El Llobregat

China sin filtros: claves para entender al gigante del siglo XXI (4)

En esta cuarta entrega de la serie de artículos en exclusiva para El Llobregat, acompañaremos al escritor Jorge I. Aguadero Casado en su viaje por la Región Autónoma Uigur de Xinjiang, en China, del 17 al 27 de junio. Hablaremos de uno de los enclaves más representativos de la Ruta de la Seda y de convivencia étnica en China. Xinjiang es, además, uno de los puntos de atención política mundial. (Nota: las fotografías, tomadas por Aguadero y por otros representantes de medios internacionales, proceden de sus teléfonos móviles)

La siguiente jornada comenzó aún más temprano que la anterior. Lo agradecí, pues la experiencia estaba siendo un sueño hecho realidad y me alegraba ganarle horas a los días. Por eso, cuando tomamos el avión a las 07:00 h. para dirigirnos a la ciudad de Hotan, eché una mirada de complicidad a Turpan con el convencimiento de que una parte importante de mí se quedaba allí para siempre.

Les confieso que mis expectativas eran limitadas, pues nos dirigíamos a una ciudad de grado 6º/8º en el escalafón chino y, ante ese dato, uno se espera grandes carencias de desarrollo. Seguíamos en el desierto, ¿qué tipo de ciudad encontraría? Pronto se despejaron mis dudas.

Lo primero que hicimos al llegar a Hotan fue visitar el museo antropológico local. La zona exterior del edificio concordaba en aspecto moderno y en estado de conservación con lo que llevaba visto en Xinjiang, a la altura de los museos de cualquier gran capital del mundo.

Entramos en unas salas con las luces atenuadas, donde pudimos ver las momias de antiguos pobladores de la zona. Al oír la palabra “momia” es fácil pensar en restos apolillados, poco reveladores al ojo inexperto. Sin embargo, el estado de los cuerpos y el cuidado puesto en su exposición invitaban a una observación atenta, que fue muy bien complementada por los oficiales que nos acompañaban. Les diré también que había mucha gente en el museo, pero que las filas de personas avanzaban de manera muy fluida. Esto ya no me sorprendía tanto, porque mi experiencia con las colas en China ya me había dado una grata impresión sobre la actitud y la forma de trabajar de los funcionarios. Lo que sí puedo decirles es que, recién aterrizado de un vuelo de media distancia desde Turpan (en clave China era “doméstico”, pero recuerden que soy europeo), me extrañó lo bien que estaba llevando las caminatas. A esto, tenía presente que la jornada anterior había recorrido desierto de dunas y estepa. Supuse que la ausencia de sudoración, debido a la aridez del clima local, era la clave en mi buen estado de forma.

El resto de visita en el museo siguió siendo interesante, aunque a la cerámica y a los tejidos les es difícil competir en capacidad seductora a ojos del visitante con las momias. Por suerte, Eva (Wang Yiping, 王一平) complementó mis escasos conocimientos sobre la historia de la zona con múltiples observaciones que enriquecieron mi experiencia. Como suelo decir, “quien tiene un amigo chino tiene un tesoro”.

Mientras les escribo esta crónica, me vienen a la mente unas palabras de Xi Jinpin (“La cultura es el alma”, 2015): “La cultura dota de valor humanístico a la economía y determina la diferencia sustancial existente entre las actividades del hombre y del resto de seres vivos; la cultura ofrece una alta capacidad organizativa al desarrollo económico e impulsa el diálogo de los principales cuerpos sociales y la cohesión social; la cultura proporciona competitividad al desarrollo de la economía y combina los elementos humanos más activos de las fuerzas productivas con la cultura avanzada para elevar notablemente las cualidades de la fuerza laboral, expandir la amplitud y profundidad de los objetos de trabajo y aumentar geométricamente la capacidad y el nivel de la transformación de la naturaleza y la creación de riqueza por el ser humano”. Esto me hace reflexionar sobre el desdén de algunos políticos occidentales sobre la cosa cultural, quienes argumentan que invertir en cultura es dinero perdido. Xi Jinping no lo ve así y, teniendo en cuenta el desarrollo económico de China en los últimos decenios, el tiempo parece darle la razón. ¿Qué opinan ustedes?

Tras la visita museística, con el sol de mediodía, visitamos la aldea de Daoxiang (Baihe), en la misma Hotan. El prolegómeno a nuestra toma de contacto con las sedas que definen la esencia de la aldea fue un interesante desfile de modelos, en el que bellezas locales lucían ropa confeccionada en seda.

Acto seguido nos internamos por un paisaje pintoresco, un parque con estrechos caminos de madera que nos llevó a disfrutar de un baile uigur. Se trataba de un espectáculo que honraba nuestra presencia en la aldea, una cortesía de las autoridades locales. Por lo que a mí respecta, no me dio ninguna sensación de ser un “decorado” para ofrecer una visión engañosa de la zona, pues no se veía la más mínima intención de hacerlo pasar por una demostración de alegría local que nos encontrásemos “por casualidad”. Fue un momento distendido, cultural, en sintonía con las atenciones que recibimos en las jornadas precedentes, de franca camaradería.

Paseando por la aldea, llegamos a un barrio de postal. Mi sensación es que los edificios han sido reconstruidos recientemente, pues no se apreciaba el lógico desgaste del tiempo. No soy capaz de describir cuánto hay de la historia local original en aquellas paredes, pero sí puedo darles fe de que a las gentes de Hotan se las ve muy felices con el estado de construcción/conservación de la zona. Algunos occidentales son críticos con estas reconstrucciones (y comprendo sus motivos conservacionistas), pero las personas que viven allí gozan de una calidad de vida envidiable. En mi opinión, es fácil criticar desde la comodidad de las ciudades europeas, tan bien comunicadas desde la antigüedad, pero me pregunto cómo verían las cosas si sus condiciones de vida fuesen las de las ciudades del Sáhara, por ejemplo. Yo, desde luego, querría para mi familia el modelo chino.

Entonces, sucedió lo inesperado: ¡se puso a llover! Estábamos en mitad de un desierto de dunas y ni los más viejos del lugar recordaban haber visto llover en esa época del año. Como sentía curiosidad, busqué el dato en Internet: “En Hotan llueve con extrema infrecuencia, acumulando apenas unos 43 mm de precipitación total al año repartidos en unos pocos días de lluvia muy ligera. Al encontrarse en el borde del desierto de Taklamakán, su clima es hiperárido y la evaporación supera por completo a las precipitaciones”.

Durante el breve intervalo que supuso la comida en nuestro hotel, el comentario generalizado entre los miembros de la expedición de medios de comunicación era que cada hotel parecía superar en lujo al anterior. Mi interpretación es que nuestros anfitriones trataban de mostrar que, allá donde vaya, el turista va a encontrar alojamiento de alta calidad en China. El gigante asiático promete mucho y cumple con creces, a la vista de lo que encontraba en sus ciudades del desierto, tanto en la más populosa como en las pequeñas.

A continuación nos llevaron a conocer Jiya Atlas Silk Co. Ltd., una de las principales empresas dedicadas a la producción artesanal de seda. Allí tienen un museo con dioramas de tamaño natural y telares, muy agradable de visitar, donde nos familiarizamos con las técnicas de tejido que han heredado de sus antepasados, un patrimonio cultural inmaterial que garantiza productos 100% naturales. En ese espacio experimenté la melancolía que produce la vida cuando pasa, vestida del color de los hilos de seda al volar en el telar. Allí mismo tuvimos la oportunidad de hacer unas compras. ¿Los precios? Viendo la altísima calidad y los fabulosos precios, daban ganas de comprarlo todo. Si viajan a Hotan, recuerden esta recomendación.

- Yo no me voy de aquí sin comprarle a mi madre un pañuelo de la mejor seda natural – me dijo Andoni Corrales Betanzos.

- Mi pareja y mi madre se van a poner muy contentas cuando les cuente que he atravesado desiertos y estepa para llevarles un pañuelo de la ruta de la seda – le contesté, abrazando su consejo de hacer felices a nuestros seres queridos.

Permítanme la confidencia, pero nada alegra más el corazón que sentirse querido allí donde la distancia se cuenta en miles de kilómetros; el cariño con el que nos trataban nuestros oficiales solo admitía comparación con el amor de nuestras familias.

Y, si hablamos de afecto, nada es comparable a cómo fuimos recibidos en el estadio del Equipo de Fútbol de Hotan, durante un partido de la Super League de fútbol de Xinjiang. No sabría cuántos niños uigures, todos con múltiples regalos del club y chubasqueros de colores, nos saludaron efusivamente en nuestra llegada al estadio. Les aseguro que fue muy emotivo. Allí el fútbol se vive de forma muy distinta a la europea y las aficiones se pasan todo el partido animando a los suyos de forma civilizada, en un ambiente festivo en el que la deportividad es máxima.

Me sorprendió el estado del césped, una verdadera alfombra verde. Allí, todo el conjunto impresionaba: era un estadio olímpico, con una pista de atletismo en perfecto estado, con graderías propias de ciudad mediana-grande.

Tuve ocasión de hablar con dirigentes del club, quienes pusieron énfasis en los niños como base fundamental, realzando los aspectos formativos y familiares de la institución. Por eso, cuando ahora alguien me pregunte por mi equipo de fútbol, mi respuesta será un “¡Adelante, Hotan!”. Hotan y sus alegres gentes, para siempre en mi corazón.

La jornada, como pueden apreciar, había sido intensa. Pero, cuando uno visita Xinjiang, las sorpresas agradables no parecen tener fin, y esa noche fuimos de visita a la Ciudad Antigua de Yotkan, donde asistimos al recorrido inmersivo “Universal Music from Yutian”, que recrea el esplendor de la Ruta de la Seda en nueve actos.

Se trata de un espectáculo turístico de altísima calidad, con una compañía de gran número de artistas, que dejaba pequeño cualquier espectáculo teatral que yo haya visto en mi vida. Esta parte, por supuesto, es decorado en gran medida, pero se manifiesta con honradez: no pretende ser reconstrucción histórica exacta, sino entretener mediante referencias culturales. ¡Y a bien que lo consigue! Recomiendo su visita si van a Xinjiang, especialmente si viajan con niños.

El teatro es una antigua fortaleza, reconstruida en tiempos recientes. Arquitectónicamente no posee la categoría de otros lugares que visitamos, pero es una reconstrucción que encaja bien con la fantasía que el turista espera encontrar. Como les decía, habría que ser muy ingenuo para tomarlo como una visita a un museo: allí se va a disfrutar en un contexto de parque temático.

El primer espectáculo que vimos fue el de un cambiacaras típico de la Ópera de Sichuan.

- No sé dónde está el truco del cambiacaras ni quiero saberlo – me confesó, emocionado, Andoni.

Si no han tenido la oportunidad de ver a un cambiacaras en persona, les recomiendo buscar vídeos en Internet. Realizan un espectáculo tradicional que te devuelve a la infancia, por muchos golpes de realidad que te haya dado la vida. Les invito a verlo con la mirada de Andoni, del hombre que ha recorrido los lugares más inhóspitos de la estepa, del vasco endurecido y bondadoso que recorre las carreteras en una Harley-Davidson para ver mundo con sus hermanos.

Las demás actuaciones mantuvieron en alto el listón de calidad y, si hubiese de quedarme con solo una, les diré que presencié la defensa de la torre principal frente al “ataque” de guerreros que cruzaban los cielos haciendo piruetas imposibles. ¿Han visto la película “Tigre y Dragón” (Wò hǔ cáng lóng, 2000), del género Wuxia? Pues los efectos especiales del cine se quedan cortos con el espectáculo de vuelo en suspensión que ofrece la Ciudad Antigua de Yotkan.

Acabamos la noche yendo a cenar el cordero más delicioso que he probado en mi vida, una receta uigur que se sirve en brochetas. Como pueden apreciar, seguía sin ver represión. Es más, mi inicial enamoramiento de Xinjiang estaba siendo cada vez mayor.