El contínuo urbano metropolitano requiere un modelo policéntrico, más sostenible y productivo, con todo a 15 minutos a pie o en bici. Para competir en el mundo globalizado, el territorio precisa de una institución con autoridad, competencias y capacidad de coordinación
L’Hospitalet i Castelldefels no han dado su voto afirmativo en la votación para la aprobación inicial —por segunda vez— del Plan Director Urbanístico para el Área Metropolitana (PDUM). Las dos ciudades expresaban así, a través de sus representantes en la administración supramunicipal, su disconformidad con las previsiones de construcción de nueva vivienda que el plan reserva para sus municipios. Uno de los retos del PDUM, aunque no el único, es abordar la crisis habitacional, un problema global que está afectando duramente también a Barcelona y su área de influencia.
Este nuevo planeamiento debe sustituir al Plan General Metropolitano (PGM), aprobado en 1976, que en muchos de sus planteamientos ha quedado ya obsoleto tras cinco décadas de vigencia. En lo que respecta a la vivienda, el PDUM prevé crear hasta el año 2050 unos 220.000 nuevos pisos, de modo que, llegada esa fecha, un 10% del parque habitacional metropolitano —unas 166.000 viviendas— sea de precio asequible.
Pocos dudan de que la crisis de la vivienda solo encontrará una vía de solución si se plantea desde una dimensión metropolitana y multinivel. Es decir, que todas las administraciones superiores —autonomías, Gobierno central y Europa— se impliquen. Ningún ayuntamiento, ni siquiera el de Barcelona, va a poder aportar por sí solo la gran solución en su término municipal, al no disponer, principalmente, de una musculatura financiera que lo permita. Y, en segundo lugar, por la ya citada necesidad de acometer este problema desde una perspectiva metropolitana, en Barcelona y en todas las grandes ciudades europeas. No existe otro camino.
El PDUM ha necesitado, de momento, dos aprobaciones iniciales, después de que en 2023 se hiciera la primera. Las más de 5.500 alegaciones e informes que recibió aconsejaron replantear el plan y someterlo a una segunda votación inicial. Siempre ha sido arduo consensuar un documento marco de este tipo. Ya lo fue hace 50 años aprobar el PGM, que llegó tras algunos intentos fallidos, como el Plan Comarcal de 1953 y otros posteriores.
Entonces, los principales obstáculos venían del Estado, empeñado en construir Madrid como gran capital del país e impedir que Barcelona siguiera creciendo con más anexiones de municipios vecinos, como la gran agregación de finales del siglo XIX y principios del XX. En cambio, Madrid anexionó todo lo que pudo. Ya en democracia, los problemas han venido de la Generalitat y los propios ayuntamientos metropolitanos, que desconfían de la cesión de competencias a un ente supramunicipal por la pérdida de autonomía que les pudiera ocasionar. Recordemos lo que ocurrió en 1987, cuando la Generalitat presidida por Jordi Pujol (CiU) liquidó la Corporación Metropolitana al considerarla un contrapoder al gobierno autonómico por estar en manos de su entonces gran rival político, el alcalde de Barcelona Pasqual Maragall (PSC).
La actitud de Castelldefels y L’Hospitalet en la última votación del PDUM es una muestra de esta desconfianza, aunque en el primer caso pesa mucho que el alcalde Manu Reyes, del PP, está muy molesto porque la coalición de gobierno en el Área Metropolitana de Barcelona (AMB) haya excluido a su partido. Por lo que respecta a la segunda ciudad de Catalunya, en manos socialistas desde 1979, puede mucho la presión de una opinión pública local muy contraria a los desarrollos urbanísticos en una ciudad con algunos de los barrios más densos de Europa. El actual alcalde, David Quirós, ya ha manifestado en más de una ocasión que L’Hospitalet no necesita más vivienda. Reyes, por su parte, no niega la necesidad de aumentar el parque residencial, pero dice que no se puede hacer a cualquier precio.
El PDUM, si consigue echar a andar, llegará en un momento en el que el debate metropolitano ya va más allá de los 36 municipios que componen actualmente el AMB. Hoy, los urbanistas y expertos en aglomeraciones metropolitanas plantean que el AMB debería crecer hacia la región metropolitana de 164 municipios, la que engloba, además del Barcelonès y el Baix Llobregat, los dos Vallès, el Maresme, Alt Penedès y Garraf. El firmante de este artículo recoge este debate en su reciente libro Barcelona metropolitana. Del Consell de Cent a la ciutat global.
El ensayo aborda la necesidad de avanzar hacia la región metropolitana, pero con un modelo policéntrico, con múltiples áreas de centralidad para que este conjunto de continuo urbano sea más sostenible y productivo. Más sostenible porque así reduce el uso del coche. El urbanista de la Sorbona, Carlos Moreno, lo despliega en su modelo de ciudad de los 15 minutos, en el que el ciudadano debe disponer, en un radio de un cuarto de hora a pie o en bicicleta, de todos aquellos servicios que necesita en su actividad diaria: alimentación, educación, sanidad, ocio, vivienda y, a poder ser, trabajo. Este modelo, basado en una mezcla de usos en cada uno de los centros urbanos, ha crecido en París en los últimos años y está siendo adoptado en otras grandes ciudades en todo el mundo.
Para hacerlo posible fuera de París, es imprescindible disponer de una amplia red de transporte público y la voluntad política de desplegar este modelo, como ha hecho la hasta ahora alcaldesa de la capital francesa, la socialista Anne Hidalgo. Las calles parisinas han experimentado una importante reducción en partículas contaminantes. Así, la presencia de dióxido de carbono ha bajado un 50%, y las de partículas en suspensión, un 55%. Se han trazado 1.350 nuevos kilómetros de carril-bici, se han urbanizado 300 calles-jardín junto a las escuelas y se ha reducido el tráfico rodado un 56% en 20 años, entre otras actuaciones. Destaca la eliminación de los coches en las riberas del Sena.
Reyes fue muy vehemente hace unas semanas en un debate en Barcelona, en contraposición con el ex líder del PP de Catalunya, Alberto Fernández Díaz, que abogó en la misma mesa por acabar con los “reinos de Taifas” en el área metropolitana y defendió un gobierno supramunicipal más fuerte y con más competencias. El presidente del grupo municipal en Barcelona, Daniel Sirera, moderaba el debate y en algunos momentos se debió sentir como loncha de jamón en mitad del bocadillo.
Hoy las áreas metropolitanas son motores económicos, hasta el punto que muchos expertos sostienen que las economías de los países son hoy la suma de sus economías metropolitanas. Es el caso, por ejemplo, del estadounidense Bruce Katz. En su libro The metropolitan revolution, afirma, para reforzar esta idea, que los estados son de política artificial, no son mercados naturales, en contraposición con el pragmatismo metropolitano, el poder metropolitano y el potencial metropolitano.
Los más de cinco millones de habitantes de la región metropolitana aportarían a Barcelona la masa crítica de una ciudad global, una dimensión que le permitiría competir en el mundo globalizado. Para ello, sería conveniente disponer de algún tipo de institucionalización con competencias acordadas para poder ejercer una coordinación y autoridad en el territorio que le permitiría ser eficaz en políticas como la vivienda, pero también en sectores de los que hoy ejerce ya un cierto liderazgo, como la biomedicina, la economía azul y la industria editorial, entre otros.
El potencial de una metrópoli como la actual Barcelona de los cinco millones sería muy determinante en la economía europea y mediterránea, gracias también a una marca que la sitúa en el mundo. Aun sin gozar de una institución regional que la represente, ya se la reconoce en todos los ámbitos como la tercera mayor región metropolitana de la Unión Europea tras París y Madrid.
Hoy, todos los alcaldes están mirando al modelo metropolitano de Londres, sin duda el más avanzado en la actualidad. Inglaterra ha pasado de tener el modelo de gobierno más centralizado, a desplegar uno nuevo muy descentralizado y basado en las áreas metropolitanas. En estos momentos, en esta parte de Gran Bretaña existen 16 autoridades metropolitanas, más el Greater London, que gobierna el continuo urbano alrededor de la capital británica.
En las últimas elecciones locales, los ingleses votaron directamente también a su alcalde metropolitano en Londres y nueve áreas más, y la hoja de ruta del Gobierno británico prevé aumentar estos entes supramunicipales, así como sus recursos económicos y competencias. Esto es posible gracias a un proceso conocido como devolution que se puso en marcha en la década de 1990 inicialmente pensado para descentralizar poder hacia Gales, Escocia e Irlanda del Norte. En Inglaterra, consistió en recuperar el Greater London, que Margaret había liquidado en 1986.
El modelo de la devolution inglesa es el que defiende, convenientemente adaptado, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni. Lo cierto es que es un modelo de éxito en el que están de acuerdo tanto laboristas como conservadores ingleses, así como todo el espectro económico alrededor de la City y el Financial Times. El consenso es total y, de hecho, el Estado británico está confiando a las áreas metropolitanas el crecimiento económico tras el Brexit. Son los nuevos motores del país.
Mientras, los alcaldes de las grandes ciudades europeas miran con cierta envidia a sus colegas ingleses. Los metro mayor son hoy figuras políticas más relevantes con los ministros, con poderes y capacidad de decisión mayor. Una de ellas, quizá la más estratégica será la potestad de decidir dónde deberán situarse las estaciones de tren. Esto es hoy impensable, aún, en Catalunya. III
Barcelona hace tiempo que dejó de ser solo Barcelona. Esa es la idea que sobrevuela Barcelona Metropolitana: del Consell de Cent a la ciutat global, el nuevo ensayo de Xavier Casinos, presentado recientemente en el Col·legi de Periodistes de Catalunya y que plantea algo tan evidente como incómodo: la ciudad real ya es una metrópolis de cinco millones, pero sigue pensándose en pequeño. Casinos vislumbra una futura red de ciudades que cooperen sin jerarquías rígidas, como una constelación. El enigma que prende sobre este vaticinio, que todo el mundo parece secundar es que nadie tiene llave que le abra las puertas.
Barcelona ya es metropolitana en la práctica, en la economía, en la vida cotidiana. Pero en la política y en la gobernanza, sigue fragmentada. Y ahí surge el interrogante: Si todos están de acuerdo, ¿qué es lo que realmente impide que se materialice?.