aumentado las denuncias por violencia machista en los partidos judiciales de la comarca. En el segundo trimestre de este 2014, se han registrado 509 denuncias (17 más que en el primer trimestre) y 68 renuncias a las denuncias –víctimas que retiran la denuncia impuesta a sus maltratadores-. Si cabe, el dato más alarmante es que el 71% de las órdenes de protección iniciadas en el Baix Llobregat son denegadas.

Para eliminar esta violencia machista, se conmemora el 25 de noviembre. Todos los municipios del Llobregat organizarán actos reivindicativos.

A nivel comarcal, el 23 de noviembre se convoca la segunda Marcha contra la Violencia, organizada por el Consell de les Dones. Casi un mes antes, se habrá celebrado el Día de los Hombres por la Igualdad. Se trata de una organización de hombres que están en contra de la violencia de género. En 2011 y a través de la Declaración de Barcelona, las diferentes entidades que conforman esta agrupación sitúan el 21 de octubre como día de Los Hombres por la Igualdad. Actualmente, este movimiento se ha convertido en una de las organizaciones sociales con más fuerza y que se está expandiendo más allá de nuestras fronteras, llegando a Latinoamérica. En Sant Boi hay una delegación y uno de sus miembros es el hijo de la mujer sin rostro, con un nombre común y vecina de un barrio popular en el municipio de Sant Boi de Llobregat.
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