Una cierta mirada crítica a la realidad que nos envuelve, nos permite afirmar sin exageración que nos topamos con evidentes fracasos en el campo político, militar y asistencial.
Los diferentes frentes bélicos, alrededor de 50 conflictos en el mundo, se quieren justificar con diferentes discursos ideológicos. Las guerras siempre son un fracaso de la diplomacia internacional, del diálogo y las negociaciones. Cada uno de los bandos defiende y argumenta sus posicionamientos sin importarles el coste de vidas humanas que genera. La política debería anticiparse a todo conflicto, utilizando el arma más poderosa que nunca se debería renunciar: el diálogo.
En España, cada día hay once suicidios. Otro fracaso que no debería pasar desapercibido para el debate público. Lo importante no es la cantidad, ni las cifras estadísticas. Detrás de cada suicidio hay historias, conflictos y carencias que deberían ser estudiadas y revisadas. Siempre hay un ¿por qué?, unas causas y unas consecuencias. No basta con esconder esta problemática, con análisis superficiales y equívocos.
En el día que escribo este artículo de reflexión ha acontecido el caso de Noelia. Una chica de 25 años que ha muerto fruto de la Ley de la “Eutanasia”. Su historia es dramática: rechazo de sus padres, abusos en su adolescencia, carencias y dos intentos previos de suicidio. Ella fue la parte más frágil y víctima de una sociedad incapaz de acompañar, de asistir, de reconstruir… su vida. La libertad y la muerte digna es la argumentación de semejante barbarie. La sociedad ha fracasado en proponer a esta joven de 25 años un proyecto de vida realmente digna.
El fracaso es el denominador común en estos tres ejemplos muy cercanos (guerras, suicidios y eutanasia). Alguno podrá pensar que es imposible encontrar la solución. ¿Cómo cambiar esta dinámica de muerte y destrucción en una cultura de vida, especialmente entre los más desprotegidos? Matar a inocentes no puede ser la solución, aniquilar el problema es salida cobarde e irresponsable. En nombre de la libertad y del progreso no se debería enmascarar la cultura de la muerte que se está imponiendo y generalizando en la sociedad europea.
¿Cómo cambiar el corazón del ser humano para así defender todas las vidas, desde el “nasciturus” hasta el final de la vida biológica? La reducción de la vida a un puro concepto utilitarista y autónomo no es la solución. Miremos más allá de nuestro egocentrismo, miremos sin complejos a nuestro Creador. III