La alegría típica de estas fiestas navideñas ha quedado tristemente empañada por la muerte de unas de figuras políticas más significativas del último medio siglo en el Baix Llobregat: Robert Casajuana i Orivé, alcalde de El Papiol en distintas etapas entre 1976 y 1999 y fuertemente vinculado desde sus orígenes con El Llobregat. Casajoana falleció el pasado 21 de diciembre en su El Papiol natal a los 84 años y su ceremonia de despedida tuvo lugar el 23 de diciembre, a las 12.00 horas, en la iglesia de Santa Eulàlia del mismo municipio, después de un sentido velatorio de dos días en el Tanatorio de Molins de Rei. La trayectoria del exalcalde deja una huella profunda en la historia local y comarcal, marcada por su compromiso con el catalanismo, la defensa del municipalismo y una forma de hacer política basada en la proximidad con los vecinos.
Nacido en El Papiol en 1941, Robert Casajuana se definía a sí mismo, en una entrevista concedida a El Llobregat en febrero de 2019, como “un producto de la posguerra”, hijo de una generación que creció entre carencias materiales y represión cultural. Desde muy joven mostró una fuerte inquietud cívica. Con solo 16 años empezó a organizar actividades culturales en el municipio participando en diferentes entidades locales, en plena dictadura franquista, cuando “solo se hablaba en castellano y el catalán lo dejaban de lado”, como recordaba siempre. Aquella experiencia fue determinante: “Fue en ese momento cuando me di cuenta de la represión que se vivía”, recordaba.
Su activismo catalanista no fue nunca muy estridente, sino más bien persistente e inteligente. Él mismo se autodefinía con ironía como un “agente doble” de la democracia infiltrado en el franquismo, alguien que supo “navegar en dos aguas” para hacer avanzar a su municipio incluso dentro de las estrechas legalidades y márgenes qye concedía el régimen dictatorial. “Hacía lo que creía oportuno aunque no estuviera del todo permitido, pero de forma legal, pidiendo permisos al Gobierno Civil. Camuflábamos algunos actos, como los cursos para aprender catalán a principios de los setenta”, explicaba a este digital hace casi siete años.
Con apenas 23 años entró en el Ayuntamiento de El Papiol (1964), rodeado de concejales que superaban ampliamente los 50. En 1976, ya fallecido Franco, fue elegido alcalde por unanimidad de los concejales del Movimiento, tras afiliarse ese mismo año a Convergència Democràtica de Catalunya (CDC). Tenía 36 años. Su primer gesto al asumir el cargo fue profundamente simbólico: pronunciar el discurso de investidura en catalán. “Todavía estaban vigentes las leyes franquistas que prohibían el catalán, pero las necesidades de entonces ya eran de democracia”, afirmaba. El impacto fue inmediato: “La gente quedó sorprendida; incluso una señora se me acercó para felicitarme”.
Durante aquel primer mandato, entre 1976 y 1979, centró sus esfuerzos en resolver déficits estructurales del municipio. Especialmente en educación. “Muchos dicen que soy el alcalde de las escuelas”, decía con orgullo. Y lo cierto es que El Papiol carecía entonces de centros adecuados: “Mis hijos iban al colegio en a una granja reacondicionada. Era un desastre”. Tras insistir ante la administración franquista, logró que se construyeran más escuelas de las que correspondían al municipio, anticipándose al crecimiento futuro.
En plena Transición, El Papiol recibió la visita del president Josep Tarradellas, quien inauguró equipamientos durante las fiestas de 1978. Casajuana recordaba aquel encuentro como especialmente significativo: “Le enseñé el pueblo y quedó muy sorprendido de las acciones que estábamos desarrollando desde el Ayuntamiento”. De aquella conversación también quedó una reflexión que nunca olvidó. Al preguntarle por la Guerra Civil, Tarradellas le respondió: “Todos fuimos culpables, no nos supimos entender”.
Tras no presentarse a las primeras elecciones municipales de 1979 por discrepancias internas, Casajuana volvió a la primera línea política en 1983, ganando la alcaldía casi con mayoría absoluta. En esa etapa impulsó el desarrollo económico local mediante la llegada de industria, pero siempre vinculada al empleo del municipio: “Hice descuentos a las empresas que se instalaban en El Papiol, pero a cambio tenían que contratar gente del pueblo que estaba en el paro”.
Aunque perdió la alcaldía en 1987, regresó dos años después tras una moción de censura histórica, considerada por muchos como una de las primeras de la democracia catalana. El episodio fue tenso y dejó imágenes difíciles de olvidar: “Hubo Policía Local y Guardia Civil, porque algunos concejales fueron más allá del descrédito verbal”. Consciente del clima crispado, convocó un pleno clave a las siete de la mañana: “Así me ahorré que viniera medio pueblo y llegáramos a las manos”, explicaba con su característico realismo y su contagiosa simpatía.
A partir de 1989 y ya plenamente integrado en Convergència, gobernó El Papiol durante una década más. De esa última etapa destacaba especialmente dos logros: la solución definitiva al problema del agua y la planificación urbanística. “Ahora el pueblo puede crecer tres o cuatro veces más sin ningún problema de abastecimiento”, afirmaba, gracias a que se logró firmar un convenio con de suministro con la compañía Aigües de Barcelona. También se consolidaron durante su mandato las zonas industriales y el principal pabellón deportivo, que hoy siguen siendo infraestructuras clave del municipio.
Casajuana defendía una visión de la política profundamente arraigada al territorio. Para él, El Papiol y el Baix Llobregat no eran solo un espacio administrativo, sino una comunidad humana. “El contacto directo con el ciudadano es esencial”, sostenía, lamentando que esa proximidad “parece imposible” en la política catalana y española actual.
Catalanista convencido hasta el final, se mostraba crítico con las divisiones internas del país en especial en las postrimerías del procés: “Todo lo que tenemos en Cataluña lo perdemos los mismos catalanes porque no tenemos unidad”. Defensor de un pacto fiscal como primer paso, afirmaba sin ambages: “Soy el primero que firmaría para conseguir un Estado independiente como Andorra, aunque ahora no sea la mejor opción”.
Tras retirarse definitivamente en 2003, después de ejercer cuatro años como jefe de la oposición, Robert Casajuana siguió siendo una figura respetada y escuchada en El Papiol y en el conjunto del Baix. Su legado no se restringe solo a sus obras o a lo conseguido durante sus mandatos, sino que compren de también una manera de entender la política como servicio, diálogo y compromiso con la identidad y el bienestar colectivo.
Con su fallecimiento se va un alcalde de época, un hombre que gobernó en tiempos de dictadura, transición y democracia, y que dejó una impronta indeleble en la historia de El Papiol y del Baix Llobregat y también en la redacción de El Llobregat. Descanse en paz.