En las últimas semanas y desde finales del año pasado, el entorno del Parc de Collserola ha registrado un escalofriante brote de peste porcina africana (PPA) entre poblaciones de jabalíes silvestres, lo que ha encendido las alarmas tanto en el ámbito sanitario como en el medio natural. Según los últimos datos oficiales, se han confirmado al menos 64 casos positivos de PPA en jabalíes dentro del perímetro de vigilancia de seis kilómetros establecido alrededor del foco que afecta a varias poblaciones del Baix Llobregat. La alerta todavía se mantiene activa.
La peste no representa un riesgo para la salud humana, sin embargo, puede devastar explotaciones porcinas y alterar la cadena de suministros alimentarios. Pero lo más lacerante de esta crisis es que ha puesto de manifiesto un problema más profundo y arraigado: la proliferación descontrolada de jabalíes en el entorno metropolitano. Ocurre en áreas del Baix Llobregat como la sierra de Collserola -pero también en el Ordal, el Montbaig, el Puigpedrós, Montserrat o el macizo del Garraf- donde los avistamientos de estos animales son habituales incluso en las zonas urbanas y pobladas de los municipios limítrofes con los bosques.
El crecimiento de estas poblaciones no solo genera conflictos con la agricultura y daños en zonas periurbanas, sino que aumenta el riesgo de brotes de enfermedades como la PPA, ya que más densidad de ejemplares favorece la transmisión de virus entre ellos y, potencialmente, hacia zonas con ganadería porcina más intensiva. Además, según responsables del Govern, la sobrepoblación de jabalíes y su interacción con los humanos está desde hace años detrás de accidentes de tráfico.
La proliferación de la cabaña de jabalíes salvajes, lejos de remitir, se agrava, con la percepción de que no se está pudiendo o sabiendo atajar el problema. Las autoridades manejan varias respuestas para reducir.
la población silvestre, como planes muy embrionarios para recapturar y reducir las piaras de jabalíes con incentivos económicos e inversiones específicas. Pero cualquier medida a implementar es técnicamente compleja, porque los jabalíes no entienden de fronteras municipales lo que requiere coordinación. Y, por si fuera poco, cualquier decisión es susceptible de generar un tenso debate social, como ha podido comprobarse con el rechazo de algunos colectivos a las restricciones de acceso a la montaña impuestas por la PPA o las quejas de los cazadores a los que no se autoriza a utilizar la caza controlada como medida de control cinegético.
La proliferación de jabalíes constituye por tanto un enorme desafío que va más allá de su vertiente biosanitaria o del control del brote de PPA y plantea interrogantes. ¿Cómo equilibrar el control poblacional de jabalíes respetando a la vez la biodiversidad y el medio natural? ¿Qué papel deben jugar los municipios en la gestión de una fauna salvaje que no conoce límites administrativos ni fronteras? ¿Es necesario replantear los modelos de gestión del espacio natural periurbano ante el aumento de conflictos entre fauna silvestre, agricultura y población humana? ¿Es la caza (indiscriminada o no) la única solución viable y efectiva para reducir la población de esta plaga porcina silvestre? El debate está servido. III