La Policía Nacional ha informado este miércoles de la detención de dos hombres de origen albanés, de 36 y 45 años, respectivamente, vecinos de Vallirana, y a una mujer española de 58 años en Vilafranca del Penedès por su presunta implicación en el asesinato de un compatriota de 31 años desaparecido en mayo de 2025 en la Costa del Sol (Málaga). La víctima fue engañada por los dos sicarios para acudir a una cita, donde fue recogida en un coche alquilado y trasladada hasta el entorno del pantano malagueño de Casasola, donde fue asesinada y arrojada al agua con el cuerpo lastrado. El cadáver fue hallado en octubre tras descender el nivel del embalse, lo que permitió su identificación por ADN. La investigación, desarrollada por unidades de Marbella y Barcelona, apunta a un ajuste de cuentas vinculado al narcotráfico y ha culminado con la detención de los tres implicados el pasado febrero, que ya han ingresado en prisión provisional.
La llamada telefónica que lo desencadenó todo llegó a media tarde, en mitad de una comida aparentemente tranquila en un restaurante de Marbella (Málaga). La mujer que estaba sentada a la mesa con su pareja, el albanés de 31 años al que le había sonado el móvil, no sabía que era la última vez que lo iba a ver con vida. Al otro lado del teléfono, unas voces familiares —o al menos eso creía él— le citaban para cerrar un asunto pendiente. Un negocio. Un buen negocio. Una transacción más. Pero en un mundo como el del narcotráfico las cuentas rara vez se saldan o se ajustan con dinero. El traficante se levantó con resolución, se despidió de ella con la promesa implícita de volver en unas horas y desapareció. Nunca regresó. Era el 12 de mayo de 2025.
Pero al hombre no se lo había tragado la tierra. Sus interlocutores lo habían citado en una venta en el entorno de Puerto de la Torre, también en Málaga. El lugar elegido para el encuentro era perfecto, casi digno de un buen guion de cine: discreto, lo bastante transitado como para no levantar sospechas, pero lo suficientemente apartado del mundanal ruido como para permitir hacer desaparecer a alguien sin dejar rastro.
En ese punto, según reconstruirían después los investigadores de la Policía Nacional, le esperaba un coche. El hombre subió al automóvil. Dentro viajaban dos compatriotas suyos. El vehículo arrancó y partió en dirección a una zona montañosa, en las inmediaciones del pantano de Casasola, en Almogía (Málaga). Se trata de un paraje abrupto, lleno de sendas y de caminos secundarios y con escasa vigilancia. El lugar perfecto para que un encuentro se transforme en una ejecución, con las manos del reo atadas a la espalda con bridas. No hubo negociación entre los tres. No hubo salida para la víctima. Solo un ajuste de cuentas de esos que abundan en el mundillo de la droga. Una deuda que alguien había decidido cobrarse con sangre.
Los investigadores de la Policía Nacional malagueña que han llevado el caso sostienen que allí, junto al pantano, lejos de miradas ajenas, se consumó el crimen. Los dos ejecutores actuaron con profesionalidad. Aunque no ha trascendido de qué forma acabaron con la vida de su compatriota, se sabe que una vez muerto siguió maniatado. O es posible que fuera embridado después del crimen. Para ocultar el cuerpo, los dos sicarios lo metieron dentro de una bolsa y lo lanzaron al pantano atado a bloques de cemento para asegurar que nunca volviera a la superficie.
La denuncia por la desaparición del joven albanés llegó poco después. Su pareja acudió a la policía al ver que no regresaba y que su teléfono había enmudecido. Desde el primer momento, algo no cuadraba. Ella estaba convencida de que la marcha no había sido voluntaria. Por la forma en la que había abandonado el restaurante y, sobre todo porque llevaba una vida de alto nivel en la localidad malagueña de Benahavís, y nunca había dado señales –tampoco ahora– de querer desaparecer. Además, solo unos días después de la desaparición la familia y el entorno del albanés empezaron a recibir amenazas.: mensajes velados, y presiones directas para que dejaran de buscar.
Arrancan entonces las pesquisas policiales. Los agentes del Grupo de Crimen Organizado de Marbella, junto a la UDYCO Costa del Sol de la Policía Nacional, comenzaron a reconstruir sus últimas horas. Tiraron del hilo de la llamada, del punto de encuentro, del coche. Y empezaron por el único cabo suelto que por el momento habían dejado los sicarios: el vehículo de la venta del Puerto de La Torre. El vehículo que había sido alquilado días antes en Barcelona, como descubrirían los agentes asignados al caso. Varios testigos recordarían después al ser interrogados haber visto ese mismo coche merodeando por la zona los días previos a la desaparición, como si alguien hubiera estado estudiando el terreno. Había un hilo a seguir, pero faltaba lo esencial: el cuerpo.
El pasado 14 de octubre, cinco meses después de la desaparición, el caso dio un giro inesperado. Un viajero en autocaravana detectó algo extraño en el pantano de Casasola: una bolsa sospechosa asomando sobre las aguas. Y avisó a las autoridades, que al llegar al lugar descubrieron el pastel: dentro de la bolsa –y en un avanzado estado de saponificación- estaba el cadáver.
Pere a que el tiempo el agua casi lo habían devorado el cuerpo aportó algunos datos: tatuajes visibles, ropa reconocible y las manos atadas con bridas. Y junto al cadáver, los bloques de cemento que no habían logrado mantenerlo oculto. La bajada del nivel del agua tras el verano había arruinado el plan de los asesinos. El pantano devolvía lo que, infructuosamente, quisieron eliminar. Las pruebas de ADN confirmaron lo que ya temían: se trataba del desaparecido de Benahavís. La autopsia no dejó dudas: muerte violenta.
Con el cuerpo identificado, la investigación se aceleró. Los agentes se centraron en el vehículo en el que la víctima fue vista por última vez. Tirando del hilo se descubrió que el coche al que se subió el fallecido había sido alquilado en Barcelona a nombre de una mujer con domicilio en Vilafranca del Penedès. Este detalle fue la clave para resolver el caso.
La Policía identificó a la arrendataria, una mujer española de 58 y los agentes no tardaron en establecer conexiones entre ella y dos hombres de origen albanés, de 36 y 45 años, respectivamente, con antecedentes por narcotráfico y residentes en Vallirana. Las piezas empezaban a encajar. Los investigadores llegaron a la conclusión de que los dos individuos habían viajado expresamente desde Vallirana hasta Málaga por carretera para ejecutar el crimen. La mujer, por su parte, había facilitado el vehículo, una pieza clave para tender la emboscada a la víctima.
Este pasado mes de febrero, casi un año después del asesinato, la operación entró en su fase final. Agentes del Grupo 23 de la UDET en Barcelona, junto con los equipos de Marbella, desplegaron el dispositivo en Vallirana y Vilafranca del Penedès. Tres registros. Tres objetivos. En las viviendas de los tres implicados se incautaron teléfonos móviles, documentación relevante y armas simuladas. Elementos que reforzaban la hipótesis de una estructura criminal organizada. Los dos hombres fueron detenidos como presuntos autores materiales del asesinato. La mujer, como cooperadora necesaria. Todos ingresaron en prisión provisional. Este miércoles todo el relato del crimen del pantano ha quedado al descubierto con el levantamiento del secreto de sumario, una vez la Policía Nacional ha podido reconstruir el caso en su totalidad.
La conclusión de las pesquisas y de una meticulosa investigación no deja lugar a dudas: la muerte del albanés de Benahavís es fruto de un ajuste de cuentas relacionado con el tráfico internacional de drogas. La víctima fue engañada con la promesa de una operación. Acudió confiado a la cita con sus ejecutores, sin saber que se dirigía a una emboscada perfectamente planificada. Se citaron cerca del Puerto de la Torre, recogieron a la víctima, la subieron al coche y (sin que haya trascendido la forma) lo mataron y trataron de hacer desaparecer el cadáver en el pantano. Pero el agua, caprichosa, decidió devolver la verdad a la superficie para que se hiciera justicia. Fue el principio del fin para los dos asesinos y para su cómplice.