Se podrá correr o bailar delante del mítico Pollo local que emula a los encierros pamplonicas de San Fermín del 9 al 12 de julio. “Solo tienes que vestirte de blanco, ponerte el pañuelo y no te hará falta nada más” para disfrutar de la fiesta, asegura la organizacion
Cada mes de julio, El Prat experimenta una metamorfosis colectiva. No es solo que el termómetro suba; es que el pulso de la ciudad se acelera al ritmo de una charanga que parece no tener fin.Lo que comenzó en 2009 como una idea irreverente en una mesa de desayuno se ha convertido, diecisiete ediciones después, en un fenómeno de masas que trasciende lo puramente festivo para tocar la fibra de la identidad local. Sant Pollín no es solo una parodia de los Sanfermines; es una celebración de “comunidad, alegría y pertenencia”, aseguran sus promotores, que ha logrado lo impensable: que un pollo de cartón-piedra despierte prácticamente la misma adrenalina que un toro bravo de 600 kilos.
La semilla de esta locura se plantó mucho antes de la primera fiesta, concretamente en 1991, cuando Ramon Aumedes construyó al Pollo, una figura de fuego inspirada en el mítico gallo pota blava, símbolo indiscutible de El Prat. Sin embargo, el nacimiento de Sant Pollín como tal tuvo un detonante curioso: el miedo de los niños. Dos miembros de la Colla de Diables del Prat notaron que los más pequeños temían al fuego del correfoc y se preguntaron a sí mismos: “¿Y si hacemos unos encierros sin fuego y a modo de juego?”.
Ese interrogante fue la chispa. El Pollo dejó de ser solo una figura solemne para convertirse en el protagonista de unos encierros donde el peligro es sustituido por la risa. Aunque, como bien advierten desde la Junta de la Asociación, el pota blava tiene su carácter: “¡Porque el Pollo corre detrás de ti y hay que evitar que te pille!”. Si entras en su gallinero, bromean, puede llegar a atacarte.
Esta visión es compartida por la edil de Cultura del Prat, Anna Martin Cuello, quien destaca el valor simbólico de la figura: “El pollo pota blava forma parte de nuestra pertenencia como ciudad, es identidad, se han convertido en parte de nuestro calendario festivo”. Para el consistorio, el éxito radica en haber transformado una tradición de cultura popular en un evento transversal: “Es una fiesta que nace de una entidad de cultura popular que decide sacar nuestra figura de fuego, pero sin fuego, para que haga los encierros”, destaca Martín Cuello.
Para quienes descubren la fiesta por primera vez, el impacto es de incredulidad absoluta. Pilar, participante activa y miembro de una colla de Trabucaires, recuerda entre risas su primer contacto con el evento: “Yo al principio pensaba que me lo estaban explicando y que era una broma, que se estaban quedando conmigo... hasta que vi imágenes de reportajes de televisión”. Esa incredulidad se transforma rápidamente en mimetismo. Al año siguiente, Pilar ya no era una espectadora: “Fuimos más preparados, con las camisetas propias de la fiesta... recomiendo totalmente la experiencia porque es algo totalmente diferente a lo que conocemos”, insiste.
El realismo de la parodia pamplonica es tal que incluso confunde a los círculos cercanos de los asistentes a través de las redes sociales. Alicia, otra participante del año pasado, relata con humor cómo sus fotos vestida de blanco y rojo generan confusión total: “Cuando colgabas alguna foto, todo el mundo te decía: ‘Anda, no sabía que estabas en Pamplona’... Incluso compañeras de trabajo me decían: ¿Pero cuándo te has ido si esta mañana estabas trabajando?”, relata con una sonrisa. Pero tras el disfraz y la broma, hay una descarga de adrenalina real. Alicia advierte que, aunque sea un pollo, el respeto en la carrera es necesario: “Parece que un pollo no te pueda dar miedo, pero es que da miedo de verdad, tienes que correr como si fuese un toro porque si no te atropella. Es una pasada”. confirma.
Si la Junta de la Asociación es el cerebro, las peñas son el corazón. Entre ellas destaca Amics Pota Blava, la encargada de dinamizar los momentos clave. Juan Bote, su vicepresidente, define su papel como el de aportar un “rollo divertido e interacción”. Para los incansables peñistas, que ya suman al elenco unas 300 personas, la palabra clave es hermandad.
Sin embargo, detrás del disfrute hay un desafío logístico y de compromiso humano. La regidora Anna Martin Cuello pone el foco en el esfuerzo organizativo: “Necesitamos que siempre haya gente que quiera montar un Sant Pollín, que asuma una responsabilidad tan grande junto con el Ayuntamiento... se lo curran muchísimo”, admite. La entidad ha sabido crear una “metodología de relevo” a través de las peñas, involucrando a familias y jóvenes que, según Martin Cuello, ya tienen la fiesta “más que asegurada” en su ADN.
Manejar una fiesta que atrae a multitudes requiere una precisión quirúrgica. Con los años, el Ayuntamiento de El Prat y la organización han tenido que adaptar el mapa de la ciudad al volumen de gente. “Hemos tenido que cambiar algún encierro porque el aforo en algunas calles no era del todo seguro... hemos buscado espacios más amplios”, explica la concejala de Cultura.
El epicentro de la actividad nocturna y musical se ha desplazado estratégicamente al Fondo d’en Peixo, un espacio que permite una mejor gestión logística, de limpieza y, sobre todo, de convivencia vecinal. La regidora es clara respecto al equilibrio entre fiesta y descanso: “No es una fiesta que dure hasta las tres de la mañana... los ruidos durante toda la noche no se dan”. Existe una “mesa de trabajo” permanente donde participan Policía, Cultura, Protección Civil y la propia entidad para que el engranaje funcione: “Trabajamos para ser ágiles en la movilidad... que los vecinos no se sientan atrapados y que las calles se abran rápidamente tras el encierro”.
La imagen de la calle Madoz convertida en un “mar de gente” antes del pregón es la prueba visual del éxito. Pero el “efecto Sant Pollín” se siente también en la economía local. La Ruta del Pintxo es el gran motor, vinculando a la restauración en los recorridos festivos. Para Martin Cuello, este vínculo es estratégico: “Los restauradores están contentos... cada año intentamos que puedan participar nuevos establecimientos”, afirma.
No obstante, la edil recalca que el objetivo municipal trasciende el consumo: “Para mí, el eje no es solamente el consumo, sino poder participar de una fiesta de ciudad, de comunidad... de un espacio de encuentro, ocio y cultura”, señala. Desde la compra de ropa blanca hasta las quedadas con forasteros, el pueblo entero se vuelca en una fiesta que es totalmente gratuita para el asistente.
El calendario de Sant Pollín es sagrado y cada jornada tiene su mística particular: El jueves es el día de los reencuentros. Un inicio pausado pero cargado de expectación. El viernes, la jornada más “canalla”. La Xarangarin (el alma musical del evento) marca el compás mientras la Ruta del Pintxo llena las terrazas. El sábado es el clímax familiar, con el pregón desde el balcón de la familia Flors Company, quienes ceden su hogar con una “emoción desbordante”. Es el momento en el que El Prat se viste oficialmente de blanco y rojo. Y el domingo es la despedida nostálgica, el imprescindible “Pobre de mí” de los navarros (adaptado) cierra el ciclo, dejando un vacío que solo se llena empezando a planear el año siguiente. Este año las fiestas se celebran del 9 al 12 de julio.
En una fiesta tan viva, las historias curiosas sobran. Desde ingenieros chinos que quedan fascinados por la parodia hasta pamploneses que encuentran su refugio en los encierros de El Prat. Las peñas aportan su granito de arena al surrealismo: Amics Pota Blava recuerda con especial cariño cuando subieron al balcón del pregón para dar un “parte de heridos” ficticio, o los “enfermeros” que reparten tiritas entre la multitud tras el paso del Pollo.
¿Hacia dónde camina Sant Pollín? Para Martin Cuello, el futuro es la consolidación de un modelo propio: “Lo que estaría muy bien es consolidar este modelo de fiesta comunitaria y familiar que nos está funcionando... que la gente se lo quiera pasar bien de manera tranquila y segura”. La ambición de los organizadores es que, en pocos años, sea un referente en toda Cataluña, un evento donde artistas y restauradores busquen activamente participar.
Sant Pollín ha demostrado que, con un poco de humor, mucho trabajo cooperativo y una “bestia” de cartón-piedra, se puede construir una identidad que une a todo un pueblo. Ese niño que hoy juega a provocar al Pollo con un periódico enrollado en la mano es el mismo que mañana llevará el pañuelo rojo con el orgullo de quien sabe que pertenece a algo único. Como dice el mensaje final de la organización para los neófitos: “Solo tienes que vestirte de blanco, ponerte el pañuelo y no te hará falta nada más”. Porque El Prat, durante estos cuatro días, es “el lugar en el mundo” donde el mugido del Pota Blava suena más fuerte que nunca. Los que quieran asistir, tienen un mes para preparase para correr o bailar delante del Pollo más famoso de la comarca. III