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Integrados y desintegrados

Por Manuel Calderón

martes 20 de enero de 2015, 19:40h
Un amigo –lo que suele llamarse un viejo amigo– me manda un mensaje informándome de un homenaje a Paco Candel, el autor de “Els altres catalans”, y el correspondiente programa en TV3.
Lo significativo de esta conmemoración es que cincuenta años después todavía sea necesario hablar de los “otros catalanes” con ese tono paternalista y penoso, deudor de algo inconfesable, mala conciencia o simple oportunidad política, que es lo más probable. Así que conviene no caer en ese lenguaje sensiblero proclive a presentar a gentes con maletas de cartón, barracas, palmas y, luego, a los que con tan buen corazón los acogieron sin poder evitar esa expresión piadosa de “pobres...”, o “son jaraneros pero trabajadores”.

Por lo tanto, para que el pañuelo no se llene de más mocos, hagamos el ejercicio de dejar de hablar de “nuevos catalanes” y empleemos –pero sólo como método- el de “nueva mano de obra”, lo que nos situaría en un contexto laico ante un fenómeno que no tiene nada de nuevo, pues el que las personas dejen su lugar de origen para ir a buscar trabajo a otro es algo común en la historia moderna. La excepción y la extrañeza se produce en aquellos que consideran a su tierra como un territorio sagrado que hay que defender de invasores y nunca abandonar a la suerte de los extranjeros que lo contaminan todo, también hoy. Nos ahorraría tener que diferenciar entre “catalanes” y “los otros catalanes”, pues el derecho a la ciudadanía –de eso se trata, ¿no?- prevalece sobre cualquier otro derecho o privilegio histórico.

Siempre me hago un lío entre emigrante e inmigrante (suele ocurrir también al hablar de exportación e importación), porque, a diferencia de las mercancías, el que deja un lugar para ir a otro siempre tiene esa doble condición. Incluso pueden tenerse tres o más condiciones o identidades, algo que es deseable porque evita una estéril y unívoca visión de lo que sucede a nuestro alrededor. De ahí que hablar de “integración” como remedio para ser aceptado en la nueva sociedad de promisión sea un método casi psiquiátrico, como si ser catalán requiriese la extirpación de alguna otra identidad. ¿Estamos hablando de inadaptados, de marginados, de delincuentes? ¿La no integración supone la desintegración?

La propaganda oficial presenta a Candel como alguien que contribuyó a la “inserción de los inmigrantes llegados a Cataluña durante la posguerra en la sociedad catalana”. ¿Acaso estamos hablando de un misionero con habilidades taumatúrgicas? Sólo desde un nacionalismo de extrita obediencia puede entenderse que venir a Cataluña a trabajar fuese algo tan traumático. Creo que no han entendido nada de lo que escribió Candel en “Els altres catalans”.
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