El Llobregat

De vergüenza: Las lamentables historias de los usuarios del autobús de Olesa que siempre llegan tarde

Laura García Martínez | Viernes 06 de marzo de 2026

Los usuarios de la línea de Monbus entre Barcelona y Manresa se quejan de que los autobuses “a veces pasan y a veces no”. Los viajeros protestan pero al final se resignan a llegar siempre tarde a casa: “Esperar se ha convertido en parte del trayecto”



María llega cada día a la parada de la Diagonal, frente al Corte Inglés, con el tiempo justo, el móvil en la mano y una inquietud que ya forma parte de su rutina. Consejera de belleza, madre de un bebé de un año y usuaria diaria del autobús de la línea Manresa–Olesa de Montserrat–Barcelona desde hace cinco, ha aprendido a vivir pendiente de un servicio que nunca sabe si responderá. “A veces pasa, a veces no. Muchas veces ya va lleno, va tarde o se va antes de hora”, resume. No lo dice con sorpresa, sino con cansancio. Y es que se necesita armarse con un arsenal de paciencia al sacar el billete para no acabar perdiendo los nervios.

Uno de los vehículos de la empresa Monbus que cubre el trayecto entre Barcelona y Olesa

Porque María depende del autobús para ir a trabajar a Barcelona. Existe la alternativa de Ferrocarrils de la Generalitat (FGC) pero no le sirve: la obliga a hacer transbordos y no la deja cerca de su lugar de trabajo. Antes, el bus era directo y relativamente previsible. Hoy, su mayor problema se concentra en la franja de tarde. “Desde las 19.30 hasta las 20.45 no hay ningún autobús dirección Olesa. Antes había uno a las 19.45 y otro a las 20.15. Ahora acabo de trabajar y tengo que esperar una hora”. Una hora que no figura en ningún horario oficial, pero que se repite día tras día en la parada.

Casi dos horas en vez de 25 minutos

A pocos metros de ella, muchas tardes espera también Ferran Martínez. Tiene 22 años, estudia en la Universitat de Barcelona (UB) y trabaja en Sant Gervasi. Lleva dos años utilizando el servicio y lo coge a diario, porque la alternativa, los FGC, le añade una hora más por trayecto. “Normalmente debería tardar unos 25 minutos en volver a Olesa cuando no hay tráfico, pero acabo tardando casi dos horas”, explica. El problema no es solo el trayecto, sino la espera. “Estoy en la parada desde las 19.40 hasta las 21.35 porque los buses vienen llenos o directamente no pasan”, expone.Para Ferran, la supresión de expediciones en horas punta ha marcado un antes y un después. “Han eliminado buses que siempre iban llenos. Eso significa dejar a la gente en la parada”. Lo dice sin dramatizar, como quien ha normalizado lo que no es normal: planificar exámenes, reuniones de trabajo y vida personal en función de si el autobús aparece o no.

Los buses van llenos y la gente se queda en tierra

Ariadna es una de esas personas que planifica con margen, no por previsión, sino por miedo. Trabajadora y usuaria diaria desde hace un año, depende completamente del autobús para ir a trabajar y para su vida personal. “La alternativa me aumenta las horas de transporte considerablemente”, explica. Su jornada empieza en Olesa, en la parada de Els Closos, y debería terminar en Barcelona sin sobresaltos. Pero rara vez ocurre así. “Los buses que marca el horario muchas veces no pasan. Y cuando pasan, van llenos y se queda gente en tierra”.

interior de uno de los buses a olesa lleno hasta la bandera, con viajeros de pie en los pasillos

En su caso, el retraso no es una excepción: es la norma. “Acabo tardando una hora más casi cada día”, cuenta. Una hora que se suma a jornadas laborales largas y que acaba traduciéndose en cansancio y frustración. “Pierdo calidad de vida, llego tarde al trabajo... Es una pérdida de tiempo constante”. Ariadna ha llegado tarde “siempre”, asegura, y ha tenido que renunciar a planes personales porque el servicio “no cumple con las necesidades reales de la gente de Olesa”.

No hay servicio entre las 12 h. y las 16 h.

Martina Fernández, estudiante universitaria de 22 años, directamente ha dejado de usar el servicio de forma habitual. Antes del cambio de horarios del pasado enero, cogía el autobús cada día a las 6.40 de la mañana para ir a la universidad. Bajaba en Gran Via, en pleno centro de Barcelona. “Era muy cómodo. Tardaba una hora”, recuerda. Hoy solo lo utiliza una vez por semana. “Han quitado muchos buses en hora punta. No pasa ninguno de 12h a 16 h. Así no puedo llegar a clase”.

Como muchos otros estudiantes, Martina ha tenido que volver al ferrocarril, aunque eso suponga invertir hasta tres horas diarias en desplazamientos. “El autobús me facilitaba muchísimo el trayecto. Ahora el servicio ha empeorado claramente”, afirma. La puntualidad, añade, se ha convertido en una excepción, y no en la norma.

Dependientes del transporte público

Las historias de María, Ferrán, Ariadna y Martina no son casos aislados. Son el reflejo de una problemática que afecta a miles de personas que utilizan el autobús interurbano que conecta Manresa, Olesa de Montserrat y Barcelona, un servicio esencial para una población que depende del transporte público para sostener su vida laboral, académica y familiar.

En enero, tras años de quejas, representantes de los usuarios se reunieron con el Ayuntamiento de Olesa de Montserrat y la Conselleria de Territori de la Generalitat. Se prometieron mejoras inmediatas y se anunció una reorganización horaria vinculada a la renovación de la concesión. Sin embargo, según los usuarios, la realidad ha ido en la dirección contraria. “Prometieron mejoras y han quitado muchísimos horarios”, denuncia María. Ariadna coincide: “El único cambio que he notado ha sido negativo. Han quitado buses que llegaban a Gran Via”.

Trasbordos forzosos que alargan el viaje

Uno de los cambios más criticados es precisamente la reducción de los trayectos directos al centro de Barcelona. Donde antes muchos autobuses llegaban hasta Gran Via o Plaça Catalunya, ahora una parte importante finaliza en Maria Cristina. El resultado es un transbordo forzoso que alarga el viaje y multiplica la incertidumbre. “Nos obligan a cambiar de metro o de bus para llegar al trabajo, al médico o a la universidad”, explica María. “Eso no es mejorar el servicio”.

La frecuencia es otro de los grandes puntos de conflicto. En teoría, el servicio debería garantizar pasos regulares en horas punta. En la práctica, los usuarios describen huecos de 45, 60 minutos o más entre expediciones. “He llegado a esperar dos horas en la parada”, afirma Ferran. Ariadna habla de esperas de una hora como algo habitual, especialmente en horas punta o fines de semana, cuando “el servicio es mínimo”.

"Que pasen sin parar es algo habitual"

La saturación se repite en todos los relatos. Autobuses llenos, pasajeros que no pueden subir, trayectos de pie y normas que cambian según el conductor. “Muchas veces no sabes si te dejarán subir o no”, explica Ariadna. “Cada conductor aplica una norma distinta”. María añade: “Que pasen sin parar es algo habitual. Ni siquiera te dicen si viene otro detrás”.
La falta de comunicación es un elemento transversal. Los cambios de horario no se anuncian, las incidencias no se notifican y la información oficial llega tarde o no llega. “Te enteras en la parada”, resume Ariadna. La mayoría de usuarios se informa a través de grupos de WhatsApp creados por ellos mismos. “Si no fuera por el grupo, no nos enteraríamos de nada”, explica Martina. Ferran coincide: “Monbus no comunica. Nos enteramos entre usuarios”, reconocen malhumorados.

Más allá de los retrasos y las esperas, el impacto emocional es profundo: estrés, ansiedad, cansancio acumulado y rabia. “Te genera una inseguridad constante”, dice María. “Cada día planifico con margen extra, perdiendo horas de mi vida”. Ariadna lo resume en una palabra: “frustración”. Ferran habla de enfado y agotamiento. Martina, de decepción. “No quiero estar pensando cada día en si el bus pasará o no”.

"Se ríen de nosostros"

En un contexto en el que las administraciones promueven el transporte público como alternativa al vehículo privado, los usuarios perciben una contradicción evidente. “Nos echan de las grandes ciudades y luego nos quitan el transporte público”, denuncia Ariadna. “Se ríen de nosotros cuando solo queremos ir a trabajar dignamente”. Ferran lo resume con crudeza: “Así lo único que consiguen es que la gente vuelva al coche”.

Mientras esperan respuestas -que como los buses- no llegan, María, Ferrán, Ariadna y Martina siguen haciendo lo mismo cada día: mirar el reloj, compartir información entre ellos y esperar. Esperar al autobús, pero también a que alguien asuma que detrás de cada horario incumplido hay vidas que no pueden ponerse en pausa. Porque, como dice María, “esperar se ha convertido en parte del trayecto”. Y no es de recibo. III

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