En el último cuatrienio, las inscripciones de gatos han aumentado un 41,9% mientras que las de perros han caído un llamativo 24,8%. La población de cánidos sigue siendo mayor que la de felinos en los hogares del Baix Llobregat y L’Hospitalet pero pierde peso relativo.
Casi sin que nos hayamos dado cuenta, la vida doméstica, las rutinas del día a día, han cambiado de forma silenciosa pero constante en el Baix Llobregat y L’Hospitalet. En muchos aspectos, pero algunos que parecen banales esconden un auténtico cambio de paradigma generacional que plantea interrogantes preocupantes. En las comunidades de vecinos, hay cada vez menos ruidos de niños correteando o llorando, menos tráfico de carritos de bebé y también menos ladridos de perro y menos paseos matinales con correa y, a veces bozal, por el barrio. Por el contrario, cada vez hay más trasportines en el ascensor y más gatos dormitando con sus ronroneos en los alféizares de las ventanas, en las terrazas o en los balcones.
Y en ese cambio cotidiano se cruzan dos tendencias que, vistas en conjunto, dibujan una transformación social profunda: hay menos hijos que mascotas. Pero a la vez, más gatos y menos perros. Un doble síntoma de que las nuevas generaciones tienen (de forma genérica, y en muchos de casos, con razón) cada vez más fobia por las responsabilidades.
Los datos del Archivo de Identificación de Animales de Compañía (AIAC), gestionado por el Consejo de Colegios Veterinarios de Cataluña, confirman lo que en la calle ya se intuía. Entre 2021 y 2025, las inscripciones de gatos han aumentado un 41,9%, en todo el Baix Llobregat y L’Hospitalet, mientras que las de perros han caído un 24,8%. En 2025 se registraron en toda Cataluña 53.659 gatos frente a los 37.820 felinos con cartilla de 2021, Mientras que los perros pasaron en estos cuatro años de 84.944 a 63.001 cánidos censado. El cambio no es puntual: es una tendencia sostenida que refleja un nuevo modelo de relación con los animales en el entorno metropolitano.
En el conjunto del territorio, los perros siguen siendo mayoría, pero pierden peso relativo frente a los gatos, que ya representan casi la mitad de las nuevas altas. En este contexto, no es casual que los felinos hayan pasado de ser un animal secundario a ocupar un lugar central en muchos hogares de la comarca. La vida urbana lo ha convertido en el compañero ideal para una generación que pasa más horas fuera de casa que dentro y que organiza su rutina entre trabajo, transporte y horarios fragmentados. Pero este cambio en la convivencia con animales no es algo aislado. Forma parte de una transformación demográfica más amplia que afecta directamente a cómo se entiende hoy la familia.
Diversos estudios sociológicos han constatado que las generaciones más jóvenes están retrasando o reduciendo la maternidad y la paternidad. No se trata solo de decisiones individuales, sino de un contexto estructural marcado por la vivienda, la precariedad laboral y la dificultad de conciliación. Según diferentes artículos publicados en la Revista del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la familia española ha pasado de “un modelo casi universal y homogéneo a una pluralidad de formas familiares, debido a cambios demográficos, económicos, legales y culturales”. Es decir, las profundas transformaciones sociales vividas en el último medio siglo han dado lugar a nuevas formas de convivencia y a una reconfiguración de la familia tradicional en las que las mascotas están reemplazando a los hijos.
Un ejemplo sintomático del nuevo modelo de hogar es el de Itziar, de 28 años y de L’Hospitalet, quien por fin ha podido independizarse e irse a vivir con su pareja a un piso de alquiler. Es expeditiva: “No quiero tener hijos, lo tengo clarísimo”. Sin embargo, recientemente ha adoptado a Arwen, una gata procedente de una protectora. “Echaba de menos tener gato y así le damos una mejor vida a una hembra que han rescatado de una colonia en la calle”, explica la joven. También será una forma de que la pareja comparta responsabilidades que van más allá de repatirse las tareas domésticas u organizar la economía doméstica. “La cuidamos a medias”, matiza.
Y es que las mascotas están ganando un papel central en las nuevas familias. No solo como animales “de compañía”, sino como parte activa del núcleo afectivo del hogar, adquiriendo un estatus cada vez más próximo al de los miembros humanos. Es más, son muchos los que conciben a sus animales como miembros inseparables de la propia familia. Según encuestas recientes, una parte significativa de los convivientes con gatos los considera incluso “niños” dentro del hogar.
Este es el caso de una familia de Sant Boi, los Pérez-Marfil, que convive con cuatro gatos (han llegado a coincidir seis) y un perro. Pero desde que se constituyó el hogar familiar han pasado por la casa un total de 14 gatos y ocho perros. El último en despedirse ha sido la gata más veterana, Nina, que se emancipó junto a la hija mayor, que ya vive con su novio. “Nos gustan mucho los animales, a veces se les quiere más que a las personas. Porque son mejores personas que las propias personas”, defiende Selena, la madre, que es quien carga prácticamente con el peso de cuidar a los animales. “Son una responsabilidad y aunque los gatos necesitan menos atención que los perros, también hay que estar encima: alimentarlos, ponerles agua, cambiarles la tierra, cepillarlos. Y si no lo hago yo...”, reconoce Selena.
Este cambio global en el modelo familiar y en la tenencia de mascotas se percibe especialmente en entornos urbanos como el Baix o L’Hospitalet, donde la densidad de población y las condiciones de vivienda hacen que la decisión de tener hijos se posponga o se descarte, mientras la convivencia con mascotas “se adapta mejor al estilo de vida actual”, según los sociólogos consultados. En este contexto, los gatos están ganando la partida y cada vez más ocupan ese espacio cotidiano de cuidado y rutina que antes se asociaba a la crianza infantil. Todo ello, en detrimento de los perros, que cada vez se perciben más como una carga, debido a las necesidades de espacio y de paseo, al endurecimiento de las exigencias para ser propietario o a las multas por comportamientos incívicos, como dejar excrementos en la vía pública.
Eduardo Bericat, catedrático de Sociología de la Universidad de Sevilla, ha definido el creciente protagonismo de los animales en los hogares frente al descenso de los nacimientos como “un sorpasso a la natalidad”. La frase no es solo una provocación académica. Describe un desplazamiento simbólico: en muchos hogares urbanos, la energía afectiva, económica y organizativa que antes se asociaba a la crianza se está reorientando hacia el cuidado de animales de compañía.
Las cifras respaldan esta hipótesis. Según un reciente estudio sobre jóvenes y fecundidad en España de la Universidad de Sevilla, las decisiones de no tener hijos se repiten en las distintas etapas vitales “De los 18 a 29 años no se tienen hijos porque todavía somos muy jóvenes. De los 30 a 34 años, porque no tenemos nivel económico; de los 35 a los 39, porque no encontramos pareja; y de 40 en adelante porque ya no podemos”, han respondido masivamente los entrevistados.
Los vástagos de la familia samboyana Pérez-Marfil son un buen ejemplo... Pamela, de 25 años, se va a instalar pronto en un piso que se ha comprado –gravado con una notable hipoteca– en la Ciutat Cooperativa y antes de mudarse ha adoptado a la perrita Ayka, a la que en realidad está educando la matriarca del clan. Pamela no se plantea tener hijos en el corto plazo, aunque no lo descarta más adelante. Pero no quería marcharse completamente sola. Ayka, va a ser su “bebé”, mientras llegan los de verdad. Su hermano Noah, de 22 años, duda que en un futuro sea padre (lo ve lejano) y le encantan los perros, mucho más que los gatos. Está encantado con tener a Ayka en casa, aunque sea algo temporal. Pero si algún día vuela del nido (algo que tampoco tiene “nada claro”, sonríe mirando a su madre) descarta tener su propio perro porque “implica muchas responsabilidades. No puedes hacer tu propia vida. Te condiciona. Dependes del perro”, admite.
El mayor, Oriol, de 24 años, confía en montarse la vida por su cuenta en cuanto tenga un sueldo “más digno” que el actual y que le permita comprarse su propio piso, comenta. El tema de la descendencia lo tiene aparcado, pero sí confirma que quiere tener un gato en su futuro hogar. Y no cualquiera. Quiere llevarse con él a Paco, el gato atigrado de la familia al que apoda el montés y con el que mantiene un vínculo “muy especial”. Pero Selena no está dispuesta a tolerarlo. “Mis gatos son como mis hijos. Se quedan conmigo”, pontifica. III
| Con las mejores galas para la adopción |
El gatito Sprit también cargaba con su propia sentencia silenciosa. Cuando fue rescatado tenía muy poca energía y apenas reaccionaba al entorno. No parecía juguetón, tampoco especialmente cariñoso, y eso bastaba para que muchos posibles adoptantes pasaran de largo. En un refugio, donde las decisiones a veces se toman en pocos minutos, la apatía puede convertirse en una barrera casi invisible. Sin embargo, tras semanas de atención constante, estabilidad y mejor nutrición, Sprit cambió. Recuperó vitalidad, curiosidad y presencia. Lo que algunos interpretaban como falta de carácter era, en realidad, puro agotamiento.. Las historias de Pixelón y Sprit se repiten con frecuencia, aunque rara vez trascienden las paredes de los centros de acogida. En el refugio RMAC Sant Boi conocen bien esa realidad. Muchos animales llegan en situaciones límite: convalecientes, desnutridos, con estrés acumulado o con enfermedades que requieren seguimiento. Antes de pensar en una adopción, lo urgente es estabilizarles, devolverles la confianza y reconstruir su salud. Con ese objetivo, Purina ONE ha puesto en marcha una colaboración con RMAC Sant Boi dentro del proyecto Inadoptables (que también integra a los refugios Help Guau de Argentona y APAG de Granollers). El programa ha donado más de 1.600 kilos de alimento a los tres centros -que acogen a un promedio de 240 felinos- e incluye un seguimiento de la evolución de los gatos durante varias semanas.. Y es que en una adopción felina también actúa el llamado Efecto Halo, un sesgo cognitivo por el que la apariencia condiciona la percepción que tenemos de alguien. Según explica Elisenda Saperas, veterinaria de Purina, ese mismo fenómeno se reproduce con los gatos. Un animal con mal aspecto, apagado o débil puede ser considerado menos sociable o menos “adoptable”, cuando en realidad solo necesita recuperarse. Un estudio citado por Purina apunta que un gato que presenta una imagen saludable puede percibirse hasta “un 56% más adoptable que otro que no la muestra”. En otras palabras: muchas veces no se rechaza al animal, sino al estado en el que se encuentra. Eso es precisamente lo que ocurrió con Sprit. No era un gato distante; estaba exhausto. Y lo que se vio en Pixelón no fue debilidad permanente, sino una fase crítica de enfermedad. Cuando ambos mejoraron, también cambió la mirada sobre ellos. “Las protectoras realizan una labor imprescindible, con frecuencia con recursos muy ajustados”, reconoce Saperas. Pero con un poco de apoyo se consigue que los animales lleguen a la adopción en mejores condiciones. En el refugio RMAC de Sant Boi lo saben bien. Allí, entre jaulas de hospitalización, transportines, tratamientos y turnos interminables de voluntariado, cada gato recuperado y adoptado representa una pequeña victoria. Pixelón y Sprit no son excepciones heroicas: son el recordatorio de que detrás de muchos animales descartados a primera vista solo se esconde una historia esperando tiempo, cuidados y una segunda oportunidad bien merecida. III . |