Opinión

Mercedes Alaya Rodríguez, la justa

La chica de porcelana, nacida en Ecija (Sevilla) en la llamada “sartén de Andalucía” hace 63 años, es la elegante jueza implacable del caso de los ERE andaluces: con 680 millones de euros desviados, con duras condenas revisadas discutidamente por el TC. Se llama Mercedes Alaya y es la hija menor de una familia acomodada. Su padre, un representante de maquinaria agrícola, dio a todos sus cuatro hijos una esmerada educación. Alaya estudió con las monjas irlandesas de Bami en Sevilla (con matricula de honor), después hizo Derecho en la Universidad de Sevilla. Con 23 años acabó, y a los 25 años era ya juez con el número 16 de la oposición estatal.

Pero su permanente expresión hierática se había ya conmovido con dos penas íntimas: la muerte de su padre con 50 años y, posteriormente, de su hermano mayor con 34 años en un accidente de moto. Sus amigas, un círculo muy reducido, la recuerdan deprimida y buscando consuelo en la fe. Teniendo en cuenta que a los 20 años quedó embarazada de su hija mayor y hubo que acelerar la boda de penalti, con Carlos Castro, un joven auditor que la hacia reír, y al que prefirió sobre otros pretendientes más apolíneos y ricos.

Mercedes fascinaba a todos sus compañeros de clase y fue elegida como “borrega” en un ritual estudiantil desaparecido en que se elegía a la estudiante con más prestancia y que era paseada en un tipo de silla gestatoria por las calles sevillanas y donde, además, sufrió una caída sin consecuencias frente a la puerta de Jerez, según cuentan sus allegados. Mercedes, siempre había declarado ya desde pequeña que quería ser juez. Así pues tuvo su primer destino en Carmona, después Fuengirola y allí actuó rápido, entre otros asuntos, contra el alcalde del PSOE, Sancho Adam, por pagar con fondos públicos 42.000 euros de gastos sanitarios privados.

Consiguió el traslado a Sevilla y allí se topó con un personaje popular y populista, Manuel Ruiz Lopera, un prestamista que había hecho su fortuna con la venta a crédito de electrodomésticos y que, con la compra de acciones del Real Club Betis Balompié, se convirtió en su presidente y dueño por diez años. Cometió delitos contra la Hacienda pública, aunque siendo absuelto de los delitos de malversación y mala gestión del club. Fue todo un contencioso contra el representante de un club muy arraigado en el populoso barrio de Triana. Un pleito que movió pasiones en contra de la juez. Ella aguantó el chaparrón.Es sabido que los directivos futboleros gozan de mucha impunidad y tolerancia en su “mala” gestión. Pero la Jueza Alaya no se arredró y mantuvo los cargos contra el presidente Ruiz Lopera. Alaya un apellido de origen vasco que significa “pendiente, ladera” es adecuado para una jueza que en todos sus grandes casos ha tenido que remontar inconvenientes y obstáculos considerables. Su círculo íntimo explica que para compensar las pérdidas de su padre y el hermano mayor que la tuteló, Alaya sintió que debía tener una gran familia de cuatro hijos e incluso tuvo la ocurrencia de adoptar una niña china. Por suerte su marido logró disuadirla, dada su gran cantidad de obligaciones. Es un “cerebrito” y posee una gran memoria, pero como a veces ocurre en seres singulares y superdotados, tiene despistes, olvidos, -necesita ayudantes-, y apenas usa artilugios electrónicos.

Y en estas tropezó con el caso “Mercasevilla” donde en enero de 2009 dos directivos exigen 450.000 euros en metálico a dos socios interesados en una escuela de Hostelería en el recinto. Ellos graban la exigencia corrupta y denuncian. La grabación llega a manos de la jueza Alaya que inicia sus investigaciones, descubriendo una red de favoritismos ilegales a militantes del PSOE. Un ejemplo: D. Antonio Garrido, del PSOE de Baeza, percibe una prejubilación de 112.000 euros sin haber pisado jamás “Mercasevilla”. A partir de este caso se vislumbrará una amplia red de corruptelas: becas, subvenciones, prejubilaciones y otras ayudas socio-laborales. Un sumatorio millonario que fluctuará a la baja sobre los 680 M. defraudados. Un impresionante mallazo edificado sobre el dominio regional socialista de 37 años seguidos. La jueza Alaya con sus vestidos elegantes (Mango, Zara) y su troley, entrará en el Juzgado 6, impuntual a veces, pero siempre animada y jaleada (40.000 fans de un portal digital a su nombre), sin ninguna entrevista, ningún canutazo, ninguna filtración en siete años duros, tensos, con presiones e insidias sobre su vida privada, con bajas por migrañas y neuralgia de trigémino. Eso sí, con un libro dedicado “¿Diosa o demonio?”, que expone sus claros y sombras en 200 páginas.

Un fraude de 885 M que se rebajará con diversas tretas judiciales a 680 M con 243 tomos y 140.000 folios. Con todo el poder socialista andaluz encausado y condenado; una macrocausa con Chaves y Griñán, dos hijos de militares franquistas de gran poder, condenados y encarcelados algunos. Pero el poder oculto, la influyente alianza de políticos PSOE y de jueces progresistas, logró apartarla del caso y nombrar a una jueza tan torpe y lenta que hubo de ser cambiada. La chica de porcelana, no se había agrietado, pero sí su salud y los suyos debieron convencerla para que aceptará un puesto en la Audiencia y se premiará con una finca de 40 hectáreas en la Sierra de Aracena para retirarse. Con los próximos, estos sabían que no les valían “enchufes” ni amistades, si un delito llegaba a su tribunal. Alaya es una jueza entre pocos que se ha hecho famosa a su pesar. Mujer tímida, reflexiva y obstinada que la llevó a resolver un caso de fraude político-económico, colosal. Sin embargo el TC en una jugada artera obligó a revisar sus sentencias, declarando la inocencia de unos culpables evidentes. Todo un escándalo que aún sigue sorprendiendo.

Alaya sigue de conductora de esta lenta apisonadora judicial que cuando te alcanza te puede aplastar. Ella aspira a promocionar a la Audiencia Nacional. Tiene posibilidades pero siempre le surgen rivales inesperados venidos hasta de organismos internacionales que le birlan el puesto. Ella no desespera. Algunos bufetes pretenden ficharla, no le interesa. Hace unos años se “recasó” con su marido en una gran ceremonia (tal vez para compensar su discreta boda juvenil) según su costumbre: pocas fotos y ninguna declaración o entrevista. Pau Riba, en su “Noia de porcelana”, describía a una novia, de piel clara, perfeccionista y burguesa y confesaba su desencanto; con Mercedes Alaya, por contra, podemos apostar por una ilusionante sorpresa final. III