Una de las estrategias recurrentes en la articulación de los discursos de odio consiste en reducir la identidad del objetivo a un puñado de rasgos negativos. Los panchitos son ruidosos. Los chinos esconden algo. Los moros son terroristas. Es sencillo entender cómo esta operación del lenguaje funciona en primera instancia: presenta al adversario a partir de rasgos detestables o peligrosos y, al hacerlo, lo aparta de la comunidad de valores en la que el hablante se considera integrado comenzando de ese modo a justificar la discriminación.
Pero el mecanismo es todavía más perverso. Ese estrechamiento de la identidad del otro permite presentarlo como parte de un grupo homogéneo con conductas predeterminadas; elimina las diferencias entre quienes responden a tal o cual apelativo y neutraliza sus trayectorias individuales. Como consecuencia, cualquiera que pueda ser percibido como parte del grupo señalado es privado de su nombre propio para ser considerado —y tratado— como una abstracción a la que resulta más fácil rechazar.
Esa misma estrategia es la que los antisemitas están empleando para avivar el antiguo odio a los judíos. En los últimos dos años, ciertos agentes han aprovechado que la violencia desatada por el gobierno de Israel sobre la población civil palestina ha encogido el corazón a cualquiera que tenga uno para mezclar la legítima crítica política con la estigmatización.
De pronto, todos los judíos —israelíes o en la diáspora, asquenazíes o sefardís, de izquierdas o de derechas, ricos o pobres—, somos señalados como cómplices de la violencia, se nos señalas como partidarios del colonialismo, asesinos de bebés… de modo que adquiera apariencia de legitimidad celebrar que la dictadura teocrática iraní lance misiles contra la ciudadanía de Tel Aviv o, como sucedió hace unos días, que se vandalicen las tumbas judías del cementerio barcelonés de Les Corts.
Los delitos de odio se combaten en los juzgados, por medio de la ley. Pero nunca he tenido demasiado claro que la vía punitiva resulte útil como herramienta de prevención. O, al menos, que sea la más útil. Que el temor a las consecuencias lleve a alguien a no afirmar en voz alta ese argumento discriminatorio que lleva dentro o a apretar el puño para contener una agresión que de buena gana cometería no hace desaparecer el odio, solo lo aplaza. Por el contrario, con los años me he convencido de que una de las herramientas más útiles que tenemos para luchar contra estas conductas es la cultura, que no se limita a contener actos, sino que interviene la manera de mirar al otro y puede hacerlo a largo plazo.
Proponer la lectura de Saul Bellow (Quebec, 1915), por ejemplo, me parece una manera amable, placentera y, al mismo tiempo, arrolladora de responder a ese nuevo estereotipo antisemita que en los últimos tiempos está reemplazando al del conspirador avaro. Y es que las decenas de relatos breves y novelas que compuso este autor muestran la irreductible complejidad de la condición judía. Si los voceros del odio simplifican las identidades, el genio literario de Bellow desarticula ese torticero argumento exponiendo la riqueza y la complejidad de lo hebraico a través de sus personajes.
Protagonistas como el que escribió en Herzog (1964) encarnan la resistencia de Saul Bellow a considerar la identidad judía en términos esencialistas. En un contexto en que el exterminio había vuelto indisociable la condición de judío de la de víctima y en que el riesgo de verse asimilados por la abrumadora cultura estadounidense se presentaba como una preocupación adicional respecto a la supervivencia de lo hebraico, el autor compuso el judaísmo de Moses Herzog en términos poco evidentes.
Este Herzog es un personaje que escribe furibundas cartas que nunca envía. Tal como la emplea, la palabra no le sirve para comunicarse, pero sí para comprender, para pensar contra la disolución del sentido. Y es esa radical confianza en el lenguaje como recurso frente al dolor, el sinsentido y la banalidad la que hace de Herzog un personaje judío. Por una parte, remite a una constante histórica: en momentos de riesgo y descentralización, en los muchos exilios que ha conocido, la palabra ha sido el lugar de supervivencia del judaísmo. Por otra, las tantas contradicciones que atraviesan las misivas que escribe el protagonista revelan cómo en él prima la voluntad de mantener el pensamiento vivo, alerta, abierto… y no la de alcanzar conclusiones. Esa actitud es un desprendimiento de la tradición talmúdica, en la que la discusión y los interrogantes desplazan del centro a los dogmas.
Exponerse a la construcción del personaje principal de El legado de Humbolt (1976) también sirve para poner en tela de juicio el estereotipo más asentado entre los antisemitas clásicos. Como el propio Moses Herzog, Charlie Citrine es un personaje que se encuentra en las antípodas del pragmatismo y la zafia astucia que dicta el cliché xenófobo.
Al contrario, le resulta laberíntico e intimidante el entramado de pleitos, contratos y finanzas al que lo arroja el autor. Contra la áspera acusación de victimización, encontraríamos a ese Artur Sammler que da título a El planeta de Mr. Sammler (1970), el superviviente del exterminio que puede admitir el desvanecimiento de la fe, pero no del mandato ético. Y podríamos continuar con Augie March, Albert Corde, Fanny Hersh…
Aunque probablemente la respuesta más directa que la obra de Bellow puede ofrecer a quienes hoy justifican su odio a los judíos por considerarnos partidarios, cómplices, cuando no responsables, de las peores tropelías dictadas por el actual gobierno de Israel la encontraríamos en Jerusalén, ida y vuelta (1976). Este libro rinde cuenta del viaje que el autor hizo al país a mediados de la década de los setenta para conocer distintos puntos de vista, para ver con sus propios ojos. En sus páginas, Bellow deja constancia de conversaciones con profesores de escuela y con poetas, con políticos como Isaac Rabin y con barberos, con médicos, con veteranos de guerra, con kibbutzniks, con religiosos… atestiguando las muy distintas sensibilidades respecto al proyecto sionista y su relación con los estados vecinos. Y no solamente. Saul Bellow exploró de forma nada tibia sus propias contradicciones, como judío secular en la diáspora, respecto a la situación en Oriente Medio.
Más allá de que la amplia complejidad con la que el autor retrata el conflicto ponga de manifiesto la imposibilidad de enunciarlo con honestidad desde posturas que no admitan el matiz, que nieguen sin siquiera detenerse a considerarlos los argumentos del otro, un momento concreto que vuelve esta crónica iluminadora es en el que refiere el conflicto como “lugar de veraneo moral” de los occidentales. III